PAZ, DESDE LA PRIMERA PIEDRA
Por: Noé GUERRA PIMENTEL
Más allá de fobias personales que cada quien pueda tener y que es válido, en México tenemos un “síndrome”. Cuando un ciudadano, sin recursos públicos ni padrinos políticos, se atreve a proponer, fundar y materializar algo -un museo, un archivo, una radio, un libro, un monumento- la reacción colectiva no es el aplauso, es la sospecha.
¿Quién lo financia? ¿Con quién quiere quedar bien? ¿De qué partido es? ¿A qué aspira? Y, enseguida, la operación demolición: desacreditar, debilitar, tirar. Es grave, pero es. No es nuevo. Octavio Paz lo vio con lucidez. En El laberinto de la soledad escribió que el mexicano vive en orfandad. «Somos hijos de una violación», decía, refiriéndose a la Conquista. Nacimos huérfanos de dioses prehispánicos y adoptados por un Dios que no pedimos.
De esa ruptura original nos quedó una marca: esperamos que alguien nos adopte para existir. El periodo virreinal enseñó que nada era legítimo sin Cédula Real. No podían abrir una escuela, un taller o una imprenta sin permiso del Rey todo era: “Por mandato de su majestad”, todo era “Real”. La Independencia rompió con España, pero no con el paternalismo. Como bien dice el Nobel mexicano, «La Reforma es la gran Ruptura con la Madre», con la Iglesia, pero nos dejó una herida abierta por la que aún respiramos. En lugar de la Iglesia y el Rey, pusimos al Estado. Paz le puso nombre en 1979: El Ogro Filantrópico. Ese Estado que todo lo da y todo lo quita, padre omnipotente que reparte becas, plazas, permisos y reconocimiento. Fuera de él, nada es. Fuera de su sombra, nadie existe.
Hemos interiorizado tanto ese modelo que a muchos les cuesta trabajo imaginar que un civil o un grupo de ciudadanos se atreva a proponer hacer algo valioso sin que el gobierno lo bendiga. De ahí viene la deformación social. Cuando vemos a un vecino o ciudadano X, fundando algo con sus propios medios, nos incomoda. Rompe la regla no escrita. Si yo no me he atrevido a hacerlo porque espero el apoyo oficial, la beca, la chamba o la complacencia ¿por qué él sí? Entonces, en lugar de sumarnos, lo atacamos. Paz lo explicó también en su capítulo «Máscaras mexicanas». El mexicano vive cerrado, con miedo a «rajarse», a mostrarse vulnerable. «El hombre, para Paz, se encierra en sí mismo», usa máscaras de macho, de cínico, de irónico, de crítico de lo que él no se atreve a hacer para ocultar su miedo al fracaso.
Descalificar al otro es una forma de no mostrar nuestra propia envidia o nuestra propia incapacidad de asumir el riesgo o simplemente de emprender. Las consecuencias pueden ser más, solo enunciaré tres. La primera es la parálisis creativa. Cuántas ideas mueren esperando el oficio, el sello, el subsidio. Creemos que, sin el logo oficial, nuestro producto no vale. Es el paternalismo colonizador vivo. La segunda es el subdesarrollo cívico. Mientras en otras sociedades el ciudadano organizado, asociado, es el que funda universidades, bibliotecas y empresas culturales, aquí seguimos esperando que lo haga el Tlatoani en turno. Somos contemporáneos de todos los hombres, como soñaba Paz, pero seguimos actuando como súbditos.
La tercera es el canibalismo. Como el reconocimiento solo vale si viene de arriba, los de abajo nos peleamos por las migajas. En lugar de celebrar que un ciudadano o un grupo civil se atreva, intentamos tumbarlo, demeritarlo. Es la lógica de la pirámide prehispánica que Paz denunció en «Crítica de la pirámide»: arriba uno solo manda, abajo todos se sacrifican. Romper esa maldición requiere un acto de madurez personal, pero también cultural e histórica.
Entender que la legitimidad no la da el gobierno, la da la obra. Que un libro vale por lo que dice, no por quién lo presentó. Que un archivo histórico vale por lo que resguarda, no por qué secretaría lo inauguró.
Paz decía que para ser nosotros mismos, teníamos que quedarnos huérfanos de una vez por todas, sin padre protector. Quizá ese es el México que nos falta fundar: el de ciudadanos que se atreven a hacer sin pedir permiso, y de una sociedad que, por fin, aprende a reconocerlos a reconocerse entre sus iguales. Y tú, que te quejas ¿Qué estás haciendo para cambiar lo que no te gusta?




















