MIS VIAJES A LA LUNA

PARA PENSAR
Por: Carlos M. HERNÁNDEZ SUÁREZ

Una de las cosas que la gente busca mucho es aprender a ver las cosas en perspectiva, en, como dicen, pensar fuera de la caja (think out of the box), ver las cosas desde otro ángulo, pues. Ese tipo de razonamiento es muy útil cuando se trata de entender mejor el mundo que nos rodea. Es parte esencial del “sentido común”.

Le voy a poner un ejemplo.

Cuando yo era niño, tenía acceso a la revista LIFE, que venía profusamente ilustrada con fotografías, diagramas, cuadros, del primer viaje a la Luna. Mis primeras palabras en inglés fueron 10, 9, 8… justamente el conteo regresivo para el despegue. Ustedes, amables lectores, no saben lo peligroso que es descender la escalera de la azotea de la casa con una caja de cerveza con un agujero para poder ver, con una manguera atada a la espalda, con guantes de soldar que te nadaban en las manos. Recoger muestras lunares y ponerlas en una caja atada a la espalda. Les aseguro, pero nadie, me lo cree, que vi un gato y un perro en la luna. Y varias macetas.

Usaba unas sillas de madera que eran muy comunes entonces, que se llamaban “sillas de tijera”, que fueron sustituidas por las sillas de plástico blancas que todos conocemos. Esas sillas tenían una peculiaridad: levantabas el asiento, y el asiento se doblaba 45 grados; te sentabas dentro de la silla y el revés del asiento te quedaba como tablero, donde podías dibujar botones, palancas, cables… todo lo que había en un tablero de control de una nave espacial. El problema es que llegaba la visita y no sabías cuál se había sentado en ese tablero, y tenías que pedirles uno a uno que se levantaran para buscar el módulo lunar.

En otras palabras, aprendí mucho de astronomía, física, cohetes, etc., haciéndome preguntas. La última, hace poco, fue que nunca había entendido lo que Jack King (la persona encargada de hacer el conteo regresivo del Apolo 11) quiso decir cuando, al llegar al número 15, dijo: “guidance is internal” (la guía es interna).

Entonces me puse a estudiar y aprendí que la nave espacial no sabe dónde está la Luna porque la Tierra y la Luna se están moviendo; entonces hay un sistema de láseres que continuamente le informan al cohete, mientras está en la Tierra, dónde está ubicada la Luna con respecto a su posición en ese momento, pero, en los últimos quince segundos, ese sistema se desconecta y le dice al cohete: “esta es tu posición actual con respecto a la Luna; de aquí en adelante, tú calcula dónde está la Luna por tu cuenta”, y más vale que lo haga bien, porque podría terminar en otro lugar en el espacio.

También aprendí que el módulo lunar estaba hecho de un metal más delgado que con el que fabrican las lavadoras hoy en día; es increíble. Sin lugar a dudas, eran hombres valientes que se atrevieron a subirse a un pedazo de lámina y cumplir su objetivo.

Ya pasaron 57 años de eso. Los avances en cohetes, ciencia de materiales, computación, comunicaciones, video, en estos años, son increíbles. Y, pensando “fuera de la caja”, todo eso se me hace muy raro: antes de que la misión del Apolo 11 llegara a la Luna, hubo otras 10 misiones (5 rusas y 5 estadounidenses) que hicieron lo mismo que la misión de Artemis II que culminó ayer: darle una vuelta a la Luna, sin descender. Esas misiones eran peligrosas en verdad; todo era nuevo, todo era por primera vez. ¿Qué tiene de increíble lo que hicieron estos nuevos astronautas? Para que se dé una idea, un teléfono celular de los años 90, tenía más poder de cómputo que la computadora de la misión Apolo.

No quiero demeritar el valor y coraje de los astronautas (yo no me subo ni a la rueda de la fortuna en la feria), pero siento como si hoy me pusiera una caja de cartón y subiera al techo de la casa de nuevo. Lo único es que la caja de cartón dice “Amazon”, los guantes me quedan bien y la escalera es de metal.

Casi siento que es un distractor, vaya usted a pensar de qué.