‘Dios’ en la Casa Blanca

APUNTES PARA EL FUTURO
Por: Essaú LOPVI

Hay momentos en los que la política deja de disimular y se revela tal cual es: poder envuelto en fe, estrategia disfrazada de destino, decisiones humanas presentadas como mandato divino.

Las palabras de Paula White, consejera espiritual de Donald Trump, no son una anécdota pintoresca ni un exceso retórico. Son un síntoma.

“Decir no al presidente Trump es decir no a Dios”, afirma. Y en esa frase cabe una advertencia que debería incomodar incluso a quienes la aplauden. Porque cuando el poder político se asume como extensión de lo divino, desaparece el espacio para la crítica. Y sin crítica, lo que queda no es liderazgo: es dogma.

La historia está llena de ejemplos donde la religión ha sido utilizada para legitimar decisiones terrenales. No es nuevo. Lo preocupante es la naturalidad con la que hoy se acepta en democracias que, en teoría, se construyeron sobre la separación entre Iglesia y Estado. Que una figura con influencia directa en la Casa Blanca declare el poder político como “tierra santa” no es un detalle menor. Es una redefinición peligrosa del poder.

Y aquí aparece la contradicción.

Durante años, Irán ha sido señalado por Occidente como el ejemplo más claro de teocracia, de fanatismo religioso, de un sistema donde la política está subordinada a la fe. Se le acusa de mezclar religión y Estado, de justificar decisiones bajo argumentos divinos, de operar bajo una lógica espiritual que condiciona su actuar político.

Pero, ¿qué ocurre cuando ese mismo discurso aparece en el corazón de Estados Unidos?

¿En qué momento deja de ser fanatismo… y pasa a ser convicción?

La diferencia, al parecer, no está en el contenido del mensaje, sino en quién lo emite. Cuando lo hace un adversario geopolítico, se convierte en amenaza. Cuando lo hace un aliado o una figura interna, se relativiza, se minimiza o incluso se celebra.

Ese doble rasero no es nuevo, pero sí cada vez más evidente.

Hablar de “guerra espiritual” desde una posición de poder político no es inocente. Construye una narrativa donde el adversario deja de ser solo un rival político o estratégico y se transforma en enemigo moral, casi metafísico. Y cuando eso ocurre, el terreno para el diálogo desaparece. Porque no se negocia con lo que se considera maligno.

La política, entonces, deja de ser racional y se vuelve emocional, simbólica, absoluta.

Desde una perspectiva más profunda, lo que estamos viendo es la erosión de uno de los pilares más importantes de las democracias modernas: la laicidad. No como ausencia de religión, sino como equilibrio. Como un espacio donde las creencias personales no determinan las decisiones públicas. Como se hizo hace 6 mil, 5 mil 4 mil, 3 mil, 2 mil, mil y 500 años atrás, no hemos cambiado nada.

Cuando ese equilibrio se rompe, el poder se reviste de una legitimidad incuestionable. Y ahí está el verdadero riesgo.

Porque si un presidente, acusado de pedofilia y condenado por sus justicia, actúa en nombre de Dios, ¿quién puede contradecirlo sin convertirse, automáticamente, en enemigo?

La frase de Paula White no solo es provocadora. Es reveladora. Expone una lógica donde el poder no necesita justificarse con resultados, ni con argumentos, ni con evidencia. Le basta con proclamarse como parte de un plan superior.

Y eso, en cualquier sistema político, debería encender alarmas.

No se trata de negar la dimensión espiritual de las personas ni de excluir la fe del espacio público. Se trata de algo más básico: evitar que el poder político se vuelva incuestionable Porque si Dios entra a la política de esa manera, la política deja de rendir cuentas, y cuando eso ocurre, lo que queda no es fe. es poder sin límites, en manos de un loco.