Taxco: La Sombra de la Barbarie en un Estado Ausente

APUNTES PARA EL FUTURO
Por: Essaú LOPVI

México bárbaro. Duele decirlo, pero lo que sucedió ayer en Taxco, Guerrero, ya lo veía venir.


La tragedia golpeó con furia a las calles de Taxco, dejando tras de sí un rastro de horror y desesperación que ensombrece aún más el panorama ya fúnebre de un México sumido en la barbarie, inseguridad y descomposición social.

Lo que ocurrió ayer en este pintoresco rincón del país no es solo un episodio aislado, sino un reflejo doloroso de la profunda enfermedad que carcome el país.

En el centro de esta tragedia resalta la ausencia flagrante del Estado, que debería ser el garante del orden y la justicia. Sin embargo, lo que presenciamos en Taxco fue una muestra descarnada de su debilidad, indolencia y desidia.

Ante los ojos atónitos de una sociedad desamparada, el crimen campó a sus anchas, burlándose de la autoridad inexistente, mientras los presuntos culpables eran arrastrados por la turba sedienta de venganza, sin que la mano de la Ley se alzara para detener semejante acto de barbarie.

Es difícil no sentir el peso abrumador de la desolación al contemplar los hechos de Taxco, una desolación que se extiende como una plaga por todo el territorio nacional.

¿Qué ha llevado a nuestra tierra a este abismo de desesperanza y desesperación? La respuesta, aunque dolorosa, es clara: el desprecio sistemático por el Estado de derecho.

Desde las altas esferas del poder político hasta los rincones más recónditos de la sociedad, la Ley ha sido pisoteada y vilipendiada, dejando un vacío moral que ha sido ocupado por la brutalidad y el caos.

Pero no nos equivoquemos: el desamparo de Taxco no es solo el fracaso de un gobierno local, sino el fracaso de todo un país. La responsabilidad no puede ser eludida, ni tampoco compartida.

Es hora de enfrentar la cruda realidad que nos rodea y exigir cuentas a aquellos que han permitido que la justicia se convierta en una quimera y la violencia en moneda corriente.

El trágico destino de linchamiento público de la presunta asesina de la pequeña Camila es un recordatorio escalofriante de hasta dónde puede llegar la barbarie cuando el Estado abandona su deber de proteger y servir a su pueblo.

Su muerte dentro de las paredes de una agencia del Ministerio Público es una mancha indeleble en la conciencia colectiva, un testimonio de la negligencia y la indiferencia que han permeado nuestras instituciones y antes está flagrante ausencia, los ciudadanos -sin justificar- han encontrado la ruta más compleja pero la única que les queda, hacer justicia por su propia mano.

En este escenario de caos y desesperación, es fácil perder la esperanza en la justicia y el avance social. Pero debemos resistir, alzar la voz en favor de aquellos que han sido víctimas de la violencia y la injusticia, exigiendo un cambio radical en nuestras políticas, políticos y los representantes del Estado mexicano.

Taxco arde, sí, pero también México. A la fecha tenemos 182 mil 731 mexicanos víctimas de homicidio, es ahora o nunca, debemos exigir que el Estado retome su papel y asuma las responsabilidades que le corresponden dentro de la Constitución.

Es hora de que México deje atrás su pasado bárbaro y construya un futuro basado en la justicia y el respeto por la dignidad humana. Es hora de que nos levantemos juntos y digamos, con una sola voz: ¡Nunca más! un México con un Estado irresponsable, indolente y ausente.