Una Poca de Gracia
Por: Carlos Alberto PÉREZ AGUILAR
Hubo un tiempo en que creí en la política. Lo digo convencido.
Mi padre fue candidato a la presidencia municipal de Manzanillo en tres ocasiones: 1988, 1991 y 1997, representando a distintos partidos de oposición al PRI, que entonces dominaba prácticamente todos los espacios de poder.
Cuando eres niño y caminas por las calles vistiendo una camiseta con el nombre de tu padre estampado al frente, rodeado de personas que depositan en él sus esperanzas y su confianza, sientes orgullo. Crees que la política es algo grande, algo capaz de transformar vidas.
Así la veía yo.
La política la viví, siendo un niño, con pasión. No eran solamente las campañas o los discursos. Eran las noches armando banderas, separando playeras y gorras, abriendo las puntas de las calcas para pegarlas, repasando los jingles, los diálogos, el monitoreo de entrevistas de radio, revisar y recortar las publicaciones en los periódicos; organizar, desde el comedor de alguna casa, las estrategias para los mítines de los días siguientes. En ese tiempo yo sólo escuchaba, era sólo un niño.
En esas charlas de adultos oí hablar de ideales. Conocí personas, que se veían como los personajes que aparecían en los relatos históricos de la casa de la Corregidora; mujeres y hombres reunidos en la sala, quienes asumían la búsqueda de un cargo de elección popular como una responsabilidad histórica, no como una oportunidad de empleo.
Vi acompañando a mi padre a señoras y señores (en ese tiempo jóvenes) que en esos días se veían convencidos de que podían dejar huella en su comunidad, independientemente de un resultado electoral.
También, debo decirlo, veía una energía de arraigo en los apasionados políticos del PRI y su enorme estructura en sindicatos, barrios y colonias que pintaban bardas sin parar, convencidos de lo que ellos defendían. El no compartir ideas no es razón para destruir comunidades, sino para fortalecerlas; el tiempo abrió esta oportunidad.
Admiro a mi padre. Lo admiro porque enfrentar al partido hegemónico desde las filas del PAN y después desde el PRD como candidato ciudadano, con el apoyo de algunos amigos de la CANACO, de la Caja Popular, de los clubes deportivos de beisbol, futbol y ciclismo requería algo más que ambición política: exigía convicción, valentía y franqueza consigo mismo. Creer que era posible hacer algo… y sí lo hizo, porque fue parte de la construcción de una oposición social que impactó, años después no sólo a Manzanillo, sino a todo el país.
Hoy, cuando falta apenas un año para un nuevo proceso electoral, ahora en el año 2027, sigo viendo nombres de aquella época. Veo a personajes que surgieron de movimientos que lucharon contra corriente, que abrieron brecha y que construyeron alternativas cuando parecía imposible hacerlo.
Veo en el presente a algunos alcanzaron el poder y perdieron el rumbo, a otros que ayudaron a consolidar partidos que hoy han desaparecido o están por desaparecer, porque no hubo quien protegiera la esencia y los ideales de lo que fueron alguna vez.
¿Cuándo la política dejó de ser una lucha por ideales para convertirse en una carrera profesional con ascensos, promociones, escalafones y modelos franquíciales?
El sociólogo Max Weber distinguía entre quienes viven «para la política» y quienes viven «de la política». Quizá el problema de nuestro tiempo es que cada vez abundan más los segundos y escasean los primeros.
Los partidos políticos han ido perdiendo su esencia. Cada vez son menos las personas que desean identificarse plenamente con alguno de ellos. No porque hayan desaparecido las diferencias ideológicas, sino porque muchos ciudadanos perciben que las organizaciones políticas han dejado de ser instrumentos de representación para convertirse en franquicias controladas por grupos específicos. Espacios donde las decisiones más importantes suelen responder a intereses internos antes que a las necesidades de la sociedad.
La consecuencia es evidente: el mérito ha perdido valor. La trayectoria, la reputación y el trabajo comunitario ya no siempre son los factores determinantes para acceder a una candidatura. En muchos casos, las carreras políticas se construyen desde la estrategia, la publicidad y el posicionamiento mediático, más que desde el contacto genuino con las personas. Pareciera que la cercanía se mide en cálculos y no en relaciones; en alcance y no en compromiso.
No hablo únicamente del presente ni de un partido en particular. Sería injusto hacerlo. Si Morena ha logrado ocupar el espacio político predominante de nuestro tiempo es porque encontró terreno fértil en un proceso de desgaste que lleva décadas gestándose, han construido una marca muy valiosa, con poder y control, en el que existen personas buenas y otras tanto que son no gratas, como, al final, pasa en todos los partidos políticos.
Durante más de veinticinco años la política que hemos vivido se ha alejado gradualmente de la ciudadanía. Primero por las condiciones de inseguridad que limitaron la cercanía, justificando, en muchos casos, el desinterés; después, porque muchas decisiones comenzaron a tomarse desde el escritorio, porque la oficina es más conveniente y menos ruidosa; hay menos margen de error.
La lógica económica y electoral terminó sustituyendo a la conversación directa con la gente a la que sólo basta con visitar cada tres años, porque se ha convertido en una generación que tampoco tolera a la política actual que parece lejana, hasta vergonzosa.
Los cargos de elección popular se perciben como algo ajeno, previamente decidido, con escasa competencia real y con pocos liderazgos surgidos de manera natural desde la sociedad. Los cuadros políticos parecen cada vez más diseñados y menos construidos. Más calculados y menos auténticos.
Sin embargo, esa no es mi principal preocupación.
Lo que verdaderamente me inquieta es otra cosa: que a la sociedad cada vez nos importe menos quién gobierna.
Porque cuando los ciudadanos dejamos de interesarnos por la política, no desaparece el poder. Lo único que desaparece es nuestra capacidad para influir en él.
Tal vez el problema no sea únicamente que la política haya cambiado. Tal vez también hemos cambiado nosotros. Hemos dejado de exigir, de participar y de creer que nuestra voz puede hacer una diferencia. Como advirtió Platón hace más de dos mil años, «el precio de desentenderse de la política es ser gobernado por los peores hombres».
Y quizá ahí radica la verdadera amenaza para una democracia: no en la fortaleza de quienes buscan el poder, sino en la indiferencia de quienes renuncian a vigilarlo.
No extraño la política de antes. Sería ingenuo pensar que alguna vez fue perfecta. También tuvo excesos, simulaciones y desencantos. Lo que extraño es el momento en que todavía creíamos que podía cambiar las cosas. Extraño las conversaciones sobre ideales, las discusiones sobre proyectos de comunidad, la convicción de que la participación ciudadana podía inclinar el rumbo de una ciudad o de un país.
Porque sin ciudadanos comprometidos, ninguna democracia puede sostenerse mucho tiempo.
La política no debería ser una profesión destinada a unos cuantos. Debería ser, como alguna vez la conocí, una causa capaz de convocar ideales, construir comunidad y despertar esperanza. No importando si se gana o se pierde. Honrar la competencia para sembrar sociedad, justicia, realidades, igualdad, oportunidades… no polarización.
Y aunque los partidos hayan cambiado, aunque los liderazgos sean distintos y aunque el desencanto parezca imponerse, todavía estamos a tiempo de recordar que la democracia no se muere en las urnas. Vive o muere en el interés que los ciudadanos conservemos por los asuntos públicos.
No extraño la política de antes. Extraño el momento en que creíamos que la política y los políticos podían cambiar las cosas.



















