Mucho gusto
Por: Alberto LLANES
Era el año de 1999 cuando la Universidad de Colima me recibió en sus entrañas por vez primera. Llegué a un grupo de jóvenes universitarios rebeldes, hambrientos de conocimiento, literatura y con muchos sueños e ilusiones de convertirnos en escritores o periodistas.
En ese año Jorge Volpi vino a presentar En buscar de Klingsor al auditorio de la Facultad de Psicología; para mí, que venía de una escuela sencilla como el Cedart Juan Rulfo, el auditorio de la Facultad de Psicología (por aquellos ayeres nuevecito), me pareció impresionante. Quizá no tenía idea de quién era Jorge Volpi, ni mis compañeros tampoco, pero ahí estuvimos porque era escritor, presentaba una novela que había ganado un premio (el Seix Barral) y nosotros queríamos ser escritores y quizá escribir una novela, o cuentos, poemas…
La última vez que estuvo en Colima José Emilio Pacheco también fue en ese año de 1999, en aquella ocasión la cita fue en el archivo municipal de Colima, el que se encuentra ubicado en el jardín Juárez; en la secundaria había leído Las batallas en el desierto, pero no tenía idea o no había hilado que ese mismo autor, que leí en la secu, era también el autor que tenía frente a mí en el archivo municipal. Después de eso me prometí no volver a cometer un fallo como este y me puse a leer El principio del placer, La sangre de medusa, Irás y no volverás y Morirás lejos, jamás volví a olvidar a José Emilio y creo que no he olvidado a ningún autor ni su obra. Tengo, hasta eso, buena memoria para ello, aunque, esa memoria, con el paso de los años comienza a fallar.
Con Fernando del Paso tuve un encuentro en el baño de la Pinacoteca de la Universidad de Colima y, cada vez que voy a ese lugar, me acuerdo de él. Quienes han ido a la Pinacoteca conocen ese baño, al abrir, a la izquierda está el lavabo y un gran espejo, al fondo, una puerta de acrílico (endeble) que cubre la entrada de la taza del baño; no hay mingitorios y, si ese lugar está ocupado hay que hacer turno. Era estudiante de la Falcom, Fernando del Paso vino a Colima a algo relacionado con su obra artística y, claro, su labor literaria. Entré en el baño, tenía ganas, estaba ocupado, la pared que divide el lavabo de la taza del baño no llega hasta el techo, así que se puede ver por encima, vi el rostro de Del Paso, ajá, me topé de paso con Fernando del Paso en el baño de la Pina; salió y me saludó, íbamos a lo mismo, claro está.
No creí ser tan Óscar Borbollerista, hasta que no tuve a Óscar de la Borbolla frente a frente. Resulta que lo he leído demasiado y no me había dado cuenta. También, en la Facultad de Letras y Comunicación de la Universidad de Colima, leí Las vocales malditas, el libro me voló la tapa de los sesos, mira que hacer cinco cuentos con puras palabras con cada una de las vocales, utilizando únicamente palabras con la A para el cuento de la A (Cantata a Satanás), puras palabras con la E para el cuento de la E (El hereje rebelde), con la I para el cuento de la I (Mimí sin bikini), puras palabras con la O para el cuento de la O (Los locos somos otros cosmos) y con la U para el cuento de la U (Un gurú vudú). Quise emular el ejercicio, pero dijo en alguna ocasión Gustavo Sáinz: Quiero escribir, pero me sale espuma. Nada me salía.
Ahora que Óscar de la Borbolla estuvo en Colima fui el gran huidor de sus dos charlas; la primera en San Fernando, me esperé lo más que pude, pero casi a las siete me tuve que salir a recoger a mi hijo en su festejo del día del niño, ni modo; al otro día estaría en la Falcom, ahí lo tendría, fui y también hui, hui momentáneamente para ir al bendito checador, pero regresé a la conclusión del evento. En ambos casos me quedó claro que Óscar de la Borbolla es un filósofo, nos pone a pensar con su discurso, sus libros, su propuesta literaria.
Luego de leer en los años de la facultad Las vocales malditas, llegó a mi vida otra historia que me volvió a volar la tapa de los sesos (no sé cómo carajos sigo en este plano): Nada es para tanto es el título de esa novela que, por cierto, he tenido dos o tres veces y la he perdido las mismas veces, hasta hace poquito que la compré de nueva cuenta editada por el Fondo de Cultura Económica y que trae consigo otra novela que te enloquece con el puro título: Todo está permitido.
Si no hubiera sido por la feria del libro de la Universidad de Colima, capaz que no conozco a este maravilloso autor. La doctora Ana Jose Cuevas me invitó a una cena con él y no lo pensé dos veces, fui. Lo que se dijo en la cena, en la cena se queda y lo que cenamos esa noche, también ahí se queda, pero reafirmé que Óscar de la Borbolla nos pone a pensar, reflexionar sobre nuestro entorno, la posición que tenemos con nuestro pasado y cómo podemos o podremos enfrentar nuestro futuro. En esa cena recordé que en una feria del libro celebrada en Comala (la de Rulfo), hacía un par de años, con un grupo de alumnas monté la lectura coral de un cuento del autor que nos visitaba ese día: Óscar de la Borbolla, el cuento era, El paraguas de Wittgestein; ese día todo lo que pudo salir mal salió peor, nos prometieron sonido y no hubo, nos prometieron un espacio techado (un foro) y nos pusieron en el jardín, pero mis chicas y yo salimos avante y el público nos escuchó, aquello fue una locura coral de voces estilo canon (ajá, como en la música). El canon, para quien no lo sepa, es una técnica de composición contrapuntística donde una melodía principal (líder) es imitada por una o más voces (seguidoras) que entran con retraso, creando un efecto de polifonía entrelazada, pues así leímos, cada que alguien concluía un párrafo entraba otra voz, pero la voz principal seguía leyendo y la voz nueva comenzaba desde el inicio y así, con nueve voces diferentes…
Cuando tuve de frente a Óscar de la Borbolla y luego de haber metido a mi sistema dos o tres Ticús (chin, ya rebelé parte de la cena), pero esas cervezas me hicieron recordar que había leído: Dios sí juega a los dados y su Manual de creación literaria. Estando ahí, en un restaurante del centro de la ciudad, le pregunté al maestro sobre un texto maravilloso que había leído cuando estaba escribiendo mi primer libro de minificciones; no sé porqué causa, motivo o razón, pero, buscando en la internet hace muchos años, di con un texto titulado: Minibiografía del minicuento, claro, de Óscar la Borbolla, confesó que lo escribió porque se enojó con Tito Monterroso; en el texto, De la Borbolla confiesa que él tiene la minificción más breve de la historia de la literatura moderna… (vayan a leerlo, no se lo pueden perder).
Monterroso fue un autor que me leí de cabo a rabo en mis días de la facultad y tener frente a mí a una persona como Óscar de la Borbolla que convivió con él, también me voló los sesos y no sólo convivió con él, sino con José Revueltas de quien fue compañero de cuarto y, seguro con muchos autores/as más que han sido el pilar de la literatura en nuestro país.
Me queda claro que Las vocales malditas no es un libro para niños, aunque De la Borbolla le dedica ese libro a Ulises, su hijo (por cierto, nos rebeló el porqué le puso Ulises y es fantástico y sí, tiene que ver con la literatura porque casi todo o todo tiene que ver con la literatura). Yo, por mi parte, le he leído ese libro a mi hijo y le ha gustado, aunque no sepa en realidad, a sus pequeños seis o siete años, lo que sucede de fondo en las historias; lo que me llevo, es que Óscar nos pone a pensar y eso está muy bien en un mundo y en los días en que ya no la televisión, no, la tecnología nos da todo vomitado, digerido, masticado y súper mega masticado y cada vez hace que utilicemos menos la cabeza para eso, para pensar…
Gracias, Óscar… se me hizo conocerte en persona.



















