ARCA
Por: Juan Carlos RECINOS
“Blanca, la paloma” de Alberto Llanes, parece, al comienzo, un cuento ligero, casi juguetón, de respiración oral y humor coloquial; pero muy pronto se revela como algo más hondo: una pequeña fábula sobre la herida, la dignidad y la necesidad de ser amado sin condiciones.
Bajo su tono travieso y socarrón, Alberto Llanes construye una historia de exclusión y de reparación afectiva que termina rozando, con verdadera delicadeza, la tragedia. El cuento convierte a una paloma coja en el centro moral de un mundo entero, y esa elección es ya una declaración poética: poner en el corazón del relato a quien suele ser marginado, vuelto paisaje o desperdicio, y devolverle una interioridad plena.
Lo primero que sorprende es que la historia no trabaja la diferencia de Blanca como simple rasgo externo, sino como destino emocional. Su patita mal desarrollada no sólo la distingue: la expone. La vuelve visible para la crueldad de los otros e invisible para la comunidad afectiva a la que debería pertenecer. Que sus propios hermanos la aparten vuelve más dolorosa la herida, porque el rechazo no viene del enemigo sino del primer círculo del amor. El cuento entiende algo esencial: las primeras violencias no suelen ser espectaculares; son pequeñas expulsiones cotidianas, gestos mínimos de desdén, silencios, risitas, apartamientos. Y justamente por eso duelen más. Blanca no nace únicamente con una carencia física; nace, sobre todo, bajo la amenaza de que esa carencia sea convertida por los otros en definición total de su ser.
Sin embargo, el relato no cae en el sentimentalismo fácil. Su mayor virtud consiste en no presentar a Blanca como una criatura pasiva hecha sólo para despertar compasión. Al contrario: la vemos temer, dudar, esconderse, imaginar el rechazo, pero también pensar, elegir, volver, arriesgarse. Su trayecto es interior antes que argumental. Lo decisivo no es que encuentre dos pretendientes ni que salga de la catedral al valle, sino que aprenda lentamente a no mirarse con los ojos de quienes la despreciaron. La conversación con la madre es, en este sentido, el núcleo ético del cuento: ahí aparece una pedagogía del amor propio que jamás suena doctrinaria, porque brota de la ternura y de la experiencia. La madre no le promete un mundo justo; le enseña algo más difícil y más verdadero: que su valor no depende de la aceptación ajena.
Hay además en el texto una operación muy hermosa: la ciudad de Colima deja de ser mero escenario y se vuelve una geografía moral. La catedral, el andador, la fuente, la calle Belisario Domínguez, la casona abandonada, el valle, la silla de ruedas de la mujer que alimenta a las palomas: todo eso compone un mapa sentimental. El cuento mira la ciudad desde abajo y desde el vuelo. La mira a ras del animal humilde y la eleva, al mismo tiempo, a una dimensión casi mítica. Esa doble perspectiva le da al relato un encanto especial: Colima aparece como espacio concreto, reconocible, localísimo, pero también como una comarca universal donde se juegan los grandes asuntos humanos: la pertenencia, el deseo, la traición, la lealtad, el miedo, la muerte. El relato infantil se vuelve así una forma de elegía urbana.
Otro acierto notable es el tono. Llanes apuesta por una prosa juguetona, desparpajada, llena de desvíos, digresiones, bromas, guiños populares, referencias al cine mexicano, a la televisión, a la cultura de barrio. Ese tono podría haber roto la unidad del relato, pero sucede lo contrario: lo salva de la solemnidad y le da una respiración vivísima. El humor aquí no debilita el dolor; lo vuelve más punzante. Nos hace bajar la guardia para que luego el golpe afectivo llegue con más fuerza. La tragicomedia funciona precisamente porque la risa nunca cancela la herida: la bordea, la acompaña, la hace más humana. En este cuento, el humor no es frivolidad sino defensa contra la dureza del mundo.
La intertextualidad con Dos tipos de cuidado es, en ese sentido, mucho más que un adorno simpático. El duelo entre Jorge “Bueno” Negrete y Pedro “Malo” Infante introduce en clave paródica un imaginario amoroso masculino: el cortejo como competencia, la galantería como exhibición, la rivalidad como espectáculo. Blanca comprende, antes de entregarse, que ese teatro del macho puede traer consigo una nueva forma de daño. Su intuición es profunda: muchas veces la mujer —o, en este caso, la figura feminizada y vulnerable— queda atrapada no en el amor sino en la representación del amor que los otros montan ante ella. El cuento se permite burlarse de esa teatralidad, pero también la desenmascara. Bueno y Malo tienen encanto, sí, pero también inmadurez, frivolidad, incapacidad de sostener una lealtad. Blanca termina siendo moralmente superior a ambos.
Y aquí aparece uno de los movimientos más finos del relato: Blanca no es engrandecida porque sea “pura” en un sentido simplista, sino porque, incluso después de haber sido relegada, conserva la capacidad de actuar con nobleza. Cuando vuelve para rescatar a Bueno y Malo de la jaula, el cuento da un salto de estatura moral. La víctima se convierte en salvadora. Quien fue apartada por su defecto físico es la única que posee la entereza necesaria para arriesgarse por otros. Ese gesto resignifica toda la historia: la diferencia corporal, que parecía condenarla a la debilidad, queda desmentida por una fuerza interior extraordinaria. Blanca no vence a pesar de su herida, sino desde una forma de sensibilidad que la herida misma ha profundizado.
Por eso el final resulta tan conmovedor. No se trata sólo de la muerte de un personaje querido; se trata de la consagración de una figura. Blanca muere después de haber realizado el acto más alto del cuento: salvar a quienes no supieron amarla bien. Su muerte, entonces, no es castigo ni simple melodrama: tiene algo sacrificial, algo de ofrenda. Pero el relato es demasiado inteligente para convertirla en santita edulcorada. La escena conserva una materialidad concreta —la sangre, el calor, el suelo, el nido, el cuerpo cubierto por ramitas— que impide toda idealización blandengue. La muerte duele precisamente porque sigue perteneciendo al mundo de la intemperie, del polvo, del abandono urbano. Blanca asciende simbólicamente, sí, pero no deja nunca de ser una paloma vulnerable en una ciudad real.
Hay también, me parece, una veta secreta que vuelve el cuento especialmente valioso: su reflexión sobre la discapacidad y la dignidad no se formula desde el discurso abstracto, sino desde la encarnación narrativa. Blanca no “representa un tema”; Blanca vive. Y al vivir, obliga al lector a revisar sus propios hábitos de percepción. El cuento no pide lástima: pide una forma más alta de atención. Nos invita a mirar de nuevo a quien cojea, a quien queda al margen, a quien suele ser reducido a su carencia. Esa invitación ética está sostenida por una imaginación literaria auténtica, no por una moraleja escolar. Allí radica una de sus mayores bellezas.
También es notable que el relato, siendo accesible para lectores jóvenes, no les mienta sobre la vida. No les ofrece un universo donde todo se corrige y toda herida se compensa. Hay rechazo, abandono, oportunismo, violencia, delincuencia, encierro, muerte. Y, sin embargo, el cuento no es oscuro en el mal sentido. Su luz proviene de otra parte: de la posibilidad de la bondad, de la ternura materna, de la compasión de la mujer que alimenta a las palomas, del vínculo libre con el humano del valle, de la lealtad tardía de Bueno y Malo, del descubrimiento final de que la belleza de Blanca nunca estuvo anulada por su imperfección. Es un cuento triste, sí, pero no desesperado. Su tristeza está atravesada por una piedad genuina.
En el fondo, “Blanca, la paloma” cuenta una verdad que la gran literatura conoce bien: que a veces los seres más heridos son también los más luminosos. Blanca no conquista el centro por poder, por fuerza o por prestigio, sino por calidad de alma. El cuento la vuelve inolvidable porque en ella coinciden fragilidad y grandeza, comicidad y pathos, inocencia y coraje. Y al hacerlo, Alberto Llanes consigue algo nada menor: que una paloma del centro de Colima cargue, por unas páginas, con el peso entero de lo humano. Ese es el milagro discreto del relato. Empieza como una travesura verbal y termina como una elegía de la empatía. Uno sale de él conmovido, pero también corregido: mirando distinto a los otros, y acaso mirándose distinto a sí mismo.


















