¿Quién decide si viene El Lobo?
Por: Esteban Herrera Ugarte
Con los años -aunque son historias distintas- la narrativa popular ha asociado El pastor y el lobo de Esopo con Pedro y el Lobo del cuento musical de Prokófiev. Seguramente muchos podemos recordar la historia en la que el pastor gritaba: “¡Ahí viene el lobo!”. Y si no las recuerdas, vale la pena desempolvarla. Una joya de lectora me hizo recordarla para retomarla y seguir insistiendo en el tema de los derechos de las audiencias.
El pastor que cuidaba las ovejas de su pueblo, un día, aburrido, decidió gritar: “¡Ahí viene el lobo!”. Los aldeanos corrieron a ayudarlo y descubrieron que era mentira. Pedro se divirtió y volvió a hacerlo. Hasta que un día el lobo apareció de verdad. El pastor gritó nuevamente, pero nadie acudió. Había perdido algo mucho más difícil de recuperar que una oveja: la credibilidad.
La moraleja parece sencilla: quien miente reiteradamente termina provocando que nadie le crea, incluso cuando dice la verdad.
Pero llevemos la fábula al debate actual sobre los derechos de las audiencias y los nuevos lineamientos para radio y televisión. Porque quizá el problema contemporáneo ya no sea solamente el Pastor. La pregunta ahora es: ¿quién decide si realmente viene el lobo?
Primera semejanza. Supongamos que para proteger a los aldeanos se deba crear una autoridad encargada de determinar cuándo el pastor dice algo “verídico” y cuándo su grito está “descontextualizado”. La intención puede parecer buena. El problema comienza cuando esa autoridad pertenece al propio gobierno. ¿Quién determina entonces la verdad y bajo qué criterios?
Segunda. Para impedir nuevas mentiras podríamos prohibirle a Pedro volver a gritar “¡lobo!”. Solucionamos un problema y creamos otro: cuando el animal aparezca realmente, quizá nadie pueda advertirlo. Algo parecido ocurre cuando, pretendiendo proteger a las audiencias, se establecen reglas que pueden terminar rozando las libertades de expresión y difusión protegidas por los artículos 6º y 7º constitucionales.
Tercera, y quizá la más delicada: el miedo. Si Pedro sabe que cada grito puede significarle una sanción, probablemente la próxima vez prefiera callarse. En periodismo eso tiene nombre: efecto inhibidor. El temor a multas puede generar autocensura. Y entonces la sanción más peligrosa no sería contra aquello que se dijo, sino contra aquello que, por miedo, nunca llegó a decirse.
Cuarta. Imaginemos ahora que quien determina si existe el lobo es precisamente quien gobierna la aldea. La cosa se complica. Sobre todo cuando la información incómoda involucra al propio gobierno. Una norma aparentemente neutral puede convertirse en herramienta política si quien vigila tiene también interés en aquello que se vigila.
Y quinta. Pedro grita: “¡Ahí viene el lobo y creo que nos va a comer!”. ¿Dónde terminó la información y dónde comenzó la opinión? En un programa en vivo ocurre exactamente eso: hechos, contexto, interpretación, preguntas, ironías y opiniones conviven permanentemente. Separarlos con bisturí administrativo puede resultar tan complicado como pedirle al lobo que espere mientras clasificamos jurídicamente el aullido.
Pero la vieja fábula de Esopo contiene otra enseñanza que quizá estamos leyendo al revés. Pedro perdió credibilidad no porque una autoridad administrativa certificara sus mentiras. Fueron quienes lo escuchaban los que aprendieron a juzgarlo. La sanción fue social: dejaron de creerle.
Ahí está la enorme diferencia entre proteger a una audiencia y sustituirla. Una cosa es darle información, derechos y herramientas para distinguir al lobo; otra muy distinta es que el gobierno pretenda decirle cuándo debe verlo.
Quizá el joven pastor necesitaba aprender a no mentir, los aldeanos a distinguir sus gritos y los periodistas a diferenciar información de opinión. Esopo nos advirtió sobre el pastor que mentía; nunca imaginó que algún día tendríamos que preocuparnos también por quién tendría la facultad de certificar si el lobo existe.
El lobo aúlla para hacerse sentir, para imponer su presencia y ahuyentar a quien se acerque; el poder también puede generar tanto ruido que termine ahuyentar las voces que lo incomodan. Porque a un gobierno no le debe importar bajar la voz de Pedro, sino asegurarse de que los aldeanos puedan seguir escuchándolo.



















