APUNTES PARA EL FUTURO
Por: Essaú LOPVI
Durante mi vida siempre he practicado algún deporte. Futbol, Futbol Americano, Surf, Box, Trail Running, natación. Y desde la pandemia de Covid19 me concentré en correr en el cerro.
Al principio (carreras de asfalto), todo emocionaba en correr: las inscripciones, las rutas oficiales, las medallas colgadas en la pared, las fotos llegando a meta, las playeras de colores fosforescentes que terminan acumuladas en un cajón. Y sí, no tiene nada de malo. A muchos les sirve como motivación. A otros como disciplina. Incluso como una manera de sentirse parte de algo.
Pero hubo un momento en que dejé de correr contra el reloj y abandoné las carreras de asfalto para correr en el cerro, la montaña y las brechas.
Empecé a correr contra el ruido. Llega un punto en el que uno se pregunta algo muy simple: ¿realmente necesito pagar y todo ese show social para hacer algo que ya disfruto y además puedo hacerlo solo?
Y es que correr nunca fue la medalla. Nunca fue el kit del corredor ni el número pegado en el pecho.
Nunca fue levantarse a las cinco de la mañana para ir a hacer fila, estacionarse lejos, esperar el disparo de salida y terminar rodeado de gente más preocupada por subir la foto a redes que por disfrutar el camino.
Correr, cuando de verdad se vuelve parte de uno, termina siendo otra cosa.
Es silencio.
Es terapia.
Es cansancio honesto.
En mi caso y ahora, es perderse solo entre brechas, cerros, caminos de tierra, subidas y bajadas o arroyos, mientras mi cabeza por fin deja de hacer ruido. Por eso creo que muchos terminamos regresando al origen: correr solos.
Sin presión. Sin cronómetros obsesivos. Sin la necesidad de demostrarle nada a nadie.
Porque el trail en el cerro, la ruta de siempre, el amanecer fresco y el sonido de la respiración terminan teniendo mucho más valor que una bolsa desechable llena de patrocinadores y una medalla genérica que probablemente acabará olvidada.
Las carreras, muchas veces, han dejado de ser una celebración del deporte para convertirse en una industria muy lucrativa del corredor amateur y aspiracionista.
Cada fin de semana hay una nueva “experiencia”: inscripción más cara, medalla más grande, camiseta “premium”, fotografía aérea, DJ en meta y patrocinadores vendiendo la idea de que para se deportista y correr necesita forzosamente convertirse en un espectáculo.
Y no. Para mi correr puede seguir siendo algo íntimo y por qué no, salir a correr con un pequeño grupo de amigos que comparte la misma emoción por la ruta, la naturaleza y por salud mental y física. Libre. Humano.
Uno puede correr 5, 21, 40 kilómetros sin avisarle a nadie. Sin el show de salida ni de llegada, solo correr porque sí. Porque hace bien. Porque limpia la cabeza.
En estos tiempos donde todos viven desesperados por validación, correr solo sigue siendo uno de los pocos espacios donde uno todavía puede escucharse a sí mismo. Y curiosamente, cuando dejas de perseguir medallas, es cuando vuelves a recordar por qué empezaste a correr.




















