El Tri que esperábamos hace mucho tiempo

APUNTES PARA EL FUTURO
Por: Essaú LOPVI

Hay victorias que se quedan en la estadística. Y hay otras que terminan instalándose en la memoria colectiva de un país. La de este martes pertenece a las segundas.

No fue solamente un 2-0 sobre Ecuador. No fue únicamente el pase a los octavos de final. Ni siquiera fue el récord perfecto de cuatro triunfos consecutivos sin recibir un solo gol, algo que ninguna otra selección puede presumir en este Mundial.

Fue mucho más que eso.

Fue el momento en que millones de mexicanos volvieron a sentir que la ilusión no era una ingenuidad.

Durante demasiado tiempo, la Selección Nacional pareció especializarse en romper corazones. Generaciones enteras crecieron aprendiendo que, cuando llegaba el partido decisivo, siempre ocurría algo que nos regresaba a casa. A veces fueron los penales. Otras, un error arbitral. En ocasiones apareció un gol imposible. Y otras tantas, simplemente fuimos inferiores.

La historia siempre encontraba la manera de darnos un mal día. Pero las historias también cambian. Y cambian cuando alguien se atreve a escribir una página distinta.

Hace cuarenta años México ganó por última vez un partido de eliminación directa en una Copa del Mundo. Cuarenta años. Para dimensionarlo basta recordar que entonces no existía internet, los teléfonos celulares pertenecían a la ciencia ficción cotidiana y Diego Armando Maradona todavía no levantaba la Copa del Mundo en México.

Han pasado cuatro décadas. Cuatro décadas de promesas incumplidas.

Después Estados Unidos nos dio quizá la derrota más dolorosa en Corea-Japón 2002. Maxi Rodríguez nos apagó el sueño en tiempo extra en Alemania 2006. Argentina volvió a cruzarse en Sudáfrica 2010. Después Holanda nos marcó con un penal que no era en Brasil 2014. Brasil nos devolvieron a la realidad en Rusia 2018. Y Qatar 2022 terminó siendo el punto más bajo: ni siquiera alcanzamos los octavos de final.

Por eso la noche de ayer pesa tanto. Porque no solamente terminó una racha. Terminó un complejo deportivo en un deporte que es muy popular en México aunque el que de más victorias sea el box.

Y lo hizo jugando el mejor primer tiempo que se le recuerda a una selección mexicana en muchos años.

Javier Aguirre le ganó la partida táctica a Ecuador desde el primer minuto. Su planteamiento fue impecable. La media cancha fue un concierto de inteligencia, recuperación y buen trato del balón. Erik Lira, Luis Romo y el joven Gilberto Mora parecían jugar de memoria. El «Piojo» Alvarado fue un permanente dolor de cabeza por las bandas. Julián Quiñones confirmó que vive el mejor torneo de su carrera y Raúl Jiménez volvió a demostrar que el talento nunca desaparece cuando la confianza regresa.

Y atrás… Atrás hay una muralla. Cuatro partidos. Cuatro victorias. Cero goles en contra.

Los campeonatos suelen construirse desde la defensa, y México, por primera vez en mucho tiempo, transmite una sensación que hace años no provocaba: seguridad.

Pero quizá el protagonista de la noche ni siquiera estuvo sobre el césped. Fue la gente.

Fue el Estadio Azteca rugiendo como en sus mejores épocas. Fue el Zócalo convertido en una sola celebración. Fue el Ángel de la Independencia cubierto de verde, blanco y rojo. Fue la Minerva en Guadalajara, Fundidora en Monterrey y cientos de plazas públicas donde desconocidos terminaron abrazándose como si fueran familia.

México volvió a hacer lo que mejor sabe hacer. Convertir una alegría en una fiesta nacional. Porque la fiesta y la alegría es la única dosis que necesita el mexicano para sobrellevar las tragedias. De muchas maneras lo hemos hecho como país, pero a un pueblo tan resiliente como el mexicano le hacia falta justicia y argumentos para celebrar en el futbol. No porque vaya sea seguro ganar el mundial, porque ayer los jugadores jugaron con autoridad, con la cabeza levantada y el pecho erguido, por fin mostraron de qué está hecho un mexicano.

Pero mientras el mundo ha descubierto nuestra hospitalidad durante este Mundial, la Selección encontró algo que parecía perdido: la comunión con su gente.

Durante años se dijo que el equipo estaba en deuda con la afición. Anoche empezó a saldarla. Todavía falta el reto más grande.

Inglaterra ya espera.

Harry Kane, Jude Bellingham, Declan Rice, John Stones… nombres que valen cientos de millones de euros y que representan una de las ligas más poderosas del planeta.

Pero el fútbol tiene una virtud maravillosa: el valor de una camiseta nunca se mide en el precio de una plantilla.

Se mide en la convicción de quienes la portan.

Si México vuelve a jugar como lo hizo durante esos primeros 45 minutos frente a Ecuador, no hay motivo para sentirse menos que nadie. Porque las grandes hazañas comienzan exactamente así: cuando alguien deja de creer que las maldiciones son eternas.

Anoche México rompió una de cuarenta años. Y, de paso, nos recordó algo que habíamos olvidado. Que la esperanza también juega. Y cuando ciento treinta millones de mexicanos vuelven a creer al mismo tiempo, ningún rival debería sentirse tranquilo al enfrentarlo.