Cuando perder no sabe tan amargo

Lo que la derrota de México ante Inglaterra nos enseña sobre la justicia y la frustración
Por: César Augusto GARCÍA AVITIA

El pasado domingo, la selección mexicana cayó ante Inglaterra en un partido decisivo de la Copa Mundial de Futbol.

La derrota dolió porque el equipo llegaba con una trayectoria que había despertado una enorme ilusión: había terminado invicto la fase de grupos y había superado con éxito los dieciseisavos de final, demostrando un nivel competitivo que alimentó las expectativas de la afición. Muchas y muchos comenzaron a creer que era posible seguir avanzando e incluso soñar con una actuación histórica.

Sin embargo, a pesar de la eliminación, la reacción general fue diferente a la que suele observarse tras otros fracasos deportivos. Más que enojo o desilusión, predominó el orgullo. Muchas y muchos aficionados coinciden en que el equipo «dejó todo en la cancha», compitió con dignidad y enfrentó de tú a tú a una de las selecciones más poderosas del mundo. ¿Por qué una derrota puede generar menos frustración que otras? La respuesta se encuentra, en parte, en la forma en que interpretamos moralmente los acontecimientos.

Desde la psicología, las emociones no dependen únicamente de lo que sucede, sino de cómo evaluamos lo que sucede. Estas evaluaciones, conocidas como valoraciones cognitivas, incluyen también componentes morales. Uno de los más importantes es el juicio de justicia o injusticia. Las personas tendemos a preguntarnos si un resultado fue merecido, si el esfuerzo fue suficiente o si las reglas fueron respetadas. Estas interpretaciones modifican profundamente la intensidad de nuestras emociones.

La frustración aparece cuando existe una distancia entre lo que esperábamos y lo que realmente ocurrió. En este caso, las expectativas eran altas debido al desempeño previo del equipo. Sin embargo, no todas las frustraciones son iguales. Cuando percibimos que un resultado negativo fue consecuencia de la falta de esfuerzo, la negligencia o la indiferencia, es común experimentar enojo, decepción e incluso sentimientos de traición. En cambio, cuando consideramos que alguien hizo todo lo que estaba a su alcance, la frustración suele disminuir y deja espacio para emociones como la admiración, el respeto o la esperanza.

En el caso de la selección mexicana, muchas personas percibieron que existió un equilibrio entre las capacidades reales del equipo y el esfuerzo desplegado durante el encuentro. Inglaterra era considerada una selección favorita por su historia, profundidad de plantilla y nivel competitivo. Bajo ese contexto, perder no fue interpretado como un fracaso vergonzoso, sino como el desenlace de una competencia enfrentada con valentía y compromiso. El juicio moral predominante fue que el resultado había sido «justo» dadas las circunstancias, pero también que la selección de México había competido con honor.

Este fenómeno no se limita al deporte. También ocurre en la vida cotidiana. En el trabajo, aceptamos mejor un ascenso que obtiene un compañero cuando consideramos que se lo ganó con esfuerzo. En la escuela, una calificación baja genera menos malestar si reconocemos que no estudiamos lo suficiente que si creemos haber sido evaluados injustamente. Incluso en la familia, las decisiones de madres y padres son mejor aceptadas por hijas e hijos cuando las perciben como razonables y equitativas.

Esto ofrece una enseñanza importante: nuestras emociones no dependen únicamente de los hechos, sino del significado que les atribuimos. Enseñar a niñas, niños y adolescentes a evaluar las situaciones con objetividad, reconocer el valor del esfuerzo y distinguir entre un resultado adverso y una injusticia contribuye al desarrollo de la tolerancia a la frustración y de la resiliencia.

 

César Augusto García Avitia
Profesor Investigador de Tiempo Completo de la Facultad de Psicología de la Universidad de Colima.
Licenciado en Psicología, Maestro en Psicología Aplicada, Maestro en Bioética y Doctor en Psicología.
Contacto: garciaavitia@ucol.mx