La felicidad se nos va de las manos y aulas

FRASES DE ORO // La felicidad se nos va de las manos y aulas

Por Jorge Orozco Sanmiguel*

Existe un problema frecuente en nuestra época: queremos respuestas inmediatas para preguntas que ni siquiera hemos aprendido a formular correctamente. Y eso, filosóficamente, es grave. Porque una pregunta mal construida no conduce a una verdad; conduce a una ilusión.

Por ello, antes de preguntarnos si somos felices, tendríamos primero que cuestionarnos algo mucho más profundo: ¿qué es realmente la felicidad? Desde la filosofía existen múltiples respuestas, (que sí, es un tema muy complicado honestamente de responder) Para Aristóteles, la felicidad, (la eudaimonía) no era una emoción pasajera, sino la realización plena del ser humano mediante la virtud, comunidad y vida ética.

En cambio, para Friedrich Nietzsche, la felicidad no consistía en comodidad ni tranquilidad, sino en la capacidad de darle sentido al sufrimiento y transformar la existencia en voluntad creadora. Mientras tanto, Zygmunt Bauman advertía que la modernidad líquida convirtió la felicidad en un producto de consumo: algo que aparenta comprarse, mostrarse y presumirse, pero que rara vez logra sentirse.

Entonces la cuestión cambia por completo. La felicidad no parece ser únicamente una emoción individual, sino una construcción social, cultural y afectiva.

Y es aquí donde debemos detenernos: durante los últimos años nos han hecho creer desde las aulas, (sin importar el nivel educativo) que “la felicidad depende únicamente de uno mismo”. La frase parece poderosa, incluso motivadora, pero también es peligrosamente incompleta. Claro que nuestras decisiones influyen; sería absurdo negarlo.

Sin embargo, ningún ser humano existe aislado de su entorno. Somos consecuencia de contextos, afectos, vínculos, violencias, carencias y acompañamientos. Nuestra felicidad también depende de aquello que nos rodea: la familia, amistades, pareja, hijas, hijos, comunidad, espacio público y hasta la estabilidad emocional colectiva.

No es casualidad entonces que gran parte de los modelos educativos, (particularmente dentro de las escuelas privadas) potencien constantemente el “yo” como centro absoluto del éxito. Basta observar el propio lenguaje del marketing escolar: “Tú puedes”, “Sé exitoso”, “Conquista tus metas”, “Conviértete en el número uno”. El discurso parece inspirador, pero también revela una transformación cultural profunda: formar individuos competitivos antes que personas comunitarias.

El individualismo dejó de ser únicamente una conducta social; hoy es un producto pedagógico y de consumo. Antes una familia compartía una sola televisión para convivir alrededor de una historia común; ahora existen diez personas con diez pantallas distintas mirando exactamente lo mismo, pero cada una en absoluta soledad.

Es muy atinada la frase que se encuentra dentro de los primeros estatutos de los documentos básicos del Partido del Trabajo: “Debemos cambiar el yo por el nosotras y nosotros”.

La sociología lo entiende perfectamente. El ser humano es un animal profundamente relacional. Basta observar la naturaleza: muchas especies sobreviven gracias a la manada o grupo; al cuidado mutuo. Incluso existen comportamientos colectivos donde ciertos animales arriesgan su propia vida por proteger a otras y otros. No se trata de romanticismo; es una estructura biológica y social de supervivencia.

Sin embargo, el individualismo moderno rompió esa lógica. Hoy se nos enseña que todo éxito es exclusivamente meritocrático y que toda tristeza es responsabilidad individual. Hemos reducido la felicidad a productividad, dinero y autosuficiencia. Y ahí comienza una tragedia silenciosa: confundimos estabilidad económica con plenitud humana.

Por eso resultó tan interesante, (e incluso irónicamente profundo) aquel mensaje del ex presidente Andrés Manuel López Obrador cuando mencionaba que quizá era más importante medir la felicidad y la moral del pueblo que el Producto Interno Bruto. Muchos lo tomaron como ocurrencia o burla, pero el planteamiento tenía una raíz filosófica poderosa. ¿De qué sirve una economía que crece mientras las personas pierden la capacidad de sentirse vivas? ¿De qué sirve generar riqueza si desaparece el tiempo para convivir, amar, descansar o simplemente existir?

Porque una sociedad puede ser económicamente rica y emocionalmente miserable. Y tal vez ahí radica una de las mayores derrotas contemporáneas: nos enseñaron a competir antes que a convivir.

El problema incluso nace desde las raíces educativas. Durante décadas, los sistemas pedagógicos dejaron de formar comunidad para formar únicamente productividad. Las aulas perdieron parte de su función ética y humana. Se debilitó la enseñanza de principios fundamentales como la empatía, cuidado colectivo, solidaridad y responsabilidad social. Recuperar las escuelas no significa únicamente mejorar instalaciones o planes académicos; es recuperar el sentido humano de la educación.

Porque las niñas y los niños no son “el futuro de México” (como anteriormente lo escribí). Son el presente inmediato de una sociedad que ya está formando sus emociones, frustraciones y valores. Y si el presente está roto, el futuro inevitablemente también lo estará.

Pienso entonces en la película El Náufrago. El personaje principal sobrevive aislado en una isla después de un accidente aéreo. Como cualquier ser viviente, resuelve primero las necesidades básicas: comida, refugio y seguridad. Sobrevive. Pero sobrevivir no es lo mismo que vivir. Lo verdaderamente transformador ocurre cuando encuentra un balón de voleibol, dibuja accidentalmente un rostro sobre él y comienza a hablarle. En ese instante deja de ser únicamente un superviviente; vuelve a convertirse en un ser humano acompañado simbólicamente por otro. La película revela algo profundamente filosófico: necesitamos vínculos para conservar nuestra humanidad.

Por eso, si algún día alguien te pregunta si tu felicidad depende de los demás, tal vez deberías responder con orgullo que sí. Porque eso significa que todavía eres capaz de generar empatía en un mundo que constantemente intenta convertirnos en individuos desconectados. Y quizá ahí exista una pequeña esperanza: comprender que la felicidad no es una conquista solitaria, sino una experiencia compartida.

Los cambios nunca se logran en aislamiento. Las transformaciones sociales, emocionales y políticas siempre han necesitado comunidad, diálogo y acompañamiento. Tal vez entonces la tarea no sea perseguir desesperadamente la felicidad, sino reconstruir las preguntas correctas, recuperar nuestros espacios colectivos y volver a aprender algo que parecía obvio, pero olvidamos hace tiempo: nadie se salva completamente solo.

*Lingüista de profesión por la Universidad de Colima, con 12 años de experiencia dentro del ambiente político. Ha participado en campañas electorales como parte logística y estratégica de márquetin y comunicación política. Actualmente labora en departamentos de comunicación social, así como asesor de dichos temas.