El pez sin el agua
Por: Rubén Pérez Anguiano*
En algunos momentos estelares los jóvenes tomaron el poder, a veces para bien, otras para mal, pero en todos los casos dejando una huella significativa en la historia. Es el caso de los “barbudos” que acompañaron a Fidel Castro en la revolución cubana, pero tenemos algunos ejemplos previos.
Fue así en la conquista del mundo conocido impulsada por Alejandro Magno. Este Alejandro, el más grande de todos, tomó el vacilante trono a la muerte de su padre, el no menos destacado Filipo. Jóvenes de su generación le acompañaron en la construcción del nuevo centro de poder Macedonio y heredaron fragmentos de su imperio. Se recuerda, entre otros, a Ptolomeo, Casandro, Seleuco y Demetrio.
Otros jóvenes, en los locos años veinte, se apropiaron salvajemente de la tradicional mafia siciliana en Nueva York y de otras ciudades, bajo el liderazgo de un joven inmigrante llamado Salvatore Lucania, que pasaría a la historia como “Lucky” (Suertudo o Afortunado) Luciano. Le acompañarían, entre otros, Frank Costello, Meyer Lansky y Benjamín “Bugsy” Siegel (el famoso “creador” de Las Vegas).
Por su parte, los jóvenes revolucionarios cubanos eran una colección de pasiones y talentos: abogados, médicos, poetas, compositores… Algunos tenían un verbo apasionado y un gran liderazgo, como Fidel; otros una gran capacidad de reflexión, como “El Ché” y otros más una actitud jovial combinada con la efectividad en el combate, como Camilo Cienfuegos. Por allí andaba, también, Raúl Castro, con su eterna cara de niño, siempre listo para la acción y con capacidad para la organización política.
Estos jóvenes lograron algo extraordinario: derrocaron a la dictadura de Fulgencio Batista y comenzaron un gobierno que, en sus inicios parecía una utopía hecha realidad. Fueron por años una inspiración para la juventud de América Latina y hasta del mundo.
Por desgracia, el balance de su obra es aterrador.
Estos jóvenes triunfaron y derrocaron una dictadura, pero terminaron erigiendo otra, más duradera y quizás más terrible que la precedente.
Erigieron una fórmula de poder apartada de la democracia y el republicanismo, para terminar con un mando personal y de grupo.
Lograron algunos cambios importantes en su país, cierto, pero el balance final es de miseria para su pueblo, ese pueblo que tanto llenó y sigue llenando sus discursos.
Se dice que sus mayores logros están en lo educativo. Sus jóvenes estudiantes son afamados en algunas materias, como el arte y la medicina, pero ese logro palidece frente a la carencia de oportunidades. La diáspora cubana es abundante: quien desea ejercer a plenitud sus talentos y ambiciones debe salir de la isla.
El proyecto de la revolución cubana, como lo fue la de Nicaragua, es un fracaso y el saldo frente a la historia de ese puñado de jóvenes idealistas es, por desgracia, lamentable.
*Rubén Pérez Anguiano, colimense de 57 años, fue secretario de Cultura, Desarrollo Social y General de Gobierno en cuatro administraciones estatales. Ganó certámenes nacionales de oratoria, artículo de fondo y ensayo. Fue Mención Honorífica del Premio Nacional de la Juventud en 1987. Tiene publicaciones antológicas de literatura policíaca y letras colimenses, así como un libro de aforismos.



















