Mucho gusto
Por: Alberto LLANES
En uno de sus poemas: “Los dones”, Efraín Bartolomé habla de los dones que le ha regalado la poesía; sin embargo, más, mucho más de cerca, junto a mí, el poeta chiapaneco me confesó que antes desdeñaba la prosa, pero que también, luego, halló en la prosa poesía y en la poesía prosa y su mano dadora y bienhechora nos ha regalado una poesía que por ratos parece prosa de la mejor calidad con un tono místico, áureo, vegetal, ambiental, terrestre pero también aéreo; otras veces subterráneo pero a la vez no, profundamente humano y, sobre todo, una escritura viva, muy viva, perpetuamente viva casi casi por los siglos de los siglos… Yo. en algún momento desdeñé a la poesía, pero comprendo que no puedo vivir sin ella, aunque no sepa cómo escribirla, pero sí sé cómo vibrar con ella y volar… volar… volar…
Podría decir que mi oficio (Oficio: arder, como es el de la escritura y como es el título de uno de los libros de Bartolomé que reúne su poesía) y al que me he dedicado ya por muchos años, también me lo ha dado todo; y me ha dado la posibilidad de conocer y reconocerme, de verme y volver a hacerlo, en los escritores/as que he tenido la fortuna de tener en persona, con los que he intercambiado un momento a veces breve o fugaz, otras de varias horas; y son quienes me han compartido enseñanzas, charlas, risas, espacio, una cerveza, comida, más charla y momentos mágicos con el poder de la palabra y la imaginación… pero esto también me lo han regalado todos/as los que he leído y no he tenido la fortuna de conocer en vivo.
Este año 2026 ha sido sumamente generoso conmigo; en marzo, Andrea Cote; en abril, Óscar de la Borbolla; en mayo, Efraín Bartolomé; con Juan Villoro se movió la fecha para otro momento, pero a él lo he visto en varias ocasiones en diferentes momentos, incluso, cuando era estudiante de la Falcom y tuve un intercambio de correos electrónicos con él (mientras vivía en Barcelona), porque yo estaba estudiando su obra, en fin.
A Efraín Bartolomé no es la primera vez que lo veía en persona, pero sí ha sido la que más me ha dejado marcado. En 2016 vino a la presentación de su enorme (tanto literal como físicamente hablando) libro Ojo de jaguar, una edición de Monte Venus y la Universidad de Colima y ahílo conocí en persona. Sin embargo, la literatura es generosa y me permitió conocerlo desde antes y cuando era estudiante de la Falcom. Este es el poder del texto.
No sé en qué momento (así pasa con los libros), llegó a mi mano uno de poesía del autor y simplemente me voló la tapa de los sesos: Música lunar, lo recuerdo perfectamente. Como si hubiera sido ayer, pero el ayer del que les habló sucedió hace aproximadamente veintiséis años. En el año 2000, loquísimo, por cierto. Y por todos lados me bebí esa música venida de la luna: primero por los ojos, luego por las orejas, los poros y, como dice el poeta, con todas las venas del cuerpo, y las arterias, los huesos y demás. El libro no era mío, me lo habían prestado y tenía que devolverlo. A veces solía robarme esos libros que me gustaban tanto, pero no en esta ocasión; ya sea porque estimaba mucho a la persona que me lo prestó o por lo que sea, pero no lo hice. Y lo regresé. Me quedé, momentáneamente sin música en la luna. Por aquél entonces enamoraba a una mujer semestres más adelante que yo; llevaba para todos lados mi discman con el disco que grabó el poeta Jaime Sabines en ese recital bellísimo (lástima que no fui) en el Palacio de Bellas Artes en la Ciudad de México; abarrotado el lugar y dichoso el que haya estado ahí. Ese disco lo traía para todos lados y vibraba con la poesía de Sabines, su voz, la forma de leer, con todo e iba volando para todos lados, la mujer vivía en la calle Rubén Dario, allá por Lomas de Circunvalación. Llegaba a hablarle de las cosas del amor con mucho filo, entonado y envalentonado, luego de oír a Sabines y vibrar con él.
Mi querido amigo y poeta; compañero de pupitre en la Falcom, Carlos Ramírez Vuelvas, cuando le conté de esto, me dijo que si no había oído a Efraín Bartolomé con ese poemario ¿oírlo?, le dije, me contestó que sí, y ya no preguntó más, sacó de entre sus cosas un disco compacto, me lo prestó y me dijo que lo escuchara… fui inmediato a mi casa con la prisa de que el transporte llegara rápido; al hacerlo, fui directo a mi dormitorio, cerré la puerta, puse el disco en la grabadora y me tumbé en la cama… otra vez los sesos salieron volando de mi cabeza, no sé adónde fueron a dar, pero allá fueron… como si hubiera fumado alguna hierba o bebido algún brebaje narcótico o todo esto junto, y todo ese tiempo no hice nada más que flotar, andar flotando por todos lados, iba flotando, regresaba flotando, hacía el amor con el disco de fondo flotando y mi pareja de turno también flotaba. Y todo era una flotadera. Era Música lunar leído por el poeta y con música de fondo que te hacía vibrar de emoción.
Quemé el disco (este término que acabo de utilizar es una acción de reproducir o copiar un disco, tal cual, a otro disco, cosa habitual en los años noventa, dos mil) porque tenía que regresarle su disco a mi amigo Carlitos (siempre le he dicho así y siempre le diré) y yo tenía que seguir oyendo esta música que venía de más allá de la luna para, simplemente, vivir flotando, seguir flotando y vibrando con ese fuego en voz alta para encender la primavera.
Y vibro, porque estoy cantando e ilumino la oscuridad cantando, de la fruta ligeramente amarga del corazón se levantan delgadas capas de una suave corteza… y no sigo porque me enrolló dijeran los españoles. En esta ocasión la cosa estaba así: en la Falcom el doctor Arnoldo Delgadillo y yo tendríamos la labor de moderar el evento, al doctor Delgadillo le salió un viaje, me tocó el pastel completo, pero como no como pastel (no tanto) por aquello de los carbohidratos, lo repartí en múltiples piezas, dejé que el público hablara, preguntara; yo sólo llevé la batuta, la moderación del evento. Gracias a mi amigo Carlitos Ramírez que me invitó a hacerlo. La charla fue amena, comprendí que Bartolomé es profundamente humano y vibró al leer un poema, como debe uno vibrar con la poesía, la música, las letras…
En Colima no estamos acostumbrados a los recitales de poesía, en la noche de ese jueves 21 de mayo habría uno, en la voz del poeta Bartolomé. Previamente había cancelado las clases de batería de mi hijo, mi mujer, en la noche, llevaría la moderación del evento y yo sólo sería un asistente más. A Efraín le gustó mucho lo que dije de la tapa de los sesos, a él también se le han volado con un poema, un texto, algo. Me dedicó la lectura del poema que yo había primero leído para mí en aquél viejo libro de 1991 (su edición y que yo leí hasta el año 1999-2000), luego tuve la oportunidad de escuchar ese mismo poema en el disco que me prestó Carlitos y del que hice una copia que aún conservo y ahora tuve la oportunidad de verlo y oírlo en vivo. ¿Se puede pedir algo más?, no…
Gracias a la literatura que me ha dado de todo.


















