Frente a la historia

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Por: Rubén Pérez Anguiano*

El presidente Andrés Manuel, en su prologada etapa de aspirante y candidato presidencial, protestó de diversas formas por la intervención de los entonces presidentes y otras figuras de poder, como los gobernadores, en los procesos electorales.

La suya era una protesta legítima en esos años, pues la democracia no puede cimentarse en el uso de los mecanismos coercitivos o presupuestales de quienes representan al poder.

En algunos países donde se disfrutan de fuertes mecanismos de control institucional las declaraciones de quienes tienen el mando temporal no representan gran cosa, pues el sistema genera equilibrios que vuelven poco sustantivas ―de poco peso pues― tales opiniones frente a la decisión de los votantes. En México no es así. Las décadas de sabia desconfianza hacia las expresiones del poder obligaron a diversas previsiones, incluso declarativas, para generar las condiciones básicas de una contienda equilibrada. Esas previsiones se vieron menospreciadas en los últimos años.

Se diría que, con el historial de luchas electorales del hoy presidente, su actitud sería la de un celoso demócrata, de un cuidadoso funcionario que intentaría un legado de respeto político y electoral. Por desgracia eso no se confirmó. En realidad, el presidente Andrés Manuel parece ser el más interesado en intervenir en el proceso electoral y lo hace de muchas formas. No creo necesario reseñarlas aquí, pues están a la vista de todos y son materia cotidiana de análisis en las columnas nacionales. Sea suficiente con recordar que su principal instrumento de difusión sigue incólume a pesar de todo lo que se diga.

Los malos ejemplos son fáciles de seguir y es justo reconocer que muchas y muchos de los gobernadores afines al presidente harán lo propio: buscarán intervenir de muchas formas para garantizar que su candidata presidencial y sus candidatos locales alcancen el éxito frente a un electorado cada vez más decepcionado de lo que escucha y observa. De hecho, lo están haciendo.

Creo que, para un presidente con el historial y la propia edad del actual, su principal preocupación debería ser la historia. No la historia como un recetario de héroes y villanos, sino como un afán por dar forma al recuerdo que vendrá.

Si yo fuera el presidente, estaría concentrado en que mi paso por la historia sea el de un demócrata, de un hombre de instituciones antes que un hombre de poder. Sería la mejor contribución al futuro y la confirmación de un largo historial de luchas políticas.

Al presidente, en suma, debería preocuparle que todo lo que haga y diga en estos momentos será objeto de una cuidadosa revisión cuando ya no esté en el poder. Los historiadores podrán reunir toda la información clave para concluir si la suya fue la actitud de un demócrata o la de un presidente intervencionista, como los que él mismo denunció en su etapa opositora.

La historia dirá la última palabra.

 

*Rubén Pérez Anguiano, colimense de 55 años, fue secretario de Cultura, Desarrollo Social y General de Gobierno en cuatro administraciones estatales. Ganó certámenes nacionales de oratoria, artículo de fondo, ensayo y fue Mención Honorífica del Premio Nacional de la Juventud en 1987. Tiene publicaciones antológicas de literatura policiaca y letras colimenses, así como un libro de aforismos.