Anotaciones al Margen
Por: Salvador Alejandro OCHOA López
De pronto, me vi tentado a percibir el horizonte en la hora dorada, en el patio, en la casa, cuando se asomaba una buganvilia perfecta en su color y acobijada por el verde y sus espinas.
Así, hice análisis de la importancia de guardar calma en aquellos minutos cuando mi mente aceleró en todo segundo voraz, en palabras llanas la prisa; comprendí entonces que el paisaje, desde la observación de las plantas o vegetación actuando como entes vivos, tanto el mismísimo volcán de nuestro Estado en su estatus de coloso además de referencia en el imaginario colectivo como una plaza de un centro histórico, demuestran por sí mismos una huella indeleble en el tránsito socio – histórico de quienes habitamos esta tierra magnífica: es evidencia perenne de cómo se ha construido una civilización a través del tiempo.
Georg Simmel hablaba sobre el sentido que le imprimimos a esa fotografía viva, dinámica, real, sobre todo para entenderla desde sus fragmentos, en palabras explícitas, esto se ejecuta al tomar un pedazo o trozo de esa atmósfera natural o construida, para intentar comprender los efectos emocionales o psicológicos, incidiendo en nuestro estado de ánimo. Absolutamente (el sociólogo alemán tenía razón), naveguemos un día por la mañana en algún pueblo mágico justo en el calendario de cierta festividad o costumbre, y nos veremos inmersos en una dinámica enriquecida de colores, ideas, formas de mirar la vida, prácticas económicas, devoción religiosa o la memoria histórica y social condensada en algarabía. Podríamos significarlo cual fotografía social, en el recuerdo, o bien en una toma capturada para diseccionar cada elemento, sin embargo, no deja de ser paisaje.
Ahora bien, hablemos de la motivación impulsora por evadir el estrés o el feroz tiempo al decidir simplemente la desconexión del momento (el paisaje como terapia), casi como si fuera búsqueda de agua con vital urgencia, y de pronto, el paisaje predilecto aparece en nuestra cabeza en forma de solución a todos nuestros problemas en tal instante, generalmente lleno de satisfacción detonante de ideas para migrar, temporalmente, a un entorno natural: escapar a un bosque, río, mar, respirar aire puro, o simplemente ignorar cualquier complicación en algún lugar favorito. Allí comienza a escribirse un manuscrito compuesto de múltiples memorias: 1. La historia del lugar a visitar (qué hay allí, cuándo se funda, personajes importantes); 2. La identidad local (costumbres, tradiciones, vestimenta, gastronomía, festividades, significado religioso y prehispánico); 3. El patrimonio material e inmaterial (bellas artes, rituales, artesanías, las herencias sociales de generación en generación).
Debo inferir que el paisaje (natural, cultural e histórico) en palabras de Carl Sauer, es la condensación de los actos humanos sobre el medio natural (le carga de significado o incluso lo resignifica, dependiendo de la civilización establecida); no lo dudo, les invito a que veamos el centro histórico de Colima, con un café en mano, y disfruten de su huella histórico – antropológica cuando era parte del territorio de la villa de San Sebastián (por cierto, el siguiente año se celebrará el Quinto Centenario de su fundación: 1527 – 2027); por otro lado, Rachel y Stephen Kaplan expresaron acerca del paisaje como un restaurador cognitivo, aparece súbito en nuestra mente (intencionalmente), y “apagamos” nuestro cerebro frente al estrés. Lo anterior se vuelve un factor curioso, imaginar un paisaje también es un documento cultural e intelectual.
Lectoras, lectores, les sugiero lo siguiente: disfruten del entorno social, histórico, geográfico y natural que más les guste, pero sobre todo, generen conexiones emocionales además de racionales, sincronizadas en el momento, para escuchar en el silencio, la voz de paisajes.















