CONTRA LA HISTORIA OFICIAL

CONTRA LA HISTORIA OFICIAL
Por: Noé GUERRA PIMENTEL

Este viernes 22 tuve la oportunidad de saludar a José Antonio Crespo (ahora vía zoom) y de recordar brevemente el obsequio que me hizo hará 16 años allá en el recinto legislativo del Congreso de la Unión, donde coincidimos hablando de la Revolución; panel donde expresamos puntos concurrentes, lo que nos permitió interactuar para, como testimonio, brindarme su libro recién publicado: Contra la historia oficial. Obra que, además de reseñar la vida nacional desde la Conquista hasta la Revolución, es uno de los trabajos más influyentes de divulgación histórica crítica en México.

Publicado en el contexto previo al bicentenario de la Independencia y los cien de la Revolución, el libro de Crespo propone desmontar la narrativa patriótica, la historia de bronce, construida por el Estado posrevolucionario, particularmente la difundida desde la educación pública y el discurso oficial. Su tesis sostiene que la historia nacional ha sido instrumento ideológico para legitimar proyectos políticos, exaltando personajes incuestionables e intocables y simplificando procesos.

El “legado colonial” -virreinal-, sección con la que abre, representa una de las polémicas. Crespo cuestiona la visión maniquea de la conquista y del Virreinato, reivindicando figuras como Cortés y subrayando que nuestra identidad nacional se formó en el virreinato. Critica el nacionalismo indigenista pues reduce la historia a “buenos, indígenas” contra “malos, españoles”. En ello concuerda con quienes ven pobre la versión victimista. Sin embargo, el riesgo radica en que, al combatir la mitificación nacionalista, relativiza formas de dominación y violencia virreinal.

En Independencia y anarquía, Crespo tira la narrativa heroica de Hidalgo y Morelos, señalando el carácter violento y caótico del movimiento. Asimismo, reivindica a Iturbide como consumador de la Independencia y propone una lectura más compleja de Santa Anna. Esta parte es valiosa porque obliga a reconocer que la construcción del Estado mexicano estuvo marcada por contradicciones, improvisación y luchas caudillistas. Privilegia la historia política y psicológica de los personajes, dejando atrás las condiciones sociales y económicas que explican la inestabilidad del siglo XIX.

La tercera parte, Imperio y república, cuestiona la sacralización de Benito Juárez y la demonización automática del Segundo Imperio. Crespo insiste en que el juarismo fue posteriormente utilizado como mito legitimador del régimen revolucionario. El análisis resulta pertinente porque evidencia cómo todos los gobiernos mexicanos han seleccionado episodios históricos funcionales a sus intereses políticos. Sin embargo, el autor se inclinar hacia una interpretación revisionista y minimiza los riesgos reales de la intervención extranjera y del proyecto monárquico inducido por Francia.

Finalmente, en Porfiriato y revolución, revisa críticamente la narrativa revolucionaria oficial. Reconoce los avances económicos y de modernización del porfiriato, al tiempo que cuestiona la glorificación total de la Revolución. Postura que coincide con tendencias historiográficas que consideran a la Revolución como guerra civil por disputa entre élites regionales. El mérito de Crespo consiste en mostrar cómo el régimen construyó una memoria histórica funcional para justificar décadas de hegemonía política.

El libro tiene claridad narrativa, síntesis y accesibilidad para lectores no especializados. Su principal fortaleza es estimular el pensamiento crítico frente al relato oficial. No obstante, su tono provoca simplificaciones aclarativas y, en ocasiones, tendencia a la provocación más que al análisis historiográfico. Crespo sustituye parcialmente una narrativa oficial por otra igualmente ideológica, aunque orientada hacia valores liberales y democráticos.

Sí recomiendo la obra, pero como lectura introductoria para debatir la enseñanza tradicional de la historia nacionalista y abrir la discusión sobre memoria, identidad y usos políticos. No como verdad definitiva, sino como trabajo complementario al de historiadores como: León-Portilla, Florescano, O’Gorman, Katz o Krauze. La mayor virtud de Crespo no es el reemplazo del dicho oficial, sino el de demostrar que toda historia nacional es una disputa por imponer la interpretación propia.