Terapias del frasco psico-sexo-afectivo
Por: José Alfredo DÍAZ RENTERÍA
Me atrevo a decirlo desde la práctica clínica: cerca del ochenta por ciento del sufrimiento que acompaño en consulta proviene de las relaciones psico-sexo-afectivas. Estar enamorado, en el imaginario actual, suele significar perder la libertad, sostener vínculos tóxicos, vivir en dependencia emocional y sufrir lentamente. Pero el problema de fondo no es el amor en sí, sino la manera en que nos relacionamos con nuestra vulnerabilidad constitutiva.
Somos seres para el encuentro, y en esa apertura se halla también la posibilidad del conflicto. No se trata de un defecto de fábrica, sino de una condición radical: al ser vulnerables, estamos llamados a descubrir quiénes somos en relación con los otros. El reto es que carecemos de una educación emocional y sexual suficiente para comprender cómo generamos apego, qué significa amar con responsabilidad y cómo podemos vivir una relación sin perder la dignidad ni la libertad.
Recuerdo, como estudiante de teología, la fuerza de un dato bíblico: la resurrección de Cristo como signo de alguien que se sabía amado por el Padre. Esa certeza de amor —me atrevo a pensarlo— le dio la fuerza para vencer incluso a la muerte. Y aquí encuentro una clave actual: nuestros jóvenes sufren porque no se saben amados y, al mismo tiempo, no saben cómo dejarse amar. La paradoja es que buscamos desesperadamente lo que tememos recibir.
Malacostumbrados al drama, hemos olvidado que una relación sana es espacio de bienestar psicológico, de comunicación erótica y de ternura compartida. El silencio de los deseos sexuales —cuando no se dicen, no se negocian, no se integran— se convierte en semilla de frustración y distancia. Entonces la pareja vive una “guerra fría” afectiva: cercanía aparente y tensión constante.
Necesitamos una nueva educación afectiva y sexual que enseñe a nuestros jóvenes a comprender sus pasiones sin reprimirlas ni dejarlas desbordar. Como sugiere Luis Cencillo (1993), la afectividad humana es dinámica y requiere una pedagogía que la oriente hacia la madurez. Del mismo modo, Goleman (2012) recuerda que la inteligencia emocional es indispensable para sostener vínculos libres y plenos. Y Marina (2015) advierte que el amor, más que un sentimiento espontáneo, es una construcción ética que necesita disciplina, lenguaje y aprendizaje.
Propongo una alternativa: normalizar la psicoterapia como acompañamiento de las relaciones amorosas. Lejos de ser un signo de debilidad, acudir a terapia es una forma de autocuidado y de responsabilidad con el otro. Solo así las relaciones podrán dejar de ser jaulas y convertirse en espacios de libertad, de reciprocidad y de construcción mutua. Amar, en última instancia, no es poseer ni ser poseído: es aprender a vivir en común desde la dignidad de cada uno.
José Alfredo Díaz Rentería. Doctor en Salud Mental; maestro en Psicología Clínica y de la Salud; licenciado en Psicología, Filosofía y Teología.
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