¿Políticos eternos o la eterna política?

UNA POCA DE GRACIA
Por: Carlos Alberto PÉREZ AGUILAR

Cuando en 2003 daba mis primeros pasos en el periodismo, ya figuraban nombres de políticos que hoy, más de dos décadas después, continúan promoviéndose como alternativas de cambio, como sinónimo de experiencia o, en algunos casos, incluso proyectando una imagen de renovación política. Sí, renovación después de veinte años.

No pretendo hacer una crítica a sus aspiraciones actuales, a sus proyectos o a sus ambiciones personales, que considero completamente legítimas. Lo que realmente resulta digno de analizar, desde la perspectiva de la comunicación política, es cómo algunas carreras logran mantenerse vigentes pese al cambio de generaciones, de plataformas, de medios de comunicación y de las propias reglas del poder, que han cambiado en la forma, aunque no necesariamente en el fondo.

Resulta extraordinario que personajes como Leoncio Morán, Virgilio Mendoza, José Manuel Romero, Federico Rangel, Joel Padilla, Francisco Rodríguez, Gabriela Benavides, Felipe Cruz Calvario, Enrique Rojas Orozco, Francisco Ánzar, Jaime Sotelo, Arnoldo Vizcaíno, Pedro Peralta, Julia Jiménez, Ignacio Peralta, Fernando Moreno Peña, Martín Flores Castañeda y Arnoldo Ochoa González continúen siendo actores relevantes de la vida pública y, con alta probabilidad, puedan volver a competir por cargos de elección popular o asumir posiciones de primer nivel.

Construir una marca ya es una tarea compleja. Construir una marca política lo es mucho más. En ella no sólo está en juego un nombre, sino una reputación, una trayectoria y una percepción pública que permanece bajo evaluación constante.

Aquí la comunicación desempeña un papel determinante, aunque pocas veces se le otorgue el valor que realmente tiene. Es precisamente la gestión de la comunicación la que permite que muchos políticos logren reinventarse una y otra vez frente a nuevos contendientes que representan la transición generacional, pero que llegan con una enorme desventaja: enfrentan a adversarios que acumulan kilómetros recorridos, estructuras consolidadas y, sobre todo, experiencia administrando su propia imagen.

Idealmente, un político nunca debería dejar de ser persona por el cargo que ocupa. Sin embargo, con frecuencia desaparece del espacio público como ciudadano y reaparece únicamente cuando inicia un nuevo proceso electoral. Ese es, probablemente, uno de los reclamos más constantes de la sociedad.

Entonces surge una pregunta inevitable: si ese es el principal reclamo, ¿por qué vuelven a ganar?

En cualquier otro empleo, la lógica es distinta. Si un trabajador no ofrece resultados, simplemente es reemplazado. Existen plazos para demostrar capacidad y cumplir objetivos. En la política esa lógica rara vez aplica. Los partidos funcionan mediante grupos, corrientes, agendas legislativas y acuerdos colectivos. Por ello, el desempeño individual suele diluirse dentro de una responsabilidad compartida.

Así, un político con más de veinte años de experiencia puede convertir precisamente esa permanencia en su principal activo, aun cuando los resultados de sus distintos encargos sean discutibles o incluso hayan pasado desapercibidos. Después de todo, siempre existe un argumento disponible: las decisiones nunca dependieron exclusivamente de él.

Es aquí donde aparecen las teorías de la comunicación.

La teoría del encuadre (framing) permite redefinir la interpretación de los hechos. El mensaje nunca será «no cumplimos»; será «avanzamos pese a las circunstancias». No se niega la realidad, simplemente se reorganiza para presentarla desde una perspectiva más favorable.

Por su parte, la Agenda Setting explica cómo los políticos concentran la atención pública en los temas donde obtienen mejores resultados y reducen la visibilidad de aquellas promesas que permanecen inconclusas. Entonces el discurso cambia: «no alcanzó el tiempo», «falta consolidar el proyecto» o «en el siguiente periodo podremos terminar lo iniciado». Paradójicamente, una parte del electorado suele interpretar ese discurso como sinceridad y compromiso con la continuidad.

Cuando llega una nueva campaña ocurre un fenómeno interesante. El funcionario deja de ser funcionario y vuelve a convertirse en candidato. Se desprende, al menos discursivamente, de la responsabilidad del gobierno para recuperar el papel de quien promete soluciones. En muchos casos reaparecen los mismos mensajes que años atrás le permitieron ganar su primera elección.

Porque el verdadero reto quizá no sea conquistar el poder una vez, sino administrarlo lo suficientemente bien como para seguir siendo competitivo durante décadas.

Otra herramienta fundamental es la Espiral del Silencio. Quien ha ocupado cargos importantes durante muchos años dispone de redes de apoyo construidas a lo largo del tiempo: antiguos colaboradores, liderazgos territoriales, estructuras partidistas, comités seccionales y simpatizantes que alguna vez participaron del ejercicio del poder. Todo ello contribuye a generar la percepción de que un político conserva una fuerza social mayor a la que realmente podría tener. En política, la percepción muchas veces pesa tanto como la realidad.

La política es, en gran medida, un ejercicio permanente de comunicación. Se construye sobre la confianza, las creencias y las percepciones. Intervienen la estrategia del partido gobernante, la capacidad de la oposición para establecer una agenda alternativa y la habilidad de cada actor para posicionar su narrativa.

La opinión pública es extraordinariamente volátil. Un solo error puede derrumbar años de construcción política. Pero también una narrativa bien administrada puede mantener vigente a un liderazgo durante décadas.

Quizá por eso los políticos maduros siguen ahí. Porque entendieron que el poder no sólo se gana en las urnas; también se conserva administrando la comunicación, cuidando la marca personal y manteniendo vivo un capital político que, aunque pueda perder valor con el tiempo, nunca deja de circular.

En política, como en la economía, una moneda puede devaluarse, pero mientras siga siendo aceptada, continuará comprando oportunidades.