PARA PENSAR
Por: Carlos Moisés HERNÁNDEZ SUÁREZ
No todos los líderes son Churchill, Gandhi, Mussolini, Hitler, Roosevelt, Perón, Castro, Reagan u Obama: buenos para comunicar y, sobre todo, para transmitir emociones, que es lo que realmente cuenta en política. Gobernar y comunicar no son la misma cosa.
Hay gente muy capaz administrando, tomando decisiones difíciles, armando equipos, resolviendo problemas, pero que simplemente no nació para hablarle todos los días a millones de personas. Y al revés también: hay grandes comunicadores que terminan siendo malos gobernantes.
Incluso López Obrador logró algo muy difícil, nos guste o no: construir una comunicación política cotidiana que mantenía conectada emocionalmente a mucha gente. Sus mañaneras, desde que gobernaba el entonces DDF y luego ya como presidente, terminaron convirtiéndose en una especie de ritual nacional. Había gente que literalmente organizaba su mañana alrededor de eso.
Precisamente por eso, desde el principio me pareció un error que la presidenta Sheinbaum decidiera continuar con el mismo esquema diario. Y no lo digo por capacidad; lo digo porque me parece una mala práctica institucional.
La primera razón es muy sencilla: no hay necesidad de exponerse todos los días. Para eso existen los voceros. En tiempos de bonanza cualquier líder puede pararse frente a una multitud y ser aplaudido haga lo que haga. Pero en épocas difíciles, salir cada mañana ante las cámaras es ponerse voluntariamente como tiro al blanco. Y eso, además, considerando que la prensa mexicana en las mañaneras ni siquiera es particularmente agresiva comparada con la de otros países.
Mientras más habla un gobernante, más probabilidades tiene de equivocarse, contradecirse o decir algo que provoque consecuencias que ni siquiera imaginó. Hay frases que pueden mover mercados, alterar inversiones, generar pánico o tensiones diplomáticas.
Los bancos centrales del mundo saben eso perfectamente. La Reserva Federal de Estados Unidos mide casi palabra por palabra lo que declara su presidente porque una frase ambigua puede hacer perder miles de millones de dólares en unas horas. Las grandes empresas hacen exactamente lo mismo. Apple, por ejemplo, cuida obsesivamente cualquier mensaje público. ¿Por qué? Porque comunicar mal cuesta dinero.
Y aquí viene la segunda razón: simplemente no concibo que la presidenta pierda dos horas diarias capoteando preguntas cuando tiene uno de los trabajos más complejos del planeta.
Mire, pongamos un ejemplo sencillo. Imagine una empresa privada gigantesca, digamos OXXO. Hay un consejo de administración cuya primera tarea es decidir quién dirigirá la empresa. Ese director general tiene tanto trabajo, solamente administrando esa compañía, que sería absurdo verlo pasar dos horas diarias respondiendo preguntas de reporteros. Ningún consejo serio lo permitiría porque la productividad se desplomaría. Para eso existen áreas de comunicación, relaciones públicas y manejo de crisis.
Ahora imagine usted administrar no una empresa, sino un país de más de 130 millones de habitantes. Eso, además, alimenta otra cosa que en México conocemos muy bien: el presidencialismo excesivo. La idea de que todo debe pasar por la figura presidencial. Que la presidenta opine de todo, responda todo, explique todo y encabece todo. Eso no fortalece instituciones; las debilita.
Ya es hora de tener voceros profesionales.
Ser vocero es una profesión. Es un escudo institucional. El vocero sabe que cualquier palabra mal colocada puede afectar profundamente la estabilidad política o económica del país. Por eso mide lo que dice. Por eso habla con cuidado. Su trabajo no es lucirse; es evitar incendios. Durante epidemias esto se vuelve todavía más evidente. El CDC de Estados Unidos, por ejemplo, tiene voceros especializados. Y no necesariamente porque sepan más medicina que el director científico, sino porque saben comunicar mejor y entienden el peso de cada palabra. Imagine que, en medio de una alerta sanitaria, el director del CDC dijera improvisadamente algo como: “Estamos viendo si el Ébola podría afectar el Mundial en Estados Unidos”. Bastaría esa frase para provocar cancelaciones, caída de turismo, desplomes bursátiles y pérdidas millonarias.
Un buen vocero jamás diría eso de esa manera.
Recuerdo una frase extraordinaria de un vocero del propio CDC. Decía: “En una conferencia de prensa, yo no estoy tranquilo hasta que veo las luces traseras del auto del último reportero alejándose”. Así de delicado es el trabajo. Porque gobernar no es comentar. Y comunicar un país no debería depender todos los días del humor, el cansancio o la improvisación de una sola persona.

















