FRASE DE ORO // Las palabras como dardos sociales: el desfile maquillado del 1 de mayo
Por Jorge Arturo OROZCO SANMIGUEL*
En Colima, el Día del Trabajo dejó de ser memoria obrera para convertirse en protocolo gubernamental. Lo que nació como una conmemoración de la resistencia contra el abuso patronal y estatal, hoy depende de permisos, rutas oficiales y listas de invitadas e invitados. El poder decide dónde se marcha, cuándo y, peor aún, quién tiene derecho a hacerlo.
La ironía es brutal: el gobierno administra la escenificación de una protesta que originalmente surgió contra el propio Estado y sus aliadas y aliados económicos. Toda clase dominante entiende una cosa con claridad: controlar la narrativa es más importante que controlar las armas, porque estas someten cuerpos, y el discurso domestica conciencias. Por eso los gobiernos no buscan únicamente dominar el presente: redactan el pasado.
La frase “quien no conoce su historia está condenado a repetirla” no es una advertencia romántica; es una descripción política del funcionamiento del poder. La historia nunca ha sido un simple registro de hechos, es un territorio de disputa.
Se edita, simplifica, dramatiza o silencia según las necesidades del momento.
Ahí están los mitos patrióticos convertidos en dogma escolar. El caso de los supuestos Niños Héroes sigue rodeado de vacíos históricos y contradicciones, pero la narrativa permanece intacta porque el símbolo importa más que la comprobación. Lo mismo ocurre con múltiples relatos religiosos, nacionales y culturales que sobreviven no por precisión histórica, sino porque sirven para cohesionar identidades y obediencias.
Toda nación necesita relatos. El problema inicia cuando estos dejan de formar ciudadanía y comienzan a fabricar sumisión. Eso explica por qué resulta tan peligroso el reciente discurso promovido por partidos políticos que invitan a “no votar” en procesos como la elección judicial. Se presenta como desencanto o protesta inteligente, cuando en realidad erosiona uno de los pocos mecanismos conquistados mediante siglos de lucha social.
Miles murieron para que el voto existiera. Mujeres humilladas, perseguidas y asesinadas abrieron el camino para que hoy cualquier ciudadana pueda participar políticamente. Obreros, campesinos y estudiantes enfrentaron represiones brutales para arrancarle espacios mínimos a un sistema diseñado para excluirlos. Sin embargo, el poder aprendió algo sofisticado: no siempre necesita prohibirte participar; basta con convencerte de que participar no sirve de nada.
Durante décadas, México respiró aquella frase venenosa: “¿para qué votar, si siempre ganan los mismos?”. Esa sentencia no era apatía espontánea; era una derrota narrativa. Una población que deja de creer en su capacidad de transformación se vuelve más fácil de administrar.
Las guerras modernas rara vez comienzan con disparos; comienzan con palabras. Así ocurrió en Texas, donde la presión cultural y política construyó lentamente una identidad separada de México. Primero se debilitó el vínculo simbólico: el idioma, la pertenencia y la idea de nación. Después vino la ruptura territorial. Antes de conquistar una tierra, hay que convencer a sus habitantes de que ya no pertenecen a ella.
Hoy vivimos otro campo de batalla lingüístico: los partidos políticos maquillan cifras, manipulan conceptos y fabrican enemigos imaginarios para sobrevivir electoralmente. El debate público dejó de centrarse en ideas y se convirtió en competencia de propaganda emocional.
Y en medio de ese deterioro aparece el fenómeno más inquietante: el meme desplazando al documento, la consigna reemplazando al análisis y la viralidad ocupando el lugar de la verdad. Un meme ya posee más legitimidad emocional que un informe oficial.
La política actual entendió que una imagen burlona de diez segundos puede destruir más que un ensayo de cien páginas.
Pero el problema no es únicamente tecnológico; es filosófico. Cuando una sociedad pierde confianza en la verdad, termina creyendo únicamente en aquello que reafirma sus emociones. Por eso el desfile obrero domesticado importa más de lo que parece. No se trata solo de una ruta o de permisos oficiales. Se trata del vaciamiento simbólico de la lucha. El poder ya no necesita reprimir violentamente las movilizaciones si puede convertirlas en ceremonias controladas, inofensivas y decorativas.
México no se construyó desde la comodidad; se hizo desde la confrontación, organización y sacrificio colectivo. Y esa lucha continúa, aunque hoy adopte formas más silenciosas y más complejas. Porque la verdadera disputa contemporánea no está únicamente en las calles ni en las urnas; está en el lenguaje, en quién nombra la realidad y define lo verdadero. Y en el que logra convencerte de que ya no vale la pena luchar.
*Lingüista de profesión por la Universidad de Colima, con 12 años de experiencia dentro del ambiente político. Ha participado en campañas electorales como parte logística y estratégica de márquetin y comunicación política. Actualmente labora en departamentos de comunicación social, así como asesor de dichos temas.


















