Mundial y T-MEC: sin Sede cuando nadie Cede
Por: Esteban HERRERA HUGARTE
En política, como en el fútbol, cada vez se encuentran más coincidencias. En 2026, Canadá, Estados Unidos y México comparten la organización del Mundial de Fútbol, al mismo tiempo, estos mismos tres países enfrentan la revisión más importante del Tratado de Libre Comercio (T-MEC) desde su entrada en vigor. Dos canchas distintas: una deportiva y otra económica, pero con una regla idéntica: para ganar juntos, primero hay que aprender a jugar juntos.
Sin embargo, basta observar el ambiente mundialista para descubrir una curiosa paradoja. Si alguien preguntara dónde está la fotografía de quienes encabezan los gobiernos de las tres naciones anfitrionas o cuáles son las acciones conjuntas que han realizado para proyectar unidad en esta sede compartida, probablemente la respuesta sería un incómodo silencio. No existe una narrativa política visible, ni una imagen institucional poderosa, ni una agenda diplomática-deportiva común, vaya, ni un logotipo, o al menos una estrategia simbólica que haga sentir al mundo que Norteamérica está organizando un solo Mundial.
El contraste resulta interesante. En 2002, cuando Corea del Sur y Japón organizaron conjuntamente la Copa del Mundo, la inauguración en Seúl contó con la presencia de las máximas autoridades de ambos gobiernos, proyectando al planeta un mensaje político de cooperación que iba mucho más allá del fútbol. No era solamente una ceremonia deportiva; era una demostración diplomática de que dos naciones con diferencias coyunturales e históricas podían presentarse como socios ante el mundo; incluso hasta el logotipo tuvo elementos conjuntos y rasgos directos de los países sede. En contrasentido, el logotipo de 2026, muestra un estilizado número, una foto de la copa y emplea una paleta puramente funcional.
Hoy Compartimos sedes, pero no necesariamente compartimos relato. Parece un Mundial repartido entre tres países, no un Mundial construido y organizado por tres países.
Y quizá ahí se encuentra una pista para entender el otro gran partido que se juega este mismo año: la revisión del T-MEC.
Mientras millones de aficionados analizan alineaciones, grupos y posibilidades mundialistas, en las mesas de negociación se discute el futuro económico de una región integrada durante décadas. Pero el ambiente tampoco parece el más favorable. Donald Trump ha insistido en diversas ocasiones que Estados Unidos no necesita de Canadá ni de México para crecer económicamente. Más allá del efecto político de esa afirmación, el mensaje es claro: uno de los integrantes del equipo parece convencido de que puede ganar el campeonato jugando solo.
Y la historia demuestra que ni el mejor delantero gana sin quien le dé el pase.
Tal vez se considere exagerado relacionar fútbol con comercio internacional. Sin embargo, ambos comparten una misma lógica: la cooperación. Ningún entrenador serio diseña una estrategia pensando únicamente en el lucimiento individual de una estrella. Los campeonatos se construyen con coordinación, sacrificios y, sobre todo, con cesiones. El mediocampista cede el balón; el delantero cede protagonismo cuando asiste; el defensa cede metros para mantener el orden. El éxito colectivo nace de combinar renuncias y aciertos individuales.
Eso mismo ocurre con los tratados internacionales. Un acuerdo comercial no consiste en que una parte gane y las otras aplaudan. Consiste en que todos obtengan beneficios suficientes para permanecer dentro del juego. Negociar es, precisamente, aprender a ceder para seguir ganando.
Quizá por eso el Mundial de 2026 esté ofreciendo una lección que trasciende la cancha. La verdadera sede no es el estadio, sino la voluntad política de construir un proyecto común. Porque organizar juntos es mucho más que repartir partidos en un calendario. El problema sería creer que basta con compartir el mapa para compartir el destino.
Y si algo enseña el fútbol es que los equipos y jugadores que no quieren ceder el balón terminar viendo el partido fuera del estadio y por televisión.
Porque, al final, cuando nadie cede, no hay sede.
















