LOS DOS PUNTOS VERDES DEL MUNDO

ARCA 
Por: Juan Carlos RECINOS 

A Jackie y Félix, con cariño.

Hacía mucho tiempo que no veía un cocuyo. Cuando era niño y viajaba con mis padres por las carreteras de Colima a Jalisco, me gustaba observar los árboles que, en medio de la noche, parecían respirar una luz verde. Desde la ventana del automóvil contemplaba aquellos destellos suspendidos entre las ramas y sentía que el bosque estaba vivo de una manera que ningún adulto conseguía explicarme.
Más de una vez le pedí a mi padre que disminuyera la velocidad para mirarlos durante unos segundos más. Él sonreía y me decía que eran escarabajos bioluminiscentes de la familia Elateridae. Yo escuchaba la explicación con respeto, pero la olvidaba enseguida. Para mí no eran insectos ni clasificaciones científicas. Eran árboles encendidos. Eran la noche aprendiendo a hablar con luz.

Pocas alegrías han sido tan puras como aquellas. No necesitaban poseerse ni repetirse. Bastaba mirar por la ventanilla y descubrir, entre la oscuridad, un árbol que parecía guardar estrellas diminutas entre sus hojas. Yo ignoraba entonces que estaba contemplando un privilegio; creía que el mundo sería siempre así, que los cocuyos permanecerían encendidos al borde de todos los caminos y que la noche conservaría intacta su capacidad de asombro. Ahora vivo en la ciudad. En lugar de carreteras oscuras veo avenidas apresuradas. Donde antes había árboles, hay muros, anuncios y concreto; donde titilaban cocuyos, parpadean semáforos. Las luces abundan, pero ninguna posee el misterio de aquella claridad verde que parecía brotar del corazón mismo de la naturaleza. Las lámparas alumbran, los escaparates deslumbran, las pantallas nos acompañan hasta el sueño; sin embargo, toda esa iluminación no consigue devolvernos la intimidad de una pequeña criatura encendiéndose en la oscuridad.

Anoche ocurrió un milagro modesto. Mientras conversaba por teléfono con un amigo, varios cocuyos se posaron sobre las orquídeas que tengo en casa. Al principio vi una luz tenue, casi imperceptible. Después apareció otra. Eran dos puntos verdes suspendidos entre las hojas, como si alguien hubiera abierto una rendija diminuta en la noche. No pude contener la emoción. Apagué las lámparas y continué hablando en la oscuridad. Apenas seguía la conversación. Mi atención estaba en aquella danza silenciosa que ocurría frente a mí. Los cocuyos se encendían y apagaban con una serenidad antigua, ajenos a mi sorpresa, como si la noche respirara lentamente sobre las flores. No necesitaban iluminar la habitación. Les bastaba con existir. Por un instante, la bioluminiscencia volvió a mi casa. Y con ella regresó intacta mi infancia.

Hay criaturas cuya grandeza no depende de su tamaño, sino de la intensidad con que nos revelan el mundo. Los cocuyos pertenecen a esa estirpe mínima y prodigiosa. No conquistan la noche: simplemente la atraviesan. No luchan contra la oscuridad: la vuelven habitable. Su luz no pretende imponerse sobre aquello que la rodea. Aparece, desaparece y vuelve a surgir unos centímetros más allá, como una palabra pronunciada en secreto. Quien ha visto un bosque iluminado por cocuyos sabe que la noche no siempre significa ausencia. A veces es una página donde la naturaleza escribe con puntos de luz. Cada destello dura apenas un instante, pero ese instante basta para transformar el paisaje. Un árbol deja de ser solamente un árbol; la espesura parece respirar; el camino adquiere una profundidad que ningún reflector podría producir. No hay ruido ni espectáculo. Todo sucede en un silencio que las ciudades han olvidado.

Los cocuyos no iluminan como una lámpara. Iluminan de una manera más antigua y más sabia. Su claridad no busca vencer la oscuridad, sino dialogar con ella. No elimina el misterio: lo vuelve visible. Tal vez por eso conmueven tanto. Nos recuerdan que la belleza no siempre necesita ocuparlo todo y que una luz verdadera puede ser pequeña sin ser insignificante. Vivimos en una época obsesionada con la claridad permanente. Mantenemos encendidas las casas, las calles, los comercios y las pantallas. Hemos convertido la noche en una prolongación artificial del día y confundido iluminar con invadir. Nos incomoda no verlo todo. Queremos expulsar la sombra, aunque al hacerlo también expulsemos a las criaturas que necesitan de ella.

El cocuyo propone otra forma de estar en el mundo: una luz discreta, suficiente y humilde. Brilla apenas lo necesario para encontrarse con otro cocuyo y continuar la vida. No desperdicia resplandor. No ilumina para exhibirse. Su fulgor tiene una razón íntima y precisa, pero a nuestros ojos adquiere una belleza que excede cualquier utilidad. En esa pequeña economía de la luz hay una lección que nuestra especie parece haber olvidado: no todo lo que existe necesita imponerse; no toda presencia requiere deslumbrar. Los cocuyos son también una medida silenciosa de la salud del planeta. Su existencia depende de condiciones delicadas: la humedad del suelo, la vegetación, la ausencia de ciertos venenos, la conservación de los espacios oscuros. Allí donde todavía aparecen, la tierra conserva algo de su respiración antigua. Su presencia anuncia que el ecosistema mantiene, aunque sea de manera frágil, una conversación entre el agua, las plantas, los insectos y la noche.

Cuando desaparezcan —ojalá que nunca— no se perderá únicamente una especie. Se interrumpirá una relación. Se apagará una señal que durante siglos ha unido la tierra con la oscuridad. Hoy nos alarman los incendios gigantescos, los ríos secos, los bosques devastados; pero pocas veces advertimos las pérdidas pequeñas. Un verano sin grillos. Un jardín sin mariposas. Una noche sin cocuyos. El empobrecimiento del mundo casi nunca ocurre de golpe. Llega lentamente, sin ceremonia, mediante ausencias que al principio parecen insignificantes: una flor que deja de abrirse, un pájaro que ya no regresa, un zumbido que desaparece del mediodía, una luz verde que no vuelve a encenderse entre los árboles. El mayor peligro quizá sea ese: acostumbrarnos.

 

Una generación recuerda bosques llenos de destellos. La siguiente alcanzará a ver unos cuantos. La tercera escuchará hablar de ellos y supondrá que pertenecían a los cuentos. Así comienza el olvido ecológico: cada generación recibe un mundo un poco más pobre y termina creyendo que siempre fue así. La pérdida se vuelve normalidad; la ausencia deja de doler porque ya nadie recuerda aquello que falta. Por eso los cocuyos pertenecen también a la memoria. No solamente a la biología. Habitan los recuerdos de quienes crecimos cerca del campo o recorrimos carreteras oscuras durante la infancia. Su luz está unida al olor de la tierra mojada, al canto de los grillos, a las ventanas abiertas, a los patios donde la oscuridad no provocaba miedo, sino curiosidad. Recordarlos es recordar una manera distinta de habitar el mundo: una época en la que todavía era posible guardar silencio frente a algo pequeño y sentir que ese silencio nos hacía más grandes.

La infancia posee esa sabiduría. Un niño no necesita preguntarse para qué sirve un cocuyo. Lo contempla. Se maravilla. Le basta con saber que está allí, suspendido en la noche, encendiéndose en silencio. Los adultos, en cambio, hemos aprendido a exigir utilidad a cuanto existe. Preguntamos qué beneficio produce una especie, qué valor económico tiene un bosque, cuánto puede rendir un río, qué provecho obtenemos de una montaña. Es una pregunta insuficiente.

Los cocuyos no necesitan justificar su existencia. Su belleza ya constituye una razón. El asombro también sostiene la vida humana. Un mundo sin criaturas capaces de sorprendernos quizá continuaría siendo funcional, pero sería espiritualmente inhabitable. Podríamos seguir construyendo carreteras, encendiendo ciudades y multiplicando objetos; sin embargo, algo esencial habría desaparecido: la posibilidad de sentir que la realidad es más profunda que nuestras necesidades. Desde tiempos remotos, los seres luminosos han sido símbolos del alma, de la esperanza y de la persistencia de la vida. No es extraño. Hay algo conmovedor en una criatura capaz de producir luz desde su propio cuerpo. Allí donde nosotros necesitamos cables, combustibles, lámparas o fuego, el cocuyo convierte la vida misma en resplandor. No lleva la luz consigo: es la luz. Tal vez por eso su presencia parece una metáfora, aunque ninguna metáfora consiga agotarla.

Un cocuyo apenas modifica la inmensidad de la noche. Su claridad no alcanza a mostrar el camino ni a revelar el rostro de quien lo contempla. Sin embargo, su pequeño fulgor impide que la oscuridad sea completa. Allí donde se enciende, aunque sea durante un segundo, la noche deja de ser absoluta. También la esperanza suele actuar de esa manera. No ilumina todo el horizonte ni resuelve de inmediato nuestras pérdidas. A veces apenas alcanza para reconocer la forma de una hoja, la cercanía de otra vida o el siguiente paso. Pero esa luz mínima puede bastar para continuar.

Cuidar a los cocuyos no exige heroísmo. Exige atención. Disminuir el uso de pesticidas, conservar los árboles, proteger los humedales, evitar la destrucción innecesaria del suelo, apagar las luces que nadie necesita. Permitir que existan lugares donde la oscuridad siga perteneciendo a la naturaleza. Porque la noche también tiene derecho a ser noche. No se trata solamente de salvar a un insecto. Se trata de preservar las condiciones que hacen posible su existencia y, con ellas, nuestra capacidad de convivir con lo que no fue creado para servirnos. Cada especie que protegemos nos obliga a reconocer un límite: el mundo no comenzó con nosotros ni terminará legítimamente en nuestras manos. Anoche, mientras observaba los cocuyos sobre las orquídeas, comprendí que no eran únicamente ellos quienes habían regresado a mi casa. También había vuelto el niño que le pedía a su padre disminuir la velocidad para contemplar los árboles encendidos. Habían regresado la paciencia, el silencio y aquella forma de asombro que la vida adulta va cubriendo con prisa.

Durante unos minutos no pensé en el tiempo perdido ni en los caminos que ya no existen. No intenté fotografiarlos ni convertirlos en espectáculo. Me limité a mirar. Los dos puntos verdes aparecían y desaparecían entre las flores. Cada destello parecía decir que el mundo todavía conserva secretos que no hemos destruido, pequeñas regiones de belleza que sobreviven lejos de nuestra voluntad. Comprendí entonces que el equilibrio del planeta nunca depende solamente de las cosas grandes. También se sostiene en aquello que casi nadie mira: un insecto que sobrevive, un árbol que permanece en pie, un río que continúa corriendo, una semilla que germina bajo la tierra, un niño que todavía puede maravillarse.

Mientras existan cocuyos, la noche conservará una escritura secreta. Y mientras seamos capaces de detenernos a leerla, todavía habrá esperanza. Porque cuidar esa pequeña luz es cuidar algo más profundo que una especie: es proteger la parte de nuestra humanidad que aún comprende que el mundo no nos pertenece. Lo compartimos con millones de vidas diminutas que, sin ruido y sin reconocimiento, sostienen el equilibrio de la Tierra. Por eso, cuando vi aquellos dos puntos verdes suspendidos sobre las orquídeas, sentí que no estaba contemplando solamente un insecto. Estaba contemplando, por un instante, el equilibrio del mundo.