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La derrota entre nosotros

El pez sin el agua
Por: Rubén Pérez Anguiano*

Celebramos el inicio de la guerra insurgente, pero olvidamos el momento del triunfo. Nuestro calendario marca la noche del 15 de septiembre con el famoso “Grito” y con un vistoso desfile el 16. Pocos recuerdan el 27 de septiembre de 1821, cuando Iturbide, un militar criollo (tan criollo como Hidalgo, Allende y muchos más), con un golpe de audacia y talento consumó la Independencia.

Se dicen muchas explicaciones sobre tal olvido, pero yo creo en una, que comparto en mis clases, charlas y conferencias: los mexicanos honramos las causas que fueron derrotadas y olvidamos o menospreciamos las maniobras triunfadoras. La derrota nos inspira heroísmo y la victoria nos despierta desconfianza. Eso se repite a lo largo de nuestra historia. Quizás por eso valoramos tanto el “esfuerzo” y olvidamos muy pronto los resultados.

Hidalgo y un puñado de criollos rebeldes inician la insurgencia, pero no lograron consumarla. Tampoco lo logrará, a pesar de todo su genio jurídico, José María Morelos, ni la audacia solidaria del español Francisco Javier Mina. Ni siquiera pudo hacerlo Guerrero, reducido a las montañas del sur hasta que llegó el militar realista y lo abrazó en Acatempan. Pero nuestras calles, plazas y escuelas están llenas de esos nombres, incluso de la famosa Corregidora, sin que incorporemos a ellas el del consumador, Agustín de Iturbide.

Algunos años después unos jóvenes, casi niños, se enfrentarán al invasor norteamericano. Fueron heroicos, sin duda, pero recordamos a quienes murieron y olvidamos a los sobrevivientes, es decir, a los que fueron solo capturados. Entre ellos tenemos en el olvido a Miramón, que estuvo allí y que después cometió el “error” de abrazar a la fe católica al punto de volverse un joven Macabeo y el líder militar de los conservadores. Moriría en el lugar de honor junto a Maximiliano y Mejía y hoy es recordado con oprobio. Quizás habría que recuperar algo de su historia.

Porfirio Díaz es menospreciado por su papel como dictador y por sus continuas reelecciones, pero el Porfiriato es una continuidad de la República Restaurada y su estilo político es similar al de Juárez. En efecto, Juárez fue maestro de Díaz al inicio, después fue su adversario y al final se convirtió en el objeto de sus más sentidos homenajes. Pero Juárez murió a tiempo y ya se conoce la vieja frase: si vives demasiado dejas de ser héroe y te conviertes en villano.

Porfirio Díaz fue un triunfador casi hasta el final, pero hoy sigue reposando en una tierra lejos de la suya porque no le perdonamos sus últimos años de persistencia en el poder y su olvido de lo social, es decir, su dictadura. Quizás lo que no le perdonamos es la victoria que lo marcó desde sus duros años de guerrillero chinaco. Merecería, creo, un poco más de equilibrio en el juicio de la historia.

Con la revolución sucede lo mismo. Recordamos a los que fueron derrotados por el huracán de las facciones en confrontación. Así, nuestras calles, escuelas y plazas ostentan los nombres de Villa, Zapata, Madero, Carranza y muchos más, pero olvidamos a quien dio el cerrojazo al periodo revolucionario y abrió otro, el del Maximato, que nos llevaría al México moderno: Plutarco Elías Calles.

Obregón se salva un poco, pero a Calles lo tenemos casi en el olvido. Claro, su obsesión anticlerical (compartida por la mayoría de los revolucionarios) provocó la Guerra Cristera y creó un partido político que le dio estabilidad a la vida nacional durante décadas, pero no es por eso lo que tenemos en la franja oscura de nuestra memoria. En realidad, nos genera desconfianza que sea un triunfador, mientras que todos los demás fueron los derrotados.

Quizás el culto a la derrota sea una parte esencial de nuestra alma. Bueno, al menos lo es, indudablemente, de nuestra cultura histórica.

 

*Rubén Pérez Anguiano, colimense de 58 años, fue secretario de Cultura, Desarrollo Social y General de Gobierno en cuatro administraciones estatales. Ganó certámenes nacionales de oratoria, artículo de fondo y ensayo. Fue Mención Honorífica del Premio Nacional de la Juventud en 1987. Tiene publicaciones antológicas de literatura policíaca y letras colimenses, así como un libro de aforismos.

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