CDMX.- Más que una flor ornamental, el girasol se ha consolidado como uno de los cultivos más valiosos para el campo mexicano. Gracias a su resistencia a la sequía, bajo consumo de agua y capacidad para regenerar los suelos, esta planta se ha convertido en un aliado estratégico para las y los agricultores que buscan adaptarse a los efectos de la crisis climática.
De acuerdo con la Secretaría de Agricultura y Desarrollo Rural, el girasol (Helianthus annuus), originario del continente americano, destaca por su extraordinaria capacidad de adaptación, ya que puede cultivarse desde el nivel del mar hasta zonas ubicadas a más de 2 mil 500 metros de altitud.
Uno de los datos más curiosos de esta especie es que, durante su etapa de crecimiento, sus botones florales siguen el recorrido del Sol a lo largo del día, un fenómeno conocido como heliotropismo. Sin embargo, al alcanzar la madurez, las flores permanecen orientadas hacia el este.
Aunque las primeras siembras comerciales en México comenzaron en 1969 en estados como Puebla, Guanajuato, Morelos y Zacatecas, actualmente el cultivo ha cobrado mayor relevancia por los beneficios que ofrece frente a los retos del cambio climático.
Entre sus principales ventajas destacan sus raíces profundas, capaces de encontrar humedad donde otros cultivos no sobreviven, además de requerir menos agua que muchas especies agrícolas tradicionales. Asimismo, su sistema radicular ayuda a romper la compactación del suelo, favoreciendo su recuperación y mejorando la disponibilidad de nutrientes para futuras siembras.

El girasol también representa una importante oportunidad económica, ya que prácticamente toda la planta puede aprovecharse. De sus semillas se obtiene aceite vegetal, considerado el cuarto más consumido en el mundo, además de harina y diversos ingredientes utilizados en la industria alimentaria, cosmética y de la floricultura.
Las semillas son ampliamente utilizadas como botana, en panes, galletas, ensaladas y repostería, mientras que el aceite es apreciado por su contenido de grasas poliinsaturadas, ácidos oleico y linoleico, vitamina E, hierro, magnesio, potasio y proteínas, nutrientes que contribuyen al cuidado de la salud cardiovascular.
Otro de sus grandes aportes ocurre en el ecosistema. Los extensos campos de girasol funcionan como refugio y fuente de alimento para abejas y otros insectos polinizadores, fundamentales para la producción de alimentos y la conservación de la biodiversidad.

Además de alimentar a las personas, el girasol sirve como forraje para el ganado y ayuda a restaurar terrenos agrícolas degradados, convirtiéndose en un cultivo de impacto circular que beneficia tanto al medio ambiente como a la economía rural.
Con estas características, el llamado «centinela dorado del campo» no solo ilumina los paisajes mexicanos, sino que también ofrece una alternativa sustentable para fortalecer la producción agrícola y brindar nuevas oportunidades a miles de familias productoras frente a los desafíos del clima.

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