El anticristo en semana santa: Petróleo, dinero y poder

COLUMNA: Frases de oro // El anticristo en semana santa: Petróleo, dinero y poder

Por Jorge Arturo OROZCO SANMIGUEL*

Hay algo más peligroso que la guerra, y es la justificación de esta. Y si la historia ha demostrado algo, es que pocas herramientas han sido tan eficaces para explicar la violencia como lo es la religión. No por lo que es, sino por cómo se usa. Desde las Cruzadas hasta la colonización de América, la fe ha servido como lenguaje moral para ejercer poder sin culpa.

Pero el error contemporáneo es pensar que eso quedó en el pasado. Hoy, ese mismo mecanismo sigue operando, solo que con un nuevo vocabulario. Ya no se habla de “Dios así lo quiere”, sino de “Patria, Familia y Libertad” (Sí, el slogan que usa ahora el Partido Acción Nacional) Sin embargo, la estructura es idéntica: construir una narrativa moral que permita intervenir, invadir o destruir sin que parezca un acto de dominación.

Y es que el caso de Estados Unidos es paradigmático. Durante décadas, su política exterior ha estado acompañada de un discurso casi teológico: la idea de ser una nación elegida, portadora del bien, encargada de llevar democracia al mundo. Una especie de misión divina secularizada. No es casual que, internamente, sectores políticos sigan apelando a Dios en sus discursos, como si la geopolítica necesitara bendición.

Pero cuando se observa el mapa, la narrativa se fractura. Irak fue invadido bajo la premisa de armas de destrucción masiva que nunca aparecieron, pero con una de las reservas petroleras más grandes del mundo. Venezuela, con las mayores reservas probadas de petróleo, ha sido objeto constante de presión política, económica y mediática; hoy ya invadida. Irán sigue siendo un punto de tensión global, no solo por su “régimen”, sino por su posición estratégica y energética.

Y es que no hablamos hoy de una teoría: es un patrón. Como ironizó el político Gabriel Rufián, portavoz de la Cámara de Diputados de España:: “Qué suerte tiene Estados Unidos, que siempre que busca democracia, encuentra petróleo”. La frase no es solo sarcasmo; es un diagnóstico lingüístico. Porque revela algo fundamental: el problema no es únicamente lo que se hace, sino cómo se dice.

Y aquí es donde la crítica se vuelve incómoda, incluso para quienes creen estar del lado correcto. Porque el uso de valores como familia, libertad o paz, no es exclusivo de una ideología; es una estrategia discursiva. Se repiten como mantras, se vacían de contenido y se convierten en herramientas de legitimación.

En ese sentido, el viejo lema de las campañas del partido republicano de “Dios, patria y familia” no desapareció: mutó. Hoy podría traducirse, sin demasiada exageración, en “petróleo, dinero y poder”. La pregunta entonces ya no es si hay manipulación, sino quién la está ejerciendo, y sobre todo, quién la está creyendo. Porque lo verdaderamente inquietante no es que los gobiernos utilicen narrativas morales para justificar sus acciones, (eso ha ocurrido siempre) sino que amplios sectores sociales, incluidos los y las creyentes, las adopten sin cuestionarlas. Que en nombre de la fe se termine respaldando la violencia, muerte y destrucción.

Ahí es donde la historia se vuelve trágicamente circular: La conquista de México no sólo impuso una religión; instauró una forma de entender el mundo donde el sacrificio, la culpa y obediencia se volvieron estructuras culturales. Pero lo más grave no fue la imposición inicial, sino su normalización. Siglos después, seguimos atrapados en la misma lógica: creer que la violencia puede ser justa si está bien narrada.

La Semana Santa conmemora la ejecución de un hombre por incomodar al poder político y religioso de su tiempo. Un hombre acusado de alterar el orden, de desafiar la autoridad, de ser peligroso. La pregunta no es religiosa, es profundamente política: Si ese mismo personaje apareciera hoy, en un mundo donde las potencias justifican guerras en nombre de Dios, ¿sería escuchado, o crucificado otra vez?

Más aún: si denunciara la violencia disfrazada de democracia, ¿sería considerado un profeta o un enemigo? Tal vez el problema nunca ha sido la ausencia de verdad, sino la capacidad del poder para disfrazarla. Y tal vez, lo más incómodo de aceptar, es que el “anticristo” no es una figura mística esperando aparecer, sino una metáfora vigente: cualquier discurso que, en nombre del bien, normaliza el mal.

Nunca olvidaré la frase que dijo Andrés Manuel López Obrador: pobre de México,tan lejos de Dios, y tan cerca de Estados Unidos. Hoy, tan cerca de este maligno enemigo, (citando a la biblia) tenemos profetas mexicanos y mexicanas, que aplauden y ruegan por que nos invadan. Qué Dios nos ampare de ellas y ellos.

* Lingüista de profesión por la Universidad de Colima, con 12 años de experiencia dentro del ambiente político. Ha participado en campañas electorales como parte logística y estratégica de márquetin y comunicación política. Actualmente labora en departamentos de comunicación social, así como asesor de dichos temas.