APUNTES PARA EL FUTURO
Por: Essaú LOPVI
Hace años que perdí el interés genuino por el futbol.
No por el deporte en sí. No por ese juego simple que se puede practicar con una pelota vieja en una cancha de barrio o en un terreno baldío. Perdí el interés por todo lo que se construyó alrededor de él.
Perdí el interés por la FIFA. Por sus escándalos de corrupción. Por sus dirigentes millonarios. Por sus decisiones incomprensibles. Por la sensación permanente de que el dinero vale más que el deporte. Por la impresión de que los grandes torneos cada vez se parecen más a un espectáculo comercial cuidadosamente diseñado que a una competencia deportiva auténtica.
Quizá sea injusto. Quizá sea exagerado. Pero durante años el futbol profesional ha acumulado demasiadas sospechas, demasiados privilegios para unos cuantos y demasiadas decisiones que parecen favorecer al negocio antes que a la competencia.
Los boletos para asistir a un partido de un Mundial son hoy un lujo inaccesible para millones de personas. Paradójicamente, el deporte más popular del planeta, el juego de las masas, el juego de los pobres, el juego que nació en las calles, se ha convertido en un espectáculo reservado para quienes pueden pagar cantidades obscenas de dinero.
Y sin embargo, en medio de todo eso, este Mundial me ha recordado por qué alguna vez amé el futbol.
No por las grandes potencias. No por los gigantes europeos. No por las selecciones que llegan respaldadas por contratos multimillonarios, patrocinios globales y campañas publicitarias.
Para mi, lo mejor de este Mundial ha sido el otro Mundial. El de los que nadie esperaba.
El de los que llegaron sin reflectores. El de los que juegan porque todavía creen en el honor y la honestidad.
Ahí están Cabo Verde, Curazao, Jordania, Uzbekistán, Túnez, Haití, Marruecos, Egipto y especialmente Irán.
Equipos que en el papel parecían destinados a ser simples invitados de una fiesta organizada para otros. Equipos que llegaron con menos presupuesto, menos figuras, menos fama y menos poder.
Pero con algo que muchas veces parece faltar en las grandes potencias futbolísticas: Hambre. Hambre de competir. Hambre de demostrar. Hambre de representar algo más grande que ellos mismos.
Mientras algunos gigantes juegan calculando contratos, valor de mercado y futuras transferencias, estas selecciones juegan como si cada partido fuera una cuestión de orgullo nacional. Y eso se nota.
Se nota cuando Cabo Verde le roba puntos a selecciones históricas. Se nota cuando Curazao resiste durante noventa minutos contra rivales infinitamente superiores en recursos.
Se nota cuando Jordania y Uzbekistán dejan el alma en cada balón dividido.
Y se nota especialmente en Irán. Porque más allá de simpatías o diferencias políticas, resulta imposible no reconocer la resiliencia de un equipo que llegó al torneo envuelto en polémicas, obstáculos y tensiones geopolíticas, pero que decidió responder donde realmente importa: en la cancha.
Mientras otros hablan, ellos juegan.
Mientras otros presumen, ellos compiten.
Mientras otros calculan, ellos creen.
Por eso son los verdaderos protagonistas de este Mundial 2026. No porque vayan a levantar la copa. Probablemente no lo hagan. La historia nos dice que al final casi siempre terminan imponiéndose las grandes estructuras, los grandes presupuestos y las grandes potencias futbolísticas.
Pero hay algo que estas selecciones ya ganaron. El respeto. La admiración. Y el cariño de millones de aficionados cansados de ver al futbol convertido en un negocio. Estos equipos modestos desafían todos los pronósticos, nos recuerdan algo fundamental: que el futbol no nació en las oficinas de la FIFA ni en los palcos VIP. Nació en la calle. Nació entre personas comunes. Nació donde la pasión valía más que el dinero.
Quizá por eso las llamadas «cenicientas» siempre terminan siendo las favoritas de la gente.
Porque representan lo que muchos sentimos que el futbol perdió hace tiempo.
La honestidad. La entrega. La rebeldía. La posibilidad de que el más pequeño pueda derrotar al más poderoso. Y mientras exista una selección capaz de salir al campo con esa convicción, habrá esperanza para este deporte.
Aunque la FIFA siga empeñada en convertirlo en un negocio. Aunque los patrocinadores sigan creyendo que son dueños del espectáculo. Aunque los boletos sean cada vez más caros. Aunque el dinero siga mandando. Porque el verdadero Mundial no está en los palcos. No está en los contratos. No está en las oficinas de FIFA. Está en esos equipos que juegan con el corazón cuando todos los demás juegan con la calculadora. Ese es el Mundial que todavía vale la pena ver.
Puede se que la mayor ironía del futbol moderno sea que mientras la FIFA convierte el Mundial en un negocio global, son los equipos más ‘pobres’, los más modestos y los más ignorados quienes todavía nos recuerdan de qué se trataba este juego, el deporte de las masas.



















