La soberanía no es de adorno; costó sangre

Frases de oro // La soberanía no es de adorno; costó sangre

Por Jorge OROZCO SANMIGUEL*

Me encantaría iniciar con una frase incómoda, pero necesaria: “La historia no se repite, pero rima” Esta persiste porque las sociedades rara vez aprenden; únicamente cambian de vocabulario. Y quizá el problema político más grave de nuestro tiempo sea exactamente ese: hemos comenzado a confundir los discursos con la realidad.

La polémica alrededor de la gobernadora de Chihuahua, Maru Campos, no provocó indignación solamente por un asunto administrativo o diplomático. Lo que realmente encendió a gran parte del país fue el símbolo detrás del acto. Porque México posee una memoria históricamente herida, y los pueblos afectados desarrollan algo parecido al instinto: reconocen ciertos signos antes incluso de comprender completamente los hechos.

La soberanía mexicana no es únicamente un concepto jurídico; es una construcción emocional levantada sobre derrotas, invasiones y despojos históricos. Por eso cada vez que aparece la posibilidad de presencia operativa extranjera en territorio nacional, la discusión deja de ser técnica y se convierte inmediatamente en una disputa moral.

Ahí es donde la política revela su verdadero rostro: el lenguaje. Durante demasiado tiempo se nos hizo creer que las palabras servían para describir el mundo, cuando en realidad también sirven para fabricarlo. La izquierda habla de entreguismo, patria y soberanía; la derecha responde con “cooperación, seguridad o persecución política”. Y aunque parezcan simples diferencias discursivas, en realidad estamos observando algo mucho más profundo: una lucha por apropiarse del significado de la realidad.

Porque quien domina el discurso, controla la percepción colectiva. Eso lo entendieron hace siglos los imperios, iglesias, gobiernos y ahora los medios de comunicación. Ningún poder se sostiene solamente mediante fuerza física; necesita antes construir una narrativa capaz de legitimar sus acciones. El verdadero triunfo político ocurre cuando las personas comienzan a repetir voluntariamente las palabras del poder creyendo que son propias.

Por eso las televisoras y medios digitales no solamente informan: producen sentido social; modelan enemigas, enemigos, héroes, heroínas, amenazas y patriotismos. Y en medio de esta disputa, las acusaciones del gobierno en turno contra medios como TV Azteca revelan algo inquietante: hoy la batalla política ya no consiste únicamente en gobernar un país, sino en controlar el relato emocional de la nación.

Quizá por eso la siguiente frase sigue teniendo tanta fuerza: una persona puede ganar una guerra solamente usando la palabra. Porque las batallas modernas ya no empiezan únicamente con soldados; comienzan cuando alguien consigue alterar el significado de conceptos como libertad, seguridad, democracia o soberanía. El lenguaje dejó de ser un instrumento de comunicación para convertirse en un arma de destrucción masiva.

Y quizá aquí aparece uno de los fenómenos más peligrosos de la política contemporánea: la degradación deliberada de las palabras. Hoy los conceptos ya no buscan esclarecer la realidad, sino polarizarla. Las palabras se vacían de significado y se convierten en herramientas emocionales. Dictadura, fascismo, traición, patriotismo, pueblo o libertad son utilizadas constantemente, pero casi nunca definidas. Como advertía George Orwell: cuando el lenguaje se corrompe, también lo hace el pensamiento.

Por eso resulta tan importante analizar no solamente los hechos, sino la manera en que son narrados. Algo que aprendí como lingüista es que ningún discurso es inocente. Toda palabra selecciona, excluye y jerarquiza una parte de la realidad. Decir “cooperación internacional” no produce la misma emoción que decir “intervención extranjera”, aunque ambas expresiones intenten nombrar el mismo acontecimiento. Cambia el signo lingüístico, y cambia también la percepción moral del hecho.

Ahí radica el enorme poder político de los medios comunicativos y narrativas públicas: la gente rara vez actúa únicamente por datos; lo hace por significados. Primero interpretamos el mundo y después reaccionamos emocionalmente a ello. Y en una sociedad saturada de información, quien logra imponer la narrativa dominante adquiere una forma de poder muchísimo más profunda que la simple autoridad institucional.

Tal vez por eso vivimos una época tan extraña: nunca habíamos tenido tanto acceso a información y, al mismo tiempo, nunca habíamos estado tan lejos de consensuar algo parecido a la verdad. Cada sector político posee sus propios medios, fuentes y la lógica moral. La verdad dejó de percibirse como un espacio común y comenzó a fragmentarse en pequeñas trincheras ideológicas.

No es casual que, según el relato bíblico de Juan 18:38, Poncio Pilato le preguntara a Jesús de Nazareth: ¿Qué es la verdad? Este cuestionamiento sigue vigente porque es imposible responderla del todo. Pero quizá exista una certeza incómoda: cuando un pueblo deja de construir críticamente su propia verdad histórica, termina consumiendo la verdad fabricada por otras y otros.

*Lingüista de profesión por la Universidad de Colima, con 12 años de experiencia dentro del ambiente político. Ha participado en campañas electorales como parte logística y estratégica de márquetin y comunicación política. Actualmente labora en departamentos de comunicación social, así como asesor de dichos temas.