ANTES…

ANTES…
Por: Noé GUERRA PIMENTEL

Antes, había un tiempo —no tan lejano, aunque irrepetible— en el que vivíamos sin contraseña, sin GPS, sin miedo. Salir a la banqueta ya era pertenecer al mundo. Así recuerdo mi niñez y juventud; una época que sobrevivimos con las rodillas raspadas, descalabrados o algún hueso roto, mientras las mamás nos gritaban desde la puerta. Nadie imaginaba que en el futuro habría que compartir la ubicación en tiempo real para ir a cualquier lado.

Antes, íbamos solos a la escuela con los libros bajo el brazo o en bolsa al hombro y algunos con zapatos, con apenas un peso para el recreo. Mamá nos despedía desde la casa:

—¡Y no te regreses porque olvidaste la libreta!

Y uno caminaba solo o acompañado cruzando calles, saludando perros, apedreando pájaros, pateando piedras, saltando grietas, luchando contra monstruos imaginarios. Nadie usaba casco para andar en bicicleta o patín. El casco era:

—¡Y nomás regresas llorando…! Con eso bastaba.

Antes las calles eran reino compartido, igual que nos aventurábamos por sitios lejanos a pie, a “cazar” en grupo y jugábamos como nos peleábamos y no pasaba del moretón; compartíamos sin complejos ni rencores, sin culpas, todos con todos: flacos, pecosos, prietos, chaparros, niñas y niños mezclados en una democracia donde el único requisito era salir después de la tarea.

Antes, jugábamos al avión, los encantados, la traes, pares y nones, la choya, changais, brinca-soga, stop, trompo, canicas, yoyo, balero, voli y fut con portería entre dos piedras, para cansados y sudorosos tomar agua de la llave. El del balón era capitán y árbitro, sin discusión. Las invitaciones no eran por whatsapp. Uno llegaba directamente a la casa:

—¿Señora, puede salir el Toño?

Y la mamá, desde adentro:

—¡Toñoooo, te buscan!

Entonces aparecía Toño, con el lápiz en la mano haciendo la seña de “al ratito”, aún no terminaba la tarea; o con espuma de jabón en la cabeza, porque se estaba bañando.

Antes las puertas estaban abiertas y los adultos platicaban en la banqueta. Había casas donde la cortina era la única frontera entre calle y sala. Los vecinos entraban sin tocar:

—Nomás vine a ver sin tenías azúcar. Y acababan por quedarse platicando sin desatender la comida.

Antes el teléfono, uno solo en la casa, era fijo en repisa como en un altar doméstico. Cuando sonaba, todos a contestar como si fuera emergencia nacional. Y si hablaba un muchacho buscando a la adolescente de la casa, el interrogatorio era digno de la inquisición:

—¿Quién habla? ¿Qué se le ofrece? ¿De parte de quién?

Antes, había romances sostenidos por llamadas con silencios nerviosos. La comunicación era por cartas que llegaban oliendo a trato, compromiso o amor. Antes, para los niños, la televisión terminaba a las 8 de la noche, con el ajuste de programación llegaba la hora de irse a dormir. Nadie amanecía viendo series, ni existía otro capítulo. El entretenimiento real estaba en la banqueta, en los cuentos de aparecidos y de robachicos.

Antes, los domingos olían a pollo, ropa recién planchada y Jockey Club, los adultos a Yardley y las mujeres a fragancia de Avón; las familias salían “a dar la vuelta”, bañados y directo a la misa. Bastaba con caminar la plaza, saludar y tomarse una nieve, paleta o comerse un churro azucarado, mientras perseguíamos los pichones. Había globeros, gelatineros y fotógrafos que acomodaban a las familias con seriedad marcial:

—No se mueva, joven… usted tampoco… pajarito, pajarito… ¡listo!

Antes, existía una confianza ya extinta, nuestros padres nos dejaban encargados con los vecinos; el tendero fiaba con libreta en mano; los taxis hacían sitio y los muchachos regresábamos a pie de las tardeadas, antes de las 11. Todo se curaba con vaporub y té. Y sí, antes, había cosas: chanclazos, cintarazos, borradorazos docentes (mi frente da testimonio), humo de cigarro en salas cerradas y niños condenados a la fila en las tortillas, sin importar el clima.

Eso y más forma parte de una nostalgia extraña, porque se quedó en un tiempo donde la vida era otra. Quizá por eso, cuando alguien dice “antes”, no refiere solo el pasado, sino otras maneras de vivir donde el mundo parecía menos peligroso, más lento, más amable y, sobre todo, más humano.