Del Bar Social al VAR Social
Por: Esteban HERRERA UGARTE
Con el silbatazo final del Mundial no sólo terminarán las quinielas, las playeras de las selecciones y las discusiones sobre quién merecía levantar la copa. También quedan algunas enseñanzas que trascienden al fútbol. Una de ellas, quizá la más polémica, tiene apenas tres letras: VAR.
Pero antes de llegar al VAR, permítame regresar a otro lugar mucho más cercano: el Bar Social de Manzanillo.
Desde hace más de setenta años, ese rincón histórico construido por el arquitecto Fernando Parra, uno de los diseñadores del Auditorio Nacional, ha visto pasar generaciones enteras. Su legendaria barra—se presume ser única circular de granito en el país— ha sido mucho más que un mueble. Ha sido testigo de estrategias de campañas políticas, reconciliaciones, rupturas, promesas, triunfos y derrotas electorales, así como acuerdos que nunca aparecieron en las actas oficiales.
Porque, nos guste o no, en México muchas decisiones empiezan o se toman (literalmente) alrededor de una mesa antes de llegar a un escritorio, a un juzgado o a alguna tribuna parlamentaria.
Quizá por eso, que en ese lugar en el que se ha charlado tanto, reído tanto, llorado tanto, imaginado tanto, es que al terminar este Mundial, el Bar Social pudiera darme la licencia de imaginar un VAR Social.
En el fútbol, el VAR no juega, no mete goles y tampoco sustituye al árbitro. Aunque su función no es modesta, porque revisa aquellas jugadas que pueden cambiar el resultado del partido. No elimina la polémica; muchas veces la incrementa. Pero obliga a detenerse, observar la evidencia desde distintos ángulos y explicar por qué una decisión se mantiene… o se corrige.
¿No hace falta algo parecido en la vida pública?
Un VAR Social donde los ciudadanos pudiéramos revisar con el mismo detenimiento las grandes jugadas del poder: una obra multimillonaria, una concesión cuestionada, una estadística triunfalista, una declaración dudosa, una política pública que promete mucho y entrega poco. No para gobernar desde la grada, sino para exigir que quien tome las decisiones, las explique con la misma transparencia que hoy se exige en una final mundialista.
Si lleváramos la analogía hasta sus últimas consecuencias, habría que preguntarnos si México no llegó a construir, durante su transición democrática de las últimas décadas, una especie de VAR Social. Organismos autónomos, tribunales, institutos de transparencia y autoridades especializadas que nacieron precisamente para revisar aquellas decisiones públicas que, por su trascendencia, no debían depender exclusivamente del criterio de quien ostenta el poder.
Hoy, ese mecanismo de revisión atraviesa uno de sus momentos más controvertidos. Para quien las ha debilitado o eliminado, se trataban de estructuras costosas y alejadas de la ciudadanía; y para quienes las crearon y reclamamos su regreso, eran la oportunidad de crear contrapesos indispensables para limitar el poder y dotar de certeza a las decisiones del Estado.
En ese escenario, la discusión de fondo no debería ser quién controla el VAR, sino cómo fortalecer instituciones capaces de revisar, transparentar y explicar las decisiones públicas. Porque una democracia sólida no se construye cuando el árbitro deja de ser observado, sino cuando todos confían en que, si la jugada lo amerita, siempre habrá una revisión imparcial antes de validar el resultado.
Al final, quizá una de las mejores herencias de este Mundial no será quién levantó la copa, sino recordar que hasta el árbitro más experimentado tuvo que volver a mirar una jugada cuando había dudas razonables.
Sería una magnífica noticia que nuestra democracia aprendiera la lección.
Y entonces, como tantas veces ha ocurrido en el legendario Bar Social de Manzanillo, la conversación volvería a empezar. Pero esta vez, con menos rumores de cantina… y con un VAR SOCIAL con más repeticiones de cara a la ciudadanía.

















