“Yo Claudio”
Por: Esteban HERRERA UGARTE
En la historia del poder hay momentos en que gobernar no es cuestión de eficacia o de eficiencia, sino de demostrar quién decide realmente.
Algo parecido ocurrió con el Emperador romano Claudio, quien llegó al trono entre dudas, intrigas y la sospecha constante de que otros gobernaban por él.
Hoy, en medio de tensiones políticas y señales de desgaste interno, la presidenta Claudia Sheinbaum enfrenta un dilema similar: no el de llegar al poder… sino el de ejercerlo con claridad, autonomía y rumbo propio.
“Yo Claudio” fue una obra teatral que vi en mi niñez en el Teatro del IMSS de la Unidad Independencia. Debo confesar que en mi parvulez, de esa obra no entendí ni me acuerdo de nada. Sólo el título me quedó grabado. Tres décadas después me topé en la FIL de Guadalajara con “Yo Claudio”, la obra literaria de Robert Graves que inspiró aquella obra de teatro.
El emperador Claudio era el típico al que nadie apostaba: tartamudo, cojo y subestimado en la Roma imperial. Y cuando nadie lo esperaba, terminó siendo emperador.
Claudio gobernaba, pero al inicio de su mandato muchos creían que otros decidían por él y estuvo rodeado de sospechas y una percepción de debilidad, pero terminó demostrando que podía gobernar con eficacia a través de decisiones concretas. Hoy la presidenta Claudia Sheinbaum enfrenta un entorno similar cargado de cuestionamientos y presiones políticas.
El caso de las extradiciones solicitadas por el Gobierno de los Estados Unidos, y que involucran a actores relevantes del actual régimen, coloca a la presidenta Claudia Sheinbaum y a su partido, frente a un dilema clásico del poder: proteger a los propios o marcar distancia para ganar credibilidad.
La sobreprotección en política suele leerse como debilidad… o peor aún, como complicidad. Ahí es donde la historia de Claudio vuelve a cobrar sentido: no basta con gobernar bien, hay que demostrar que se tiene el control del entorno y la capacidad de corregir excesos internos.
Si Claudia decide actuar con firmeza —aunque implique costos políticos inmediatos al movimiento al que pertenece— puede transitar de la percepción de dependencia a la consolidación de liderazgo entre propios y extraños. Porque, como Claudio, no se trata de cómo llegó al poder, sino de si es capaz de ejercerlo sin que otros parezcan hacerlo por ella.
Ojalá que Claudia no pase de un Claudio romano a una tragedia griega protagonizada por Edipo, (y no precisamente por la relación que tuvo con su progenitora); y ojalá tampoco de Roma y de Grecia, terminemos en las nostálgicas carpas del México de mediados del siglo pasado, que eran cobijo para sátiros de la política como el “Palillo” o “Cantinflas”. Porque entre el Imperio romano y la carpa hay una diferencia fundamental: en uno se gobernaba para hacer historia… y en la otra, se hacía historia para que alguien más la contara riéndose
Antes, cuando el poder se desbordaba, no había conferencias mañaneras que lo explicaran… había carpas que lo exhibían.
Por el bien de México, ojalá que la titular del Ejecutivo no tenga que comprobarlo en carne propia, pasando de un “Yo Claudio” romano que sorprendió gobernando, a un “Yo Claudia” de carpa donde “El Respetable” no solo no aplaudía, sino abucheaba y sacaba del escenario a quien había tenido una mala actuación … y no faltó el exigente público (de aquél entonces) que al mal comediante hasta a jitomatazos bajó del escenario.




















