ARCA
Por: Juan Carlos RECINOS
Respirar en medio de un bosque de tungsteno[1], de Jorge Arzate Salgado, no es sólo un libro sobre la pandemia. Sería pobre decirlo así, como si la pandemia fuera únicamente un tema, una circunstancia, una fecha dentro de la memoria reciente.
Este libro nace de algo más hondo: del momento en que respirar dejó de ser un acto inocente. Durante mucho tiempo, respirar fue lo que hacíamos sin pensarlo, lo más humilde y silencioso del cuerpo, la prueba mínima de estar vivos. Respirar era estar en el mundo sin pedir permiso. Era entrar a una casa, saludar a alguien, acercarse a una mesa, caminar junto a otros, compartir una habitación, inclinarse sobre el rostro de una madre, tocar una mano. La pandemia quebró esa confianza elemental. De pronto, el aire dejó de ser lo común y se volvió muerte; dejó de ser vínculo y se volvió distancia; dejó de ser lo que nos unía y se convirtió en aquello que podía separarnos.
Por eso el título del poemario no debe leerse sólo como una imagen poderosa, sino como una experiencia espiritual de época. “Respiro en medio de un bosque de tungsteno”: la línea condensa la sensación de vivir dentro de una materia endurecida, áspera, metálica, como si el mundo hubiera cambiado de composición y el cuerpo tuviera que abrirse paso entre una vegetación imposible. El bosque ya no es únicamente refugio; el tungsteno ya no es únicamente metal. Ambos forman una atmósfera nueva: la de una vida obligada a continuar en medio de la dureza. Arzate Salgado no escribe desde la estadística ni desde el resumen histórico, sino desde ese sitio donde el miedo entra al cuerpo y modifica la relación con todo: con la calle, con la cama, con los hospitales, con las pantallas, con los muertos, con la memoria y con la respiración de los otros.
La mayor virtud del libro está en que no convierte la pandemia en consigna. No la usa como pretexto sentimental ni como simple documento de una desgracia colectiva. La transforma en materia poética sin quitarle dolor, sin quitarle cuerpo, sin quitarle historia. En sus mejores momentos, Arzate Salgado entiende que una catástrofe no se vuelve poesía sólo porque haya sido terrible. La experiencia necesita una forma; el miedo necesita una música; el duelo necesita una imagen que no lo traicione. Muchos textos sobre la pandemia han quedado atrapados en la urgencia, en la anécdota inmediata, en el testimonio todavía caliente. Este libro aspira a otra cosa: no sólo quiere recordar lo que ocurrió, sino preguntarse qué nos ocurrió por dentro cuando el aire se volvió peligro, cuando el abrazo se volvió amenaza y cuando los vivos empezamos a mirar a los otros como posibles portadores de una muerte invisible.
La estructura del volumen ayuda a comprender esa ambición. Respirar en medio de un bosque de tungsteno avanza como una respiración rota, por estaciones, desde Los árboles y la muerte hasta Réquiem, pasando por Mal, ¡Parar!, Miedo, Estado de excepción, Tos, Soledad, Fantasmas, ¿Renacer? Y vuelta al destino y Abrir el mundo. Ese orden tiene una fuerza interna: primero aparece el mundo vegetal, luego el hospital, después el encierro, la enfermedad, el control, la tos, la soledad, los espectros, la tentativa de regreso, la reapertura y finalmente el canto por los muertos.
No se trata de una suma de poemas reunidos bajo un tema común, sino de una travesía emocional. El libro camina desde el asombro hasta el duelo; desde la materia viva de los árboles hasta la memoria de quienes se fueron; desde el miedo inmediato hasta una forma de oración civil por los cuerpos que quedaron sin despedida.
Los árboles son, desde el inicio, mucho más que paisaje. En este poemario representan una inteligencia distinta: una vida que no grita, que no se precipita, que no entra en pánico, pero que guarda la memoria del mundo. Frente a la emergencia humana, frente a nuestras alarmas, nuestras ambulancias, nuestras pantallas y nuestros protocolos, los árboles aparecen como una duración más antigua. No consuelan de manera fácil; tampoco absuelven. Más bien colocan la tragedia humana dentro de una escala mayor. El árbol no borra el dolor; lo sostiene. Su corteza parece decir que la vida ha conocido otras catástrofes y que, aun así, algo permanece. Por eso la presencia vegetal no funciona como evasión bucólica, sino como una manera de medir la fragilidad humana. En medio de la prisa del desastre, los árboles enseñan otra respiración.
Esa tensión alcanza uno de sus momentos más conmovedores en la escena hospitalaria. Allí el cuerpo pierde su soberanía. Ya no es sólo cuerpo propio: se vuelve expediente, temperatura, síntoma, diagnóstico, espera, camilla, sonda, bata, pinchazo, pasillo. El hospital concentra la parte más desnuda de la pandemia: no la teoría del miedo, sino su olor, su luz blanca, su vocabulario, su manera de reducir la vida a señales urgentes. En ese contexto, la pregunta “¿Y los árboles?” tiene una fuerza profundamente humana. No es un adorno lírico. Es el intento desesperado de recordar que afuera todavía existe un mundo no confiscado por la enfermedad. Esa pregunta interrumpe el dominio del lenguaje médico y abre una grieta por donde entra algo parecido al deseo de vivir. En medio del quirófano, del miedo de la madre, de la tos cercana y de la posibilidad de no regresar, los árboles se vuelven memoria de una respiración anterior, de un aire que todavía no estaba herido.
El libro crece cuando desciende a esas escenas concretas. Su emoción más verdadera no está en las grandes formulaciones, sino en los momentos donde un nombre, una llamada o una imagen doméstica cargan con todo el peso de la catástrofe. El poema dedicado a Carlos es fundamental porque devuelve la pandemia a su verdad más dolorosa: nadie muere en abstracto. Nadie muere como cifra. Nadie muere como parte de un conteo diario. Se muere con un nombre, con una historia, con una ciudad recordada, con una sopa caliente, con una conversación pendiente, con una sonrisa que ya no volverá a repetirse. “Hoy murió Carlos” tiene la sequedad brutal de una noticia que no necesita adornos. En esa frase está la pandemia entera, pero no como estadística mundial, sino como pérdida concreta. La muerte colectiva sólo se vuelve comprensible cuando toca un rostro. La poesía de Arzate Salgado acierta cuando comprende que el desastre no entra por la abstracción, sino por una escena pequeña que de pronto se vuelve insoportable.
Ahí está uno de los núcleos más humanos del poemario: la conciencia de que la pandemia no sólo mató cuerpos, sino también formas de despedirse. Hubo muertos sin ceremonia suficiente, enfermos sin compañía, familiares esperando noticias detrás de una pantalla, funerales reducidos, abrazos aplazados, lágrimas sin hombro. El libro sabe que una sociedad no sólo necesita curarse biológicamente; necesita llorar. Y quizá eso sea lo más difícil. La enfermedad pasa, los hospitales se vacían, las calles recuperan su ruido, pero algo queda sin concluir en quienes no pudieron despedirse. Arzate Salgado escribe desde esa deuda. Su poesía intenta dar un sitio a los que fueron devorados por la velocidad del acontecimiento. Cuando el poema concluye que la piedad parece retirada del mundo, no suena a exageración, sino a constatación moral: hubo un tiempo en que la vida pareció perder todo margen de clemencia.
La figura del dios mineral permite pensar el virus de una manera más amplia que la del lenguaje médico. El virus es microscópico, pero su efecto es histórico; es invisible, pero reorganiza ciudades; no tiene voluntad moral, pero modifica la vida de millones. Arzate Salgado lo vuelve imagen porque la información no basta. Decir virus, contagio, saturación, neumonía o protocolo no alcanza para nombrar la experiencia. Hacía falta una figura que reuniera lo diminuto y lo soberano, lo biológico y lo mítico, lo natural y lo devastador. El dios mineral no es un dios en sentido religioso, sino una forma de nombrar el poder impersonal de aquello que no vemos y, sin embargo, nos gobierna. Frente a él, la humanidad descubre que sus edificios, sus mercados, sus tecnologías y sus orgullos no la protegen del todo. La modernidad entera queda humillada por una fuerza mínima.
Sin embargo, una lectura honesta debe decir también que el libro se excede por momentos. Su energía verbal, tan poderosa en muchas páginas, a veces se vuelve acumulación. Hay tramos donde la nomenclatura médica, las imágenes cósmicas, los animales, las materias, los fármacos y las escalas microscópicas compiten entre sí. El poema quiere decirlo todo porque la experiencia también lo desbordó todo. Esa abundancia tiene una explicación emocional: la pandemia fue exceso de miedo, exceso de información, exceso de muerte, exceso de incertidumbre. Pero la poesía, incluso cuando nace del exceso, necesita elegir. Arzate Salgado es más fuerte cuando confía en una escena que cuando multiplica imágenes para intensificar lo que ya era intenso. Estamos ante un poemario ambicioso, pero vivo; un libro que arriesga porque no quiere dejar fuera ninguna de las materias que tocaron la experiencia pandémica.
Uno de los aciertos mayores está en no reducir la pandemia a una historia íntima. Arzate Salgado mira también sus condiciones públicas: el control, el encierro, la desigualdad, la pantalla, la vigilancia, la administración de los cuerpos. En ¡Parar!, la orden de detenerse no es sólo sanitaria; es existencial. El mundo se frena, pero los cuerpos no saben detener su necesidad de tocar. El confinamiento revela algo que quizá habíamos olvidado: somos seres de cercanía. La vida no ocurre únicamente en la mente ni en las palabras. Ocurre en la piel, en la respiración compartida, en el saludo, en la mesa, en el traslado, en el beso, en el ruido de los otros. La línea “Imposible parar los cuerpos” resume esa resistencia profunda. Podían cerrarse calles, escuelas, oficinas, plazas; podía imponerse distancia; podía trasladarse la vida a una pantalla; pero el cuerpo seguía recordando su antigua vocación de contacto.
Por eso el teléfono y la pantalla aparecen como símbolos ambiguos. Fueron salvación y pobreza. Nos permitieron ver a quienes estaban lejos, escuchar una voz, sostener una clase, una reunión, una llamada familiar, una despedida parcial. Pero también hicieron más evidente lo que faltaba. La pantalla conservó el vínculo y al mismo tiempo mostró su mutilación. Ver a alguien no era estar con alguien. Escuchar su voz no era compartir su aire. La vida virtual nos sostuvo, pero también nos recordó que el cuerpo no puede ser sustituido sin pérdida. Esa es una de las zonas más humanas del libro: la comprensión de que la distancia sanitaria no anuló el amor, sino que lo volvió más doloroso.
En Estado de excepción, el poemario toca una dimensión más severa. La pandemia convirtió la vida cotidiana en territorio regulado. La casa fue refugio, pero también encierro. La calle fue deseo, pero también amenaza. La libertad de moverse, de reunirse, de respirar cerca de otros, quedó suspendida bajo una lógica de emergencia. Arzate Salgado observa ese proceso sin convertir el poema en panfleto. Su crítica nace de la percepción: mira cómo cambia la textura de la existencia cuando la obediencia se vuelve una forma de supervivencia. En ese sentido, el libro no se limita a recordar una enfermedad; recuerda una transformación de la vida pública. El miedo no sólo entró al pulmón: entró a la organización del día, a las noticias, a la economía doméstica, a la manera de mirar al vecino, al desconocido, al repartidor, al familiar que tocaba la puerta.
La sección Miedo es decisiva porque nombra la condición más perturbadora del virus: su invisibilidad. La humanidad está acostumbrada a temer lo que ve: el animal, el arma, el incendio, el golpe, el rostro del enemigo. Pero aquí el peligro no tenía figura. “No se puede ver ni palpar sólo se respira”: pocas líneas resumen mejor la angustia de aquellos meses. El miedo estaba precisamente en lo que no podía distinguirse. Cualquier superficie podía ser amenaza; cualquier cercanía, peligro; cualquier tos, presagio. El aire se llenó de cálculo. La vida cotidiana se volvió una ceremonia de sospechas. Lavarse las manos, abrir una puerta, recibir una bolsa, tocarse la cara, respirar en un cuarto cerrado: todo empezó a llevar una sombra. El libro sabe que la pandemia no sólo produjo enfermedad: produjo una nueva imaginación del peligro.
Luego vienen Tos, Soledad y Fantasmas, secciones donde el poemario se vuelve más sombrío porque ya no habla únicamente del contagio, sino de lo que queda después. Sobrevivir no significa salir intacto. La gente volvió a las calles, sí, pero no volvió igual. Las ciudades recuperaron ruido, los trabajos se reanudaron, las escuelas abrieron, los viajes regresaron; sin embargo, algo quedó suspendido. La pospandemia no fue una fiesta de regreso, sino una convivencia extraña con lo perdido. Muchos siguieron cargando cansancio, duelo, ansiedad, miedo al contacto, memoria de hospitales, llamadas no contestadas, nombres que ya no estaban. Arzate Salgado llama a esa zona con una imagen justa: los fantasmas. No sólo fantasmas los muertos, también los vivos que regresaron con una parte de sí mismos del otro lado.
En ¿Renacer? Y vuelta al destino, el poemario introduce una de sus zonas más delicadas: el regreso como incertidumbre. No se trata todavía de abrir el mundo, sino de comprobar que salir otra vez a la ciudad no equivale a recuperar la vida anterior. El renacimiento aparece contaminado por el azar. Después de meses de encierro, los cuerpos vuelven a moverse, pero ya no caminan con inocencia: cargan una conciencia nueva de fragilidad, de cálculo, de distancia. La nueva normalidad se resume en la negación del abrazo, en la sospecha ante la cercanía, en la duda frente al viento. Allí está una de las verdades más humanas del libro: renacer no significa salvarse, sino aprender a vivir con una herida incorporada al gesto cotidiano. La calle parece la misma, las aceras están más limpias, la gente corre, el trabajo continúa, pero algo se ha roto en la confianza elemental del cuerpo. El azar ya no es una abstracción filosófica: es contagio posible, bifurcación, amenaza invisible, destino respirado.
Ese apartado también vuelve más compleja la idea de renacimiento al colocarla frente a la mutación. La vida no renace como pureza moral ni como promesa sentimental, sino como deriva biológica, como cambio, como adaptación ciega. En “Mutación o la danza exacta de la naturaleza”, Arzate Salgado desplaza el drama humano hacia una escala mayor: la naturaleza no responde a nuestra ética, no se conmueve ante nuestros duelos, no organiza sus procesos para consolarnos. La mutación continúa mientras las hormigas caminan, mientras los satélites transmiten señales de internet, mientras los cuerpos siguen fragmentados. El resultado es brutal: el renacimiento no es necesariamente redención; puede ser apenas otra forma de la intemperie. Por eso la escena del aeropuerto de Madrid, con la T4 Satélite convertida en una especie de animal herido, funciona como imagen de una modernidad detenida, humillada por su propio silencio. Los cuerpos vuelven a circular, pero parecen más objetuales, más solos, más conscientes de su fragilidad. Antes de abrir el mundo, el libro necesita pasar por esa estación: la del regreso herido, la del viaje bajo sospecha, la del cuerpo que vuelve a moverse sin haber dejado atrás el miedo.
Por eso Abrir el mundo no puede leerse como una salida triunfal. El regreso no es victoria, sino reanudación herida. Abrir el mundo no significa que el mundo haya sanado. Significa apenas que los vivos vuelven a intentar la vida. Y ese intento no es menor. Después del miedo, salir de nuevo también requiere valor. Volver a caminar, volver a hablar de cerca, volver a mirar un árbol, volver a escuchar el ruido de una calle: todo adquiere una intensidad distinta cuando se ha vivido bajo amenaza. Los árboles reaparecen entonces como aquello que no promete redención, pero sí continuidad. No curan el trauma; lo colocan dentro de un ciclo más vasto. No borran a los muertos; los devuelven a una respiración material del mundo. El árbol, en este libro, no es paisaje. Es archivo, testigo, ritmo, permanencia.
El cierre en Réquiem es necesario porque todo el poemario desemboca en la memoria. Después de la enfermedad, del encierro, de la pantalla, del control y de la reapertura, queda lo esencial: llorar a los muertos. El libro entiende que no hay verdadera salida de una catástrofe sin duelo. No basta con que bajen las cifras ni con que regresen los horarios. Una comunidad necesita hacer lugar a sus ausentes. Por eso el réquiem no es sólo un cierre formal: es una reparación simbólica. Arzate escribe para que los muertos no queden reducidos al archivo sanitario de una época. Les devuelve aire, árbol, ceniza, nombre, presencia. En su poesía, la memoria no resucita, pero acompaña. No cura del todo, pero impide la indiferencia.
Respirar en medio de un bosque de tungsteno no es un libro perfecto, y quizá no necesita serlo. Sus excesos forman parte de su naturaleza torrencial; sus reiteraciones revelan tanto una insistencia estética como una herida que no termina de cerrar. Pero su valor está en haber encontrado una imagen moral para una experiencia que todavía no sabemos nombrar del todo. Arzate Salgado comprendió que la pandemia fue una crisis del cuerpo, desde luego, pero también de la cercanía, de la confianza, de la imaginación, de la casa, del lenguaje, de la memoria y del amor. Nos recordó que vivir no era simplemente respirar, sino respirar junto a otros. Y nos mostró que, cuando el aire se volvió sospechoso, no sólo se enfermó el cuerpo: se enfermó una forma de estar juntos.
Por eso este libro importa. Porque no deja que la pandemia se convierta demasiado pronto en pasado. Porque no acepta que los muertos sean una cifra cerrada. Porque mira el hospital, pero también mira los árboles; mira el virus, pero también la madre; mira el encierro, pero también el deseo de tocar; mira la técnica, pero también la fragilidad de una sopa recordada, de una llamada, de una ciudad fría, de un amigo que ya no está. En sus mejores páginas, Arzate Salgado no escribe sobre una época clausurada, sino sobre una herida que todavía respira. Y quizá ahí se encuentra la verdad más humana de su poemario: seguimos vivos, sí, pero no porque hayamos vencido completamente al miedo, sino porque todavía intentamos respirar con los otros, aun sabiendo que el aire, alguna vez, también pudo separarnos.
[1] Jorge Arzate Salgado, Respirar en medio de un bosque de tungsteno. Toluca: Secretaría de Cultura y Turismo del Gobierno del Estado de México / Consejo Editorial de la Administración Pública Estatal, colección Premios FOEM, primera edición, 2025, 152 pp. ISBN: 978-968-9702-08-5.


















