UNA POCA DE GRACIA
Por: Carlos Alberto PÉREZ AGUILAR
El futuro no está solamente en los niños que hoy nacen; también está en los viejos que todavía están aquí.
Les voy a contar algo que pasó hace unos días. Murió un adulto mayor que, paradójicamente, a sus más de 70 años de edad era cuidado por su madre.
Cuando un hijo muere, no existe una palabra que alcance para nombrar el dolor. Perdemos a un padre, a una madre, a un hermano, a un esposo; pero cuando muere un hijo, incluso el lenguaje parece quedarse corto. Es un dolor que puede ser incomprensible, una herida contra el orden natural de la vida.
Las circunstancias de su vida —un trastorno y una enfermedad degenerativa— lo llevaron a permanecer en una cama. Su madre, cercana a los 90 años, sentía en sus manos la responsabilidad de atenderlo. No estaba sola: sus demás hijos estaban presentes y ayudaban. Pero había algo que nadie podía sustituir: su voluntad de estar ahí, día tras día, para ver a su hijo, acompañarlo y cuidar de él.
Hay historias que no solamente se cuentan: se quedan en el corazón. Y esta historia me hizo pensar en algo de lo que todavía hablamos muy poco: la cuarta edad.
Durante mucho tiempo asociamos la vejez con los 60, 65 o 70 años. Pero hoy tenemos personas de 80, 90, 95 y hasta más de 100 años con una calidad de vida que generaciones anteriores difícilmente alcanzaban. Al mismo tiempo, sus hijos pueden tener 60, 70 o incluso 75 años y seguir siendo quienes sostienen la responsabilidad familiar del cuidado.
Es una paradoja que veremos cada vez con mayor frecuencia: adultos mayores cuidando a otros adultos mayores.
Los propios abuelos suelen explicarlo con una frase sencilla: “Comíamos mejor, caminábamos más y aprendimos a ser felices con menos”. Puede haber algo de verdad, aunque la explicación es mucho más compleja. Lo cierto es que la esperanza de vida ha aumentado y la estructura de nuestra población está cambiando radicalmente.
Las cifras deberían obligarnos a mirar hacia adelante. En 2022, México tenía alrededor de 18.3 millones de personas de 60 años o más, el 14.2% de la población. Para 2070, el CONAPO proyecta 48.4 millones, que representarían 34.2% del país. Es decir, en unas décadas, uno de cada tres mexicanos será una persona mayor.
Pero no solamente tendremos más personas mayores. Tendremos también más personas en edades avanzadas, con necesidades de cuidado mucho más complejas. Y ahí está el verdadero desafío.
En La Armonía lo vemos todos los días. Cada vez tenemos más residentes, menos espacios disponibles y listas de espera más largas. Y entonces aparece una pregunta que parece sencilla, pero que puede convertirse en uno de los grandes dilemas sociales del futuro: ¿a quién debemos cuidar? ¿A la mamá de 90 años? ¿Al papá de 85? ¿O al hijo que ya llegó a los 70 y que necesita atención permanente? No existe una respuesta sencilla.
Durante años hemos utilizado palabras como “asilo”, “albergue” o “institucionalización”, y hoy existe una tendencia legítima a evitar esos conceptos porque una persona mayor no debería ser separada de su familia simplemente por haber envejecido. Pero cambiar el lenguaje no resuelve el problema. La necesidad de cuidado sigue existiendo, alguien tendrá que asumirla.
Las familias, las instituciones públicas, la iniciativa privada y las organizaciones de asistencia social debemos prepararnos desde ahora. Porque el envejecimiento no solamente traerá una mayor demanda de servicios médicos. También significará más dependencia, más necesidad de cuidadores, más gastos familiares, más conflictos entre hermanos, más mujeres abandonando empleos para cuidar a sus padres y, en los casos más dolorosos, más abandono.
Y no podemos olvidar la pobreza. En 2022, 31.1% de las personas de 65 años o más se encontraba en situación de pobreza en México: 3.9 millones de personas. Además, 37.5% tenía ingresos por debajo de la línea de pobreza por ingresos.
El problema, entonces, no es solamente cuántos adultos mayores tendremos. Es cómo queremos que vivan esos años. Porque detrás de cada cifra hay una historia: alguien que necesita ayuda para bañarse, alguien que ya no puede caminar, alguien que perdió a su pareja, alguien que vive solo, alguien cuyos hijos trabajan todo el día, alguien que pide dinero en una esquina porque su pensión no alcanza.Por eso debemos hablar del tema antes de que la realidad nos alcance.
No basta con celebrar el Día del Adulto Mayor con discursos, festivales y fotografías. Necesitamos políticas públicas de largo plazo, inversión gradual en infraestructura, formación de cuidadores, centros de día, atención gerontológica, apoyo a las familias y fortalecimiento de las instituciones que ya están haciendo esta tarea.
La asistencia privada tampoco puede seguir sosteniendo sola una responsabilidad que, por su dimensión, terminará siendo colectiva.
Desde La Armonía hacemos lo que podemos. A veces incluso un poco más de lo que podemos. Pero hay días en que tampoco es suficiente. Quizá esta historia de una madre de casi 90 años cuidando a su hijo adulto nos ayude a entenderlo.
Y la pregunta que deberíamos hacernos, como sociedad y como gobierno, no es solamente cuánto tiempo vamos a vivir. Es mucho más severa: ¿Quién cuidará de nosotros cuando nos toque envejecer?

















