¿Y si sí?
Por: Esteban Herrera Ugarte
Durante décadas, el fútbol mexicano ha vivido obsesionado con una meta que parece tan cercana como inalcanzable: el famoso quinto partido; en los mundiales celebrados en México, la Selección Nacional lo ha logrado. Ahora la siguiente meta es llegar a un sexto partido. Los expertos hacen cuentas, la afición se emociona y los patrocinadores preparan campañas históricas preparando el terreno para lo que no sabemos qué ocurrirá.
Curiosamente, algo parecido sucede en nuestra democracia.
Mientras en el fútbol soñamos con llegar al sexto partido, en la política seguimos sin atrevernos a jugar una segunda vuelta electoral. Y quizá ambas cosas tienen más relación de la que parece.
La segunda vuelta electoral es un mecanismo utilizado en muchos países democráticos cuando ningún candidato obtiene más del cincuenta por ciento de los votos en la primera ronda de votación. En ese caso, de todos los participantes, sólo los dos aspirantes más votados avanzan a una elección definitiva donde la ciudadanía decide quién gobernará, ahora sí con el respaldo de una mayoría clara.
Dicho en términos futboleros: es pasar de la fase de grupos a los partidos de eliminación directa.
Hoy en México, un candidato puede ganar una elección con porcentajes relativamente bajos si la oposición está fragmentada. Es decir, puede gobernar sin que la mayoría de los ciudadanos haya votado por él. La segunda vuelta corrige esa situación al obligar a construir consensos más amplios y a buscar el respaldo de más de la mitad del electorado. Argentina, Ecuador, Turquía, Guatemala, Uruguay, Francia, Bolivia y recientemente Colombia y Perú, han ido y venido de izquierda a derecha y viceversa gracias a este mecanismo.
La Segunda Vuelta Electoral, resuelve también una discusión que se ha vuelto permanente: las alianzas electorales.
Las alianzas y coaliciones suelen parecerse a equipos armados de emergencia, donde jugadores que llevan años compitiendo entre sí, de pronto aparecen usando el mismo uniforme. La segunda vuelta permitiría que cada Partido Político compitiera con su propia identidad en la primera ronda y que fueran los ciudadanos, y no las dirigencias, quienes definieran quién merece disputar la final.
Este modelo no sea particularmente atractivo para gobiernos monolíticos. Cuando una fuerza política gana sin que una mayoría absoluta haya votado por ella, una segunda vuelta le representa un riesgo. Significa volver a salir a la cancha, volver a debatir y volver a convencer.
Pero también implica un reto para la oposición. Ya no bastaría con criticar desde la tribuna; tendría que demostrar que es capaz de convertirse en una alternativa real de gobierno.
Quizá por eso México no es tan fácil lograr una segunda vuelta electoral o un sexto partido. Ambas exigen algo más que entusiasmo. Exigen competencia auténtica, estrategias bien definidas y la disposición de jugar un partido adicional cuando realmente importa.
Clasificar siempre es motivo de celebración. Pero las verdaderas historias de éxito comienzan cuando se está dispuesto a disputar la siguiente ronda.
Imagínate que eres de los que están convencidos de que el rumbo actual de tu país, estado, municipio o representante legislativo debe cambiar; que crees que existe una mayoría silenciosa que también lo piensa, pero que hoy aparece dispersa entre varios partidos, organizaciones y proyectos.
¿Cómo demostrarlo? Precisamente ahí entra la lógica de la segunda vuelta. Porque si esa mayoría realmente existe, tendría una oportunidad de reunirse en una elección definitiva y expresarse con claridad. No mediante acuerdos de cúpula ni alianzas forzadas, sino directamente en las urnas.
Dicho en términos mundialistas: primero se juega la fase de grupos, cada quien con su camiseta y si los números alcanzan, llega el partido donde ya no hay empates estratégicos ni cálculos de diferencia de goles. Ahí se sabe quién tiene realmente el respaldo mayoritario. En México requerimos de una segunda vuelta electoral, donde el ganador tenga que demostrar que representa a más de la mitad de los ciudadanos. No suena nada mal. Para la próxima reforma electoral y para el próximo partido contra Inglaterra, «Pensemos cosas chingonas», dijo alguna vez El Chicharito…¿Y si sí?



















