LA MEDIDA DE LOS OTROS

ARCA
Por: Juan Carlos RECINOS

Los muchachos del Guinness Book de Manuel Parra Aguilar (Premio Internacional de Poesía Jaime Sabines 2021) pudo ser un gabinete de extravagancias o un catálogo de vidas famosas por su tamaño. No lo es. Su materia es la mirada. Alrededor de cada figura aparecen cámaras, reflectores, museos, periódicos, circos, registros, anuncios y espectadores.

Siempre hay una institución que mide, una multitud que contempla, un fotógrafo que fija. El Guinness Book funciona menos como tema que como emblema del impulso de convertir la singularidad en cifra: centímetro, peso, fecha, récord. Contra esa reducción, la poesía de Parra Aguilar intenta restituir lo que el dato no conserva: la intimidad de una vida.

El problema es que el poema mira. El poeta selecciona, recorta y convierte una existencia en lenguaje. Esa conciencia da espesor a Los muchachos del Guinness Book, porque la voz no se presenta como inocente ni pretende reparar desde afuera las crueldades del espectáculo. Está junto al fotógrafo, el periodista y el curioso; imagina conversaciones y se acerca a cuerpos convertidos antes en atracción. De ahí una tensión central: ¿puede la poesía rescatar a alguien sin apropiarse de su historia?, ¿puede mirar sin repetir la violencia de quienes miraron antes?, ¿puede volver personaje literario a quien ya fue convertido demasiadas veces en objeto público?

La poesía aparece así como riesgo, no como absolución. Cada poema se acerca a un rostro sabiendo que puede fracasar. De ahí el movimiento entre ternura, ironía, irreverencia, melancolía, humor, deseo y absurdo. Parra Aguilar evita la compasión solemne porque ella puede levantar una jerarquía entre quien observa y quien es observado. Sus gigantes y sus seres diminutos no comparecen como ejemplos edificantes: aman, comen, sudan, desean, se irritan, se casan, trabajan y mueren. Los muchachos del Guinness Book les devuelve aquello que el récord había sustraído: no una dignidad abstracta, sino el derecho a ser contradictorios.

En “La soledad de los gigantes”, primera parte de Los muchachos del Guinness Book, la altura funciona como una metáfora de la distancia. Robert Wadlow, Ella Ewing, Leonid Stadnyk, John Aasen, Charles Byrne, Sandy Allen, Anna Swan o Sultan Kösen aparecen en una geografía que oscila entre la tierra y el cielo. En el poema dedicado a Wadlow, la desmesura corporal recupera por un instante su linaje mítico: el gigante vuelve a tocar la zona de los ángeles y de las nubes. Pero la elevación no constituye un privilegio. La misma imagen que lo acerca a lo sagrado lo separa del mundo común. Cuanto más alto se encuentra el personaje, más visible resulta su aislamiento. El gigante, que en el mito pertenece al orden de lo terrible o lo sagrado, en la modernidad pertenece al orden de lo exhibible: posa para la fotografía, firma autógrafos, comparece ante un registro. La grandeza física termina administrada por una institución de la mirada.

 

«Como a esos nefilim,
hijos de los ángeles,
a Robert Wadlow le fue permitido tocar con la yema de los dedos
los cumulonimbus,
los nimboestratos» (Parra Aguilar, 2022, p. 18).

 

Esa degradación del mito es una intuición fértil. Las alusiones bíblicas a los nefilim, las referencias a Deuteronomio o al Génesis, los ecos de una antigüedad poblada por seres desmesurados conviven con el Barnum & Bailey Circus, el museo, el lobby de un hotel, una entrevista, un zapato exhibido detrás de un vidrio. Lo sagrado y lo comercial no se excluyen; se rozan de manera incómoda. El cuerpo que antes habría producido temor religioso produce ahora boleto de entrada. El prodigio ha sido domesticado por la taquilla. Parra Aguilar no escribe una elegía por un pasado mítico más puro. La historia de los cuerpos excepcionales siempre ha estado atravesada por el poder. Cortes, ferias, museos y medios han usado la diferencia como entretenimiento, prestigio o mercancía. Los muchachos del Guinness Book condensa así una historia cultural de la mirada: del bufón de corte al freak show, del espectáculo a la fotografía, de la fotografía al récord. Cambian los escenarios; persiste el mecanismo. Una sociedad confirma su idea de normalidad cuando encuentra un cuerpo al que puede llamar extraordinario.

“Extraordinario” merece sospecha. Parece elogio, pero puede ser una forma elegante de expulsión. Decir que alguien está fuera de lo ordinario implica señalar el territorio de lo ordinario y decidir quién pertenece a él. Los muchachos del Guinness Book trabaja en esa frontera. Sus personajes son admirados y apartados al mismo tiempo. La multitud se acerca, pero confirma la distancia. El espectador paga porque considera que aquello que mira no pertenece a su mundo. El poema, en cambio, trata de sabotear esa separación mediante una operación radical: imaginar que el gigante desayuna, que el enano se cansa, que la mujer registrada por su estatura quiere ser amada, que el personaje célebre preferiría salir a caminar sin ser reconocido.

La fuerza de ciertos pasajes reside en ese regreso a lo común. Donald A. Koehler aparece no sólo como un cuerpo medible, sino como alguien a quien se acompaña antes de bajar al lobby donde esperan “los muchachos del Guinness Book”. El poema detiene la maquinaria del récord en la escala mínima del cuidado: un desayuno, una corbata, unos zapatos abrochados. La escena conmueve porque desplaza el centro de interés. Ya no importa cuánto mide Donald A. Koehler, sino quién le sirve el café, quién permanece a su lado, quién conoce sus hábitos. Frente al dato, un gesto doméstico; frente a la fotografía pública, una mano que cuida. Los muchachos del Guinness Book encuentra aquí una de sus formas más convincentes de resistencia: devolver al personaje la vida que el registro deja fuera de cuadro.

 

«Yo le procuré el desayuno: un par de huevos fritos,
la amarilla yema sin reventar;
yo le traje jugo de naranja y café, pan tostado y mermelada»
(Parra Aguilar, 2022, p. 29).

 

No se idealiza la vida privada como refugio. El hogar puede ser lugar de encierro, vergüenza o vigilancia. El poema restituye dimensiones que la mirada pública había borrado. El Guinness pregunta cuánto mide un cuerpo; la poesía pregunta qué perdió, qué quiso, qué recordó, qué miedo tuvo, quién lo acompañó. La medición produce información; una vida, preguntas. La diferencia entre ambas operaciones resume buena parte de Los muchachos del Guinness Book. “Maniobras” modifica la perspectiva. Si la primera parte mira hacia arriba, la segunda obliga a mirar hacia abajo. Aparecen Junrey Balawing, Pauline Musters, Lucía Zárate, Jyoti Amge, Paulo Gabriel da Silva Barros y Katyucia Hoshino, Lavinia Warren, Ajay Kumar, Stacey Herald y otros personajes cuya pequeña estatura fue convertida en espectáculo o noticia. El cambio no es sólo de tema. La altura y la pequeñez producen dos versiones de la misma violencia: el cuerpo sometido a comparación. El centímetro se vuelve destino.

Hay algo moderno en la obsesión por medir. Censos, estadísticas, marcas y clasificaciones prometen volver comparable el mundo. Esa precisión produce conocimiento, pero también una imaginación competitiva que confunde valor con posición en una escala. El Guinness Book encarna, en su versión popular, ese deseo: todo debe ocupar un lugar y aspirar a un extremo. Cuando la singularidad humana entra en esa lógica, el cuerpo deja de ser experiencia y se convierte en resultado. Parra Aguilar introduce una falla en esa lógica. Sus poemas no preguntan quién es el más alto ni quién es el más pequeño; preguntan qué significa vivir cuando los demás recuerdan incesantemente aquello por lo que uno es diferente. En el poema dedicado a Chen Guilan y Tangyong Li, la voz rehúsa el lenguaje clasificatorio y realiza una inversión decisiva: ya no coloca la insuficiencia en los cuerpos, sino en el mundo que los rodea. El giro parece pequeño, pero modifica por completo la perspectiva. La medida deja de presentarse como una verdad natural y se revela como una convención desde la cual se organiza el espacio. No es la persona la que falla ante una escala: es la escala la que demuestra su pobreza cuando pretende contener la singularidad de una vida.

 

«no repetiremos de nueva cuenta que ellos son personas muy bajas:
mejor diremos que el cielo les es muy alto»
(Parra Aguilar, 2022, p. 53).

 

Ese movimiento altera la percepción sin convertirse en consigna. Una puerta alta, una cama inadecuada, una mirada inclinada o un escenario desproporcionado revelan que lo que llamamos “normal” es una arquitectura. Objetos, edificios, hábitos y lenguajes han sido construidos alrededor de un cuerpo promedio; después llamamos excepción a quien no coincide con ese diseño. La poesía cambia la perspectiva y deja visible la trampa. Por eso arriba y abajo exceden la anatomía. En Los muchachos del Guinness Book, la verticalidad es social: mirar desde abajo puede significar admirar o ridiculizar al gigante; mirar desde arriba puede infantilizar a la persona pequeña. Toda mirada ocupa un lugar y ese lugar contiene poder. Parra Aguilar descompone esa relación desplazando al observador entre terrazas, aceras, habitaciones, museos, trenes y sets de filmación. El lector nunca recibe un punto de vista definitivo: debe moverse y descubrir que su mirada tiene altura.

Ahí cobran sentido los epígrafes de Jacques Rancière y Rudolf Arnheim. La asociación del espectador y la división visual de la imagen anuncian una poética: ver no consiste en recibir pasivamente una forma, sino en organizar distancias y jerarquías. Los muchachos del Guinness Book coloca al lector entre curiosidad y culpa, ternura y morbo, deseo de acercarse y conciencia de que acercarse puede invadir. La lectura se vuelve una prueba de la mirada. Esta incomodidad impide el sentimentalismo. Parra Aguilar mezcla humor, vulgaridad, erotismo, coloquialismos, anglicismos y referencias mediáticas. La dicción de Los muchachos del Guinness Book rehúsa la pureza: pasa de la resonancia bíblica a la conversación, de la imagen delicada al golpe verbal, de la cultura al circo. Esa mezcla reproduce un mundo donde lo extraordinario convive con lo banal y donde la solemnidad corre el riesgo de convertirse en vitrina.

La cámara aparece una y otra vez en Los muchachos del Guinness Book porque representa el instante en que una persona corre el riesgo de quedar reducida a superficie. Fotografiar es conservar, pero fijar. El caso de Lucía Zárate vuelve especialmente dolorosa esa ambivalencia. En medio de afiches, reflectores, viajes y salarios, el poema no pregunta cuánto mide la mujer exhibida, sino por aquello que la escena pública no puede devolverle: la posibilidad de una casa, una intimidad, una sonrisa fuera del espectáculo. La casa de muñecas deja de ser una imagen pintoresca y se convierte en una pregunta por el lugar propio. El archivo conserva una pose; la poesía intenta imaginar la pérdida que esa pose no alcanza a registrar. Allí comienza la verdadera gravedad de la mirada.

 

«¿Dónde ha quedado su casa de muñecas, su casa donde
podía estar, su sonrisa?»
(Parra Aguilar, 2022, p. 59).

 

Los muchachos del Guinness Book plantea una pregunta presente en toda literatura basada en personajes reales: ¿hasta dónde se puede inventar? Parra Aguilar no oculta su respuesta. Inventa abiertamente. No reconstruye biografías con exactitud documental. Mezcla datos verificables con escenas imaginarias, anacronismos, desplazamientos y conversaciones imposibles. Bud Rogan puede escuchar que estamos en el siglo XXI; personajes muertos vuelven a hablar; el poeta se presenta como testigo de situaciones que jamás presenció. Esta libertad no debilita el libro porque su pacto no es histórico sino lírico. La imaginación no busca falsificar el archivo: busca mostrar aquello que el archivo no puede decir. El archivo sabe fechas; no sabe soledad. Sabe estaturas, no vergüenza. Sabe causas de muerte, no el deseo de otra vida. Puede registrar el tamaño de un zapato, pero no la incomodidad de quien tuvo que usarlo. La poesía entra por esa grieta. No corrige el documento: lo vuelve insuficiente.

En Charles Byrne, por ejemplo, la posteridad museística adquiere un sentido perturbador. El cuerpo que no quería ser diseccionado termina convertido durante generaciones en pieza de exhibición científica. Más allá de la historia concreta, Los muchachos del Guinness Book descubre una paradoja: incluso después de la muerte, ciertos cuerpos continúan siendo observados. No basta morir para escapar de la mirada. El museo, que conserva conocimiento, puede prolongar una forma de posesión. Por eso la pregunta por su último deseo incumplido corta el poema como una acusación sobria. De pronto, el problema ya no consiste en lo que una institución puede aprender de un cuerpo, sino en el límite que debería imponerle la voluntad de quien lo habitó. La mirada deja de ser curiosidad: se vuelve responsabilidad.

 

«¿Por qué aún no se cumple tu último deseo?»
(Parra Aguilar, 2022, p. 25).

 

La madurez de Los muchachos del Guinness Book está en no resolver del todo lo que plantea. Una lectura menor distribuiría papeles: de un lado los explotadores, del otro los explotados; de un lado la mirada cruel, del otro la poesía salvadora. Parra Aguilar sabe que la realidad es más turbia. El espectador puede amar aquello que contempla y, sin embargo, participar del mecanismo que lo exhibe. La cámara puede humillar y preservar. El archivo puede reducir una vida y evitar que desaparezca. El poema puede acompañar y apropiarse. No hay pureza al mirar. Por eso importa la ironía contra la poesía. Varias veces Los muchachos del Guinness Book desconfía de la retórica, se burla del heroísmo, llama “maldita” a la escritura de un poema o declara insuficiente la verdad. Es una forma de autovigilancia. El poeta sabe que la belleza puede volverse una segunda vitrina si embellece el sufrimiento hasta volverlo agradable. La salida consiste en romper la fluidez: introducir una palabra vulgar, un detalle doméstico, una frase que desinfla la solemnidad. Esos quiebres devuelven personas, no símbolos.

Tal vez por eso uno de los núcleos afectivos de Los muchachos del Guinness Book sea el amor, aunque nunca aparezca como consuelo fácil. Amor de pareja, fraternidad, deseo, cuidado, complicidad; pero amor enfrentado a la precariedad material. El poema de Yao Defen lo expresa con una crudeza que desarma cualquier sentimentalismo: querer a alguien no basta para pagar una cama digna. Ese detalle devuelve el cuerpo a la historia social. Quien ama no es sólo objeto de observación: es sujeto de deseo, necesidad y vulnerabilidad. La mirada espectacular pregunta “¿cómo es ese cuerpo?”; el poema pregunta qué necesita, qué desea, qué no pudo obtener. Entre ambas preguntas se juega una diferencia decisiva: una clasifica; la otra reconoce una existencia.

 

«Yao Defen sólo quiso una cama decente que tanto amor
no pudo pagar»
(Parra Aguilar, 2022, p. 33).

 

La pregunta no es qué tan altos o bajos son estos personajes, sino qué tan estrecha puede ser nuestra forma de verlos. La monstruosidad —palabra que Los muchachos del Guinness Book problematiza— cambia de lugar: puede residir en la mirada que sólo sabe reconocer una excepción, en la multitud, la etiqueta, el afiche, la estadística o la risa. El cuerpo señalado funciona como espejo de quien señala. Esta inversión explica su efecto final. Al comenzar, Los muchachos del Guinness Book parece tratar de seres fuera de medida; al terminar, sospechamos que el verdadero objeto de examen somos nosotros. ¿Qué esperamos encontrar cuando miramos una fotografía de Robert Wadlow o Lucía Zárate? ¿Asombro, compasión, superioridad, identificación? ¿Por qué cierta diferencia despierta curiosidad? ¿Qué hacemos con esa curiosidad? La poesía devuelve la pregunta al lector.

El último poema de “Maniobras” reorganiza Los muchachos del Guinness Book. Después de tantas alturas, medidas, nubes y cuerpos comparados, la voz ya no pregunta cuánto mide una persona: interroga el punto desde el cual hemos estado midiendo. La pregunta final destruye la seguridad del referente. Suponíamos que el suelo era lo estable, la base objetiva desde la cual se ordenaba todo lo demás. De pronto el suelo necesita ser medido. La normalidad pierde su pedestal y el lector descubre que no existe una mirada sin posición. Lo decisivo no es únicamente la altura de los otros, sino el lugar desde donde nosotros creemos tener derecho a calcularla.

 

«Dime,
¿qué tan abajo se encuentra el suelo?»
(Parra Aguilar, 2022, p. 78).

 

Ahí está una conquista. No pide que dejemos de ver las diferencias; sería ingenuo y otra forma de negación. Pide algo más difícil: aprender a ver sin convertir inmediatamente la diferencia en jerarquía. Ver un cuerpo sin traducirlo enseguida a superior o inferior, admirable o grotesco, récord o fracaso. Ver su singularidad. La poesía restablece relaciones allí donde el hábito las ha separado. Los muchachos del Guinness Book participa de esa confianza en el poema, pero introduce una sospecha decisiva: la escritura tampoco está fuera de lo que critica. También selecciona, encuadra y nombra. Su posibilidad de no convertirse en otra vitrina depende de conservar abierta la pregunta sobre su mirada y aceptar que ninguna palabra posee por completo a quien nombra.

 

Por eso las mejores páginas no son sólo las más vistosas, sino aquellas donde el lenguaje parece corregirse mientras avanza. “Hablaremos en otra ocasión”, “no sé por qué lo hice”, “tal vez”, “quizás”, “yo quisiera saber”: esas vacilaciones son una forma de respeto. La certeza pertenece al catálogo; la poesía empieza cuando la certeza se vuelve insuficiente y se niega a clausurar al otro. Ésa es la diferencia entre registro y poesía. El registro dice: éste fue el hombre más alto, ésta fue la mujer más pequeña, éstos fueron sus centímetros, éste fue su año de nacimiento, ésta la causa de su muerte. La poesía pregunta: ¿tuvo frío?, ¿quién lo esperaba al volver a casa?, ¿qué soñaba?, ¿qué palabra odiaba?, ¿qué hubiera querido que no miráramos?, ¿qué parte de su vida quedó fuera de la fotografía? Allí termina el registro y comienza la incertidumbre humana. Esa incertidumbre puede ser el verdadero lugar de la dignidad. No vuelve misteriosa a la persona. Nadie cabe por completo en una categoría, una enfermedad, una medida, una fotografía, una biografía o un poema. Tampoco cabemos nosotros, los que miramos. Al devolver esa insuficiencia, Parra Aguilar transforma su galería de cuerpos extraordinarios en una meditación sobre la condición común.

Los gigantes descienden y los pequeños crecen, no porque sus cuerpos cambien, sino porque la escala pierde autoridad. La poesía ha movido el instrumento de medición. Ya no sabemos quién está arriba y quién abajo, quién observa y quién es observado, quién pertenece al espectáculo y quién se encuentra fuera de él. Esa confusión constituye quizá la forma más lúcida de la lectura. Tal vez por eso Los muchachos del Guinness Book permanece. No por la rareza de sus personajes, sino porque convierte la curiosidad en incomodidad íntima. Entramos mirando a los otros y salimos descubriendo nuestra mirada. El registro Guinness mide cuerpos; el poema, cuando acierta, mide la distancia que nos separa de ellos. Así revela algo que ningún récord registra: que la verdadera desmesura no está en la altura de un hombre ni en la pequeñez de una mujer, sino en todo aquello que una mirada es capaz de ignorar cuando cree que ya ha visto suficiente. Esa es la inversión de Los muchachos del Guinness Book: los cuerpos que parecían sometidos a examen terminan examinando la escala desde la cual los contemplamos.

 

REFERENCIAS:

 

Parra Aguilar, M. E. (2022). Los muchachos del Guinness Book. Consejo Estatal para las Culturas y las Artes de Chiapas.