Todo pasa por algo

Frases de oro // Todo pasa por algo

Por Jorge OROZCO SANMIGUEL

Hay frases que repetimos casi por inercia. «Todo pasa por algo» es una de ellas. La pronunciamos para consolarnos cuando perdemos, para encontrar sentido cuando algo duele o simplemente porque necesitamos creer que el caos tiene un orden que aún no alcanzamos a comprender.

Este año ha sido una prueba de esa frase. Hace apenas unas semanas, el país entero pasó del tímido «sí se puede» al atrevido «¿y si sí?». Durante décadas nos acostumbramos a ver los mundiales con resignación; esta vez los vimos con esperanza. México no levantó la copa, pero dejó algo que parecía perdido desde hace mucho: el respeto. Perdimos. Sí. Pero perdimos como nunca antes.

Once jugadores lo dejaron todo en la cancha. Corrieron hasta el último minuto, pelearon cada balón y demostraron que la derrota no siempre es sinónimo de fracaso. Hay pérdidas que dignifican más que muchas victorias. Alguna vez dije, medio en broma y medio en serio, que si México ganaba el Mundial no habría cerveza suficiente para abastecer la fiesta que se haría en cada casa del país. No ocurrió. Pero pasó algo distinto: un país entero volvió a creer.

Y esa derrota tuvo consecuencias inesperadas. El mundo volteó la mirada hacia México. Después llegó el partido contra Ecuador y la selección confirmó que lo conseguido no había sido un accidente. Recuperamos algo mucho más difícil que un campeonato: recuperamos credibilidad. Quizá por eso la frase vuelve a tener sentido.

En lo personal, este también ha sido un año de pérdidas, cambios y acontecimientos que jamás imaginé vivir. Como muchas personas, he sentido que 2026 no ha sido un año para acumular, sino para depurar. Relaciones que terminaron, certezas que desaparecieron, proyectos que cambiaron de rumbo y otros que nacieron precisamente porque algo anterior se rompió.

La filosofía ha discutido durante siglos si los acontecimientos tienen un propósito o si somos nosotras y nosotros quienes les damos significado. Tal vez Nietzsche tenía razón cuando afirmaba que no son los hechos los que nos destruyen, sino la interpretación que hacemos de ellos. No elegimos todo lo que nos sucede; sí elegimos qué hacemos después. Y Colima está por enfrentar una decisión que marcará los próximos años.

La carrera por la gubernatura apenas comienza y, como toda coyuntura importante, vendrá acompañada de discursos, promesas, campañas emotivas y narrativas cuidadosamente construidas para conquistar el voto. Escucharemos llamados al corazón, apelaciones al miedo, esperanza; al cambio y a la continuidad. Pero conviene recordar algo que pocas veces hacemos en política: las emociones sirven para movilizar; la razón sirve para decidir.

La lingüística nos enseña que las palabras nunca son inocentes. Quien logra nombrar la realidad suele tener ventaja para gobernarla. Por eso no basta con escuchar lo que dicen las y los aspirantes; hay que preguntarse qué esconden sus palabras, qué silencios las acompañan y qué hechos las respaldan. Si este ha sido un año de depuración, quizá también lo sea para la vida pública del estado. No porque exista un destino escrito, sino porque las sociedades también aprenden después de las crisis. A veces una derrota prepara una victoria; otras veces una decepción nos obliga a elegir mejor.

Tal vez sea cierto que todo pasa por algo. Pero ese «algo» no ocurre por obra del destino. Lo construimos nosotras y nosotros con las decisiones que tomamos. Que este año no decidamos desde la euforia ni desde el resentimiento. Que decidamos desde la memoria, inteligencia y responsabilidad. Porque, al final, el futuro de un estado no lo cambia quien mejor emociona; lo cambia quien mejor sabe pensar y decidir.

*Lingüista de profesión por la Universidad de Colima, con 12 años de experiencia dentro del ambiente político. Ha participado en campañas electorales como parte logística y estratégica de márquetin y comunicación política. Actualmente labora en departamentos de comunicación social, así como asesor de dichos temas.