El oficio de quedarse en silencio

APUNTES PARA EL FUTURO
Por: Essaú LOPVI

Hay una hora del día en la que todo parece detenerse, aunque la ciudad siga latiendo con su caos ya habitual, entre sirenas y balazos. No es una hora exacta; a veces ocurre al amanecer, cuando la luz apenas roza las paredes y salgo a correr, y otras en la noche profunda, cuando el mundo se repliega y deja de exigir explicaciones. Es en ese instante —breve, casi imperceptible— donde he aprendido a encontrarme.

No siempre fue así.

Hay un momento en el que uno deja de correr para alcanzar cosas y empieza, -casi sin darse cuenta-, a alcanzarse a sí mismo. Creo que ese instante me llegó hace años sin aviso, como llegan las noticias importantes: sin tiempo para prepararse, pero con la certeza de que algo ya cambió.

Durante años viví en la urgencia. Informarme para informar. Salir corriendo hacia un punto en el mapa donde algo se había roto: una historia, una vida, una versión oficial. Aprendí a editar en la cabeza antes de sentarme frente a una pantalla, a depurar el ruido, a separar la verdad de lo que apenas pretende serlo.

Me he movido por años como en una partida de ajedrez donde cada movimiento debía ser calculado, preciso, a veces frío. En esta profesión, uno aprende pronto que hay una línea delgada —casi invisible— entre decir lo necesario y útil o cruzar hacia lo irreparable y peligroso.

Y sin embargo, en medio de ese vértigo, algo dentro de mí buscaba otra cosa.

Hace varios lustros aprendí a disfrutar la soledad. No como refugio, sino como territorio. La paz y la tranquilidad no fueron hallazgos espontáneos, sino conquistas pequeñas, diarias, casi invisibles. Y es que en este oficio —el de informar, el de salir corriendo cuando algo ocurre, el de reconstruir la realidad mientras aún está caliente— la calma no es un estado natural, es una disciplina.

Hace muchos años guardé las guitarras, mis cables, pedaleras, amplificadores y canciones, esa otra vida donde el tiempo tenía un ritmo distinto. En su lugar llegaron la cámara, la grabadora, la computadora, las libretas llenas de nombres que no se olvidan y de historias que no siempre encuentran justicia. Cambié acordes por testimonios, escenarios por calles polvorientas y lugares insospechados, canciones por silencios incómodos.

Podría parecer una renuncia. Pero no lo fue. Fue, más bien, una dulce y enigmatica transformación.

En medio del caos —ese que se acumula en la cabeza después de cada jornada— comencé a descubrir pequeños territorios de calma. Un café bien hecho en medio de la tarde. Un rico mate con yerba uruguaya o brasileña al iniciar mi día, el sabor preciso de un whisky escocés cuando el día ya no puede exigir más. Una canción que regresa sin avisar, como si hubiera estado esperando su momento. Y entonces todo se alinea: la memoria, el cansancio, la necesidad de contar. En ese punto, el ruido deja de ser enemigo y se convierte en materia.

Uno se despierta un día —sin ceremonia— y entiende que no necesita demasiado para estar bien. No es resignación; es claridad. Un trabajo honesto. Coherencia con lo que se piensa. La posibilidad de que lo que uno hace tenga algún sentido, aunque sea mínimo, en medio de un mundo que se desordena constantemente. Para alguien que vive de contar lo que ocurre, eso basta.

También están las otras cosas. Las que no se escriben en una libreta, pero sostienen todo lo demás. Un nuevo poema escrito a puño, una amistad que resiste el tiempo y los problemas. Una conversación larga donde el silencio no incomoda. El afecto sincero de quienes no preguntan demasiado, pero están. Y el silencio, sobre todo el silencio, que se vuelve un lujo en estos días donde nadie parece dispuesto a escuchar.

He aprendido a mirar con más atención lo simple: el viento que cambia de dirección sin pedir permiso, la lluvia que limpia sin preguntar a quién, el mar golpeando con una paciencia infinita, la montaña que exige esfuerzo y devuelve claridad cuando corro por horas sin pensar en nada que no sea la canción en mis audífonos, la distancia y mi ritmo cardiaco. La noche —esas noches inconmensurables— cuando las estrellas aún se atreven a aparecer lejos de la ciudad.

Correr. Respirar. Leer sin prisa. Escribir despacio. Pensar en todo y en nada al mismo tiempo.

Hay algo más que uno termina por entender con el paso de las historias: el único territorio donde realmente tenemos poder es el pensamiento. Todo lo demás es provisional, frágil, ajeno. No podemos detener la violencia, ni corregir la mentira en su origen, ni silenciar el ruido del mundo. Pero sí podemos decidir cómo lo habitamos por dentro.

Y cuando esa idea se instala, algo cambia. La paz deja de buscarse afuera. Empieza a revelarse como una construcción íntima, silenciosa, casi obstinada.

He aprendido a estar conmigo mismo. A hacerme preguntas incómodas y no huir de las respuestas. A ejercer la crítica con la misma dureza con la que observo el mundo, pero también a concederme el margen de la comprensión. A perderme, sí, pero con la certeza de que siempre habrá un camino de regreso.

A veces el rumbo es incierto. No siempre está claro hacia dónde se avanza. Pero hay una convicción que no se negocia: nunca es hacia atrás.

Me gusta conversar. Sentarme frente a alguien, compartir un tinto, un mate, un café o un whisky, dejar que las palabras fluyan sin prisa. Pero cada vez me descubro más atento a lo que no se dice, a las pausas, a los gestos, a ese lenguaje que escapa de las frases. Quizá por eso escucho más de lo que hablo.

Escuchar también es una forma de entender. Y entender, en este oficio y en la vida, es lo más cercano que tenemos a la verdad.

Al final, cuando el ruido se disipa —aunque sea por un instante— queda lo esencial: la certeza de estar, de seguir, de contar. Porque contar no es sólo narrar lo que ocurre afuera. Es también una forma de ordenar lo que llevamos dentro. Y es en ese ejercicio, a veces arduo, a veces luminoso, donde he encontrado —sin buscarla demasiado— una de mis formas de paz.