El pez sin el agua
Por: Rubén PÉREZ ANGUIANO*
La basquetbolista Sophie Cunningham insistió en días recientes en algo que es “cuestión de sentido común”: los deportistas transgénero no deben competir en deportes femeninos. Añadió que eso resulta indispensable para brindar protección a las mujeres y las niñas. Sus expresiones dividen: por una parte, despiertan solidaridad y acuerdo, por la otra, apasionadas críticas y descalificaciones.
En realidad, eso no debería ser objeto de polémica. Un hombre, por más que se asuma como una mujer, posee características fisiológicas que lo llevan a competir con ventaja contra una mujer. Los aspectos biológicos son determinantes en toda competencia y el género lo es. Un cambio de orientación de género (mental y cultural) no elimina las ventajas. Lo correcto, en todo caso, sería que un hombre que se asume como mujer compita con otros hombres que también se asumen así y listo, pero los seres humanos somos complicados y las cosas no pueden resolverse tan fácil.
Así, en los últimos años, la ideología se impuso a la biología, es decir, a la realidad y se consideró sensato y justo que un hombre asumido como mujer sea considerado mujer y punto, lo que lleva el argumento a los extremos, como lo es que compita contra mujeres en todos los escenarios deportivos y no deportivos. No es la primera vez que la ideología nos ofrece estas sorpresas. A lo largo de la historia la ideología, acompañada de fanatismo, trastorna la comprensión de los hechos hasta revolverlos.
Eso suena tan absurdo que puedo predecir que en un futuro cercano nos asombrarán las posiciones radicales de nuestro tiempo, pero bueno, aún no llegamos a ese futuro y actualmente la moneda sigue en el aire.
Pocos se atreven a discutir estos temas porque están muy cercanos a la frontera de lo prohibido y cualquiera puede ser acusado de intolerante, tránsfobo, discriminador o algo peor. Por ello, la mayor parte de los analistas hacen como que no ven y siguen adelante evitando toda discusión incómoda. No obstante, lo incómodo debe ser discutido, pues es la única forma de llegar a conclusiones que sirvan al presente y al futuro.
Desde cierta perspectiva, validada por diferentes enfoques jurídicos, deben existir garantías para la autodeterminación personal como un derecho inherente a la dignidad de la persona. Creo que pocos podrían estar en contra de ello. Es decir, si una persona se asume con un género distinto al de su sexo al nacer —modificando conductas, pensamientos y características— debe ser respetado con esa identidad. Hasta allí todo parece llegar a un consenso, quizás problemático y digno de discusión, pero consenso al fin. El problema surge cuando ese argumento se extiende y comprende todas las posibilidades de ejercicio de ese derecho, como puede ser la competencia de un hombre (asumido como mujer) con otras mujeres.
El caso es que Sophie Cunningham apeló al sentido común, pero ese dichoso sentido parece ser muy poco común, sobre todo en momentos donde la discusión sobrepasa lo que es y se instala en el amorfo territorio de lo que puede ser o lo que deseamos que sea.
*Rubén Pérez Anguiano, colimense de 58 años, fue secretario de Cultura, Desarrollo Social y General de Gobierno en cuatro administraciones estatales. Ganó certámenes nacionales de oratoria, artículo de fondo y ensayo. Fue Mención Honorífica del Premio Nacional de la Juventud en 1987. Tiene publicaciones antológicas de literatura policíaca y letras colimenses, así como un libro de aforismos.

















