HIDALGO, DESDE UN MORELOS

HIDALGO, DESDE UN MORELOS
Por: Noé GUERRA PIMENTEL

“Que me excomulgarán primero, dicen que la muerte de la carne no es suficiente castigo para mí. Que me dejé llevar por los apetitos… de la carne, que soy propenso a la ira y a la libertad. Y hoy vendrán y me arrancarán las vestiduras, mi hábito de cura y me condenarán a las sombras eternas”.

Fragmento de: Delirium Bicentenarium Tremens, del dramaturgo Cesar Anguiano.

 Este martes 15 de septiembre, caracterizado de Morelos, a invitación del Ayuntamiento de Colima a través de su área de cultura, ante cientos de personas que se congregaron con el motivo del tradicional grito en el jardín de la localidad de Los Tepames, ofrecí este breve monólogo de mi autoría fundado en el hecho histórico, abriendo con el fragmento anterior para dar paso a la narración:

La última vez que lo vi, fue en Charo, camino Indaparapeo el 20 de octubre de 1810, cuando me delegó esta misión que hoy me trajo hasta aquí. Soy José María Teclo Pérez Morelos y Pavón, nací en Valladolid el 20 de octubre de 1765, ciudad a la que, en mi honor, le cambiaron nombre el 12 de septiembre de 1828. Este 22 de diciembre estoy en San Cristobal Ecatepec, esperando entre cuatro paredes, en unas horas, a mis 50 años seré fusilado por alta traición como a él, como Hidalgo, mi mentor, a quién después de Allende y Aldama y otros más, fusilaron y decapitaron en Chihuahua hace 4 años, aquel 30 de julio de 1811, tenía 58 años de edad.

Le conocí en la Universidad de San Nicolás de mi natal Valladolid, él rayaba los 37 años y era catedrático con ganada fama de apostador, jugador y… mujeriego. Era pudiente y de influencias, se le notaba. Tiempo después fue rector y de vez en vez, en ese periodo hacía suplencias en parroquias cercanas, como la de Santa Clara. Yo andaba en los 25 y con mis ahorros de trabajo en el campo y la arriería, pude retomar la escuela aquel 1790, lo que 7 años después me permitió ordenarme, para oficiar en Churumuco, Carácuaro y Nocupétaro hasta 1810.

Supe que, enviado por el Obispo San Miguel, mi maestro había marchado como cura interino a la Villa de Colima a donde, deduzco, partió en febrero de 1792; a principios de marzo recibí carta de él, contándome que se había llevado a “su sirvienta” Manuela Ramos Pichardo con sus 2 hijos, Agustina y Lino Mariano, así como a un hermano y al sirviente, un afrodescendiente, como yo; y me dio nueva de que don Luis de Gamba y González, su amigo, había sido nombrado subdelegado para la misma Villa y que allá vivía con su muy joven esposa doña Ana María Pérez Sudayre.

En Colima entre cocos y palmeras, tardeadas, calor y kermeses, don Miguel Gregorio Antonio Ignacio Hidalgo Costilla Gallaga Mandarte y Villa-señor, como se llamaba; se dio tiempo para oficiar supliendo al cura Francisco Ramírez de Oliva, amancebando, según informaciones a 489 parejas, en contraste con 2 bautizos, en 8 meses que estuvo en aquel lugar donde le iba mejor, ganaba más que acá reuniendo todos sus quehaceres, aunque lejano del centro político de esta diócesis de Valladolid de la que dependía.

Regresó a esta capital de la Intendencia a principios de diciembre, después de la parroquia de aquella Villa del Partido de Colima; no coincidimos. El 24 de enero de 1793 ya despachaba como párroco de San Felipe, donde, entre tertulias y vodeviles, se regocijó con la bella Josefa Quintana, hija del mandamás del pueblo, a la que le dejó dos sobrinas, María Josefa y Micaela; ahí, en su Francia chiquita, fue cura hasta el 6 de octubre de 1803, cuando en suplencia de su hermano José Joaquín, fallecido el 20 de septiembre de ese año, tomó la titularidad de la Parroquia de Dolores.

Cuando se desentendía de Viviana Lucero, a la que le dejó un sobrino de nombre Joaquín; recibía la visita de su compadre Luis de Gamba quien, con doña Ana María, provenientes de Guadalajara, concurrían acompañados por su hija concebida en Colima, Mariana Francisca Teodosia Paula de Gamba y Pérez Sudayre, a la que, por su parecido con Fernando VII, le apodarían La Fernandita, y con quien el cura se encontraría en la capital tapatía en diciembre de 1810, pasando por eso a la historia en los juicios a los que fue sometida, aunque con incierto final.