POEMA DE AMOROSA RAÍZ

ARCA
Por: Juan Carlos RECINOS

Hay poemas de amor que celebran un encuentro, otros que lamentan una pérdida, otros que convierten la pasión en memoria o en herida. “Poema de amorosa raíz” de Alí Chumacero pertenece a una estirpe más rara y más alta: no cuenta una historia amorosa, sino que la sitúa en una zona anterior a toda historia.
Su materia no es el episodio sino el origen. Y, sin embargo, no es un poema filosófico en el sentido seco del término; su especulación está encarnada en imágenes, en cadencias, en una respiración verbal que avanza por retiradas sucesivas. Lo que se va retirando es el mundo. Lo que permanece, al final, es la pareja. Por eso puede leerse, con plena justicia, como uno de los grandes cantos de amor de la poesía en lengua española: no por el énfasis sentimental, sino por la magnitud y la precisión con que convierte el amor en principio.

Desde el primer verso, Chumacero elige una estrategia de máxima ambición. No parte del yo, ni del cuerpo, ni del recuerdo, sino de una escena de creación en negativo: “Antes que el viento fuera mar volcado”. El verso no describe un paisaje ya formado; descompone la posibilidad misma del paisaje. Cada elemento aparece como potencia, como realidad aún no cuajada, como materia en estado larvario. La noche todavía no se ciñe “su vestido de luto”; las estrellas y la luna aún no fijan sobre el cielo “la albura de sus cuerpos”. El poema no contempla el cosmos: lo sorprende antes de su comparecencia. Ese gesto es decisivo, porque desplaza el poema amoroso fuera de la experiencia biográfica y lo instala en una zona de anterioridad radical donde el mundo no es el marco de los amantes, sino aquello que llega después de ellos.

Esa grandeza, además, no se construye con estridencia. El poema trabaja con una sintaxis sobria, de períodos amplios y claros, sostenidos por una anáfora insistente: “Antes que…”, “Cuando aún no…”, “antes, antes, muy antes”. La repetición no cumple aquí una función ornamental; funciona como instrumento de excavación. Cada estrofa cava más hondo en la anterior. Primero se suspenden los fenómenos cósmicos; luego las oposiciones fundamentales —luz, sombra—; después la montaña y la elevación simbólica de sus “almas”; más tarde, la esperanza, los ángeles, el agua; finalmente, las sendas, las flores y hasta la distribución de los colores en las cosas. El poema no desmantela sólo el mundo físico: desmonta también el espiritual, el imaginario y el perceptivo. Va retirando, una a una, las condiciones de posibilidad de la experiencia, como si buscara una desnudez anterior incluso al lenguaje.

En ese descenso, hay un verso decisivo, uno de esos versos que sostienen por sí solos la memoria de un poema: “cuando el agua no estaba ni en la ciencia de Dios”. La fuerza de la línea proviene, entre otras cosas, de su extrañeza. En una dicción de visible impulso lírico, irrumpe una formulación casi conceptual, “ciencia de Dios”, que introduce una frialdad metafísica y ensancha de inmediato la hipérbole. Ya no se afirma únicamente un “antes de la creación”, sino un antes del saber de la creación, un antes de la inteligibilidad misma. El amor no precede sólo a las cosas: precede a su idea. El verso roza lo imposible, pero no se rompe, porque el poema ha preparado ese salto con una lógica rigurosa de retroceso: cada estrofa exige ir más atrás que la anterior, hasta que el lenguaje alcanza un límite donde casi ya no puede avanzar sin abolirse.

Y, sin embargo, el poema no se pierde en su propia altura. Uno de sus mayores aciertos es la manera en que, después de convocar esa escala cosmogónica, desciende a una materialidad mínima: “flores”, “sendas”, “hormigas”. Ese paso hacia lo pequeño salva al texto de una sublimidad uniforme. El origen no se juega sólo en astros, montañas y ángeles; también en el detalle terrestre, en la textura humilde de lo creado. Y en esa zona aparece una observación finísima: antes del mundo faltan las cosas, sí, pero también faltan sus cualidades, su reparto sensible, la gramática de la percepción. “Cuando azul no era el cielo ni rojas las hormigas” significa que todavía no había orden cromático, todavía no había una lengua adherida a las cosas. Chumacero sugiere, con una audacia serena, que el amor antecede incluso al momento en que el mundo puede ser nombrado.

Por eso el verso final posee una potencia que no depende del énfasis, sino de la exactitud: “ya éramos tú y yo”. Importa mucho que el poema no diga “ya nos amábamos”. Ese verbo habría subrayado un estado afectivo. Chumacero elige “éramos”, y con ello desplaza el acento del sentimiento al ser. El amor deja de presentarse como emoción para aparecer como forma ontológica de la relación. No se trata de una pasión proyectada hacia el infinito, sino de una co-pertenencia originaria que precede a toda cronología. La última línea no remata una exaltación: revela un estatuto.

Pero esa anterioridad no se formula como fusión indistinta. El poema no disuelve a los amantes en una unidad nebulosa; dice, con una precisión admirable, “tú y yo”. La conjunción final preserva la dualidad en el mismo acto en que la vuelve originaria. Ahí reside una de las delicadezas mayores de este gran canto amoroso: lo primero no es el Uno, sino la relación. La intimidad no anula la alteridad; la necesita. Lo primordial no es la absorción del otro por el yo, sino la simultaneidad de dos presencias que se reconocen. En un poema de ambición absoluta, esa fidelidad a la diferencia le impide caer en una mística indiferenciada y le da una verdad más ardua, más humana.

También la música contribuye a esa verdad. Las estrofas avanzan con períodos amplios, pero cada una se recoge en un remate de concentración: “la albura de sus cuerpos”, “tiempo antes que el principio”, “antes, antes, muy antes”, hasta desembocar en “ya éramos tú y yo”. Esos cierres funcionan como núcleos de presión: detienen la expansión, condensan el sentido, fijan una estación en el retroceso. Gracias a ellos, el poema respira; no se derrama en una continuidad declamatoria. Hay solemnidad, sí, pero una solemnidad modulada, gobernada por la disciplina del ritmo. La altura del tema no se sostiene en el tono alto por sí mismo, sino en la exacta administración de pausas, reiteraciones y remates.

En última instancia, “Poema de amorosa raíz” logra algo infrecuente y memorable: toma la lengua de los orígenes y la vuelve íntima sin rebajarla, la vuelve amorosa sin trivializarla. No se limita a declarar que el amor “es eterno”, fórmula gastada por el uso; inventa una escena verbal en la que esa eternidad se vuelve pensable. Para ello desmonta el universo, suspende sus elementos, borra incluso sus colores, y sólo entonces deja aparecer la evidencia final. Esa evidencia no tiene la forma de una doctrina ni de una abstracción, sino de una certidumbre amorosa dicha con una simplicidad desarmante: antes de todo, ya estaban el tú y el yo.

Por eso el poema no engrandece el amor por comparación con el mundo; hace algo más radical: sugiere que el mundo mismo llega tarde. Y en esa inversión —tan audaz como rigurosamente construida— reside la razón profunda por la que el texto de Alí Chumacero sigue siendo, con plena vigencia, uno de los grandes cantos de amor de nuestra tradición.

POEMA DE AMOROSA RAÍZ

Antes que el viento fuera mar volcado,
que la noche se unciera su vestido de luto
y que estrellas y luna fincaran sobre el cielo
la albura de sus cuerpos.

Antes que luz, que sombra y que montaña
miraran levantarse las almas de sus cúspides;
primero que algo fuera flotando bajo el aire;
tiempo antes que el principio.

Cuando aún no nacía la esperanza
ni vagaban los ángeles en su firme blancura;
cuando el agua no estaba ni en la ciencia de Dios;
antes, antes, muy antes.

Cuando aún no había flores en las sendas
porque las sendas no eran ni las flores estaban;
cuando azul no era el cielo ni rojas las hormigas,
ya éramos tú y yo.