Crear, reconocer y respetar: la integridad académica como fundamento de la vida universitaria
Por: Alberto LLANES
Muchas gracias por la invitación y por la oportunidad de compartir esta mesa con la doctora Mayrén Polanco Gaytán y el doctor Juan Carlos Yáñez Velazco, con quienes seguramente encontraré puntos en común para conversar sobre un tema que, aunque a veces parece reservado a los reglamentos y a las normas institucionales, nos involucra a todos, porque somos universitarios: la integridad académica.
Seguramente tanto la doctora como el doctor serán mucho más expertos en estos temas que tienen que ver con autoría intelectual; yo sólo un escritor, que alguna vez fue joven, con la idea de sacar sus ideas, sus alocadas ideas de la cabeza y plasmarlas en pequeñas historias. Sin embargo, he aprendido sobre integridad académica porque cursé una licenciatura en letras y periodismo; posterior una maestría en Literatura Hispanoamericana, pero sobre todo he aprendido de integridad porque he publicado libros que he registrado ante Indautor, ante la SEP, o entregado a editoriales, públicas o privadas para que las pudieran publicar y me he dado cuenta de muchas cosas, a partir de ello, cosas que tiene que ver con la integridad tanto académica, como personal y profesional.
Acabo de dar una charla con los chicos/as del bachillerato 25 sobre Derechos de Autor, para proteger lo que ya está publicado y podemos tener al alcance de las manos, pero también para proteger lo que aún está en idea, que no ha surgido, pero seguro estoy surgirá de nuestras cabezas, de nuestra alma, cuerpo, mente, espíritu, qué sé yo.
Quisiera comenzar con una pregunta muy sencilla: ¿qué significa hacer nuestro un conocimiento que alguien más ha construido? Y lo pregunto porque, desde mi experiencia como editor universitario, he tenido la oportunidad de acercarme a los libros, a los manuscritos, a los autores y a los procesos que permiten que una idea se convierta en una publicación. Y en ese recorrido uno aprende algo fundamental: detrás de cada texto hay tiempo, investigación, dudas, correcciones, lecturas y, sobre todo, hay una persona que ha puesto algo de sí en aquello que escribe, crea, investiga o trabaja.
Por eso, cuando hablamos de integridad académica, no hablamos únicamente de evitar el plagio o de cumplir con las reglas para citar correctamente una fuente. Hablamos de reconocer el trabajo de los demás, de actuar con honestidad intelectual y de comprender que el conocimiento no se construye en soledad, sino a partir de las aportaciones de muchas personas que nos precedieron y que hoy trabajan a nuestro lado y también sirve para proteger lo que está en incubación o que todavía no se ha creado.
En la universidad, estas consideraciones adquieren una importancia particular. No solamente estamos aquí para transmitir información, elaborar investigaciones, publicar libros o formar profesionales. También tenemos la responsabilidad de construir una comunidad en la que la honestidad, el respeto y la responsabilidad sean parte de nuestra manera cotidiana de aprender, enseñar e investigar. Y aquí quisiera detenerme en algo: ¿qué ocurre cuando un/a estudiante entrega como propio un texto que encontró en internet? ¿Qué sucede cuando un investigador/a utiliza las ideas de otra persona sin reconocer su procedencia? ¿O cuando compartimos una fotografía, reproducimos un fragmento de una obra o incorporamos materiales ajenos a un trabajo académico sin preguntarnos si tenemos derecho a hacerlo o no?, acaba de pasar en el más reciente mundial con la canción: Wonderwall de Oasis, toda una generación que no creció con esa canción, la escuchó y, prácticamente, la volvió, de nuevo, un éxito. O, todavía más reciente, Almadía dio a conocer el nombre de quien ganó el premio de novela y, a decir de mucha gente (porque yo todavía no leo esa novela), está hecha al cien por ciento con IA.
A veces pensamos que estas situaciones ocurren porque alguien quiere engañar deliberadamente. Sin embargo, también pueden surgir del desconocimiento, de la prisa, de una formación insuficiente o de una cultura que privilegia el resultado por encima del proceso. Esto no significa que debamos restar importancia a las faltas de integridad, sino que necesitamos preguntarnos cómo prevenirlas y cómo formar personas capaces de tomar mejores decisiones. Desde esa perspectiva, los derechos de autor representan una puerta de entrada para conversar sobre la integridad académica. Nos recuerdan que las ideas tienen una historia, que las obras tienen autores y que utilizar una creación ajena implica responsabilidades. Citar una fuente es importante, pero también lo es comprender que la cita no siempre sustituye la autorización necesaria para reproducir una obra y, sobre todo, lucrar con ella. Respetar la autoría supone reconocer tanto el valor intelectual de una creación como los derechos de quien la produjo. Sin todo esto, simplemente el libro escrito por Irene Vallejo, El infinito en un junco, no hubiese existido, porque ese libro, está hecho con las ideas, la historia y hasta porvenir de otras mentes, pero Irene les da crédito a todos/as y de una página a otra nos lleva de los orígenes del libro en piedra, hasta los primeros papiros o juncos, pasando por lo más moderno y hasta citando a Bono, líder del grupo U2.
Hoy, además, tenemos nuevos desafíos. La inteligencia artificial generativa puede ayudarnos a investigar, organizar información, explorar ideas y a mejorar nuestros textos. Pero también nos obliga a formular preguntas que hace unos años no tenían la misma presencia en nuestras aulas: ¿cuándo la asistencia de una herramienta se convierte en una sustitución de nuestro propio trabajo?, ¿cómo debemos transparentar su utilización?, ¿qué sucede cuando presentamos como resultado de nuestra investigación algo que no hemos revisado, comprendido, verificado o peor aún, creado nosotros/as?
Me parece que la respuesta no consiste simplemente en prohibir o permitir el uso de estas tecnologías. Necesitamos establecer criterios claros, formar chicos/as en su utilización responsable y recordar que ninguna herramienta nos exime de nuestra responsabilidad intelectual. La tecnología puede producir un texto; nosotros debemos responder por lo que entregamos, publicamos, afirmamos y compartimos.
Y es aquí donde la integridad académica deja de ser un asunto exclusivamente individual para convertirse en una responsabilidad institucional. No basta con pedirles a nuestros estudiantes que no copien si no les enseñamos a investigar, a escribir, a citar y a reconocer las fuentes. Tampoco basta con exigir honestidad a quienes comienzan su formación si quienes tenemos responsabilidades docentes, editoriales o de investigación no somos capaces de practicarlas y promoverlas. La integridad se enseña, sí, pero también se demuestra. Se construye cuando reconocemos las aportaciones de nuestros colegas, cuando respetamos el trabajo de nuestros estudiantes, cuando hacemos transparentes nuestros procedimientos y cuando entendemos que el prestigio de una institución no depende solamente de cuántos libros publica al año, cuántos artículos produce o cuántos títulos universitarios entrega, sino también de la confianza que es capaz de generar en la sociedad. Y esto es lo que semestre a semestre trata y lleva a cabo la Universidad de Colima.
Por eso, me gustaría dejar sobre la mesa una pregunta para abrir la conversación con quienes nos acompañan: ¿estamos formando estudiantes que sepan cumplir las reglas o personas que comprendan por qué vale la pena actuar con honestidad, incluso cuando nadie las está observando? Quizá ahí se encuentre uno de los mayores retos de la vida universitaria. No se trata solamente de sancionar las conductas incorrectas, sino de generar condiciones para que la integridad sea una convicción compartida y no únicamente una obligación escrita en un reglamento.
Al final, reconocer la autoría de otra persona también es reconocer su existencia, su esfuerzo y su derecho a ser nombrada. Y aprender a hacerlo es parte de nuestra formación como estudiantes, docentes, investigadores, editores y ciudadanos. Quisiera cerrar con una idea que me parece esencial: una universidad no se sostiene únicamente sobre sus aulas, sus laboratorios, sus bibliotecas o sus publicaciones. Se sostiene, sobre todo, en la confianza que existe entre quienes forman parte de ella. Y esa confianza comienza con algo que parece pequeño, pero que tiene enormes consecuencias: decir la verdad sobre lo que hacemos, reconocer de dónde proviene lo que sabemos y asumir la responsabilidad por aquello que ponemos en circulación. Porque el conocimiento puede compartirse, discutirse, transformarse y enriquecerse colectivamente. Lo que no deberíamos perder en ese proceso es la honestidad para reconocer a quienes contribuyeron a construirlo.
Muchas gracias.

















