La ciencia detrás
Por: Efrén MURILLO ZAMORA
En la consulta solemos preguntarle a una persona mayor por su azúcar y su presión. Casi nunca le preguntamos con quién come, y esa respuesta puede decir mucho sobre su riesgo de deprimirse.
La depresión en personas mayores es uno de los problemas de salud pública menos atendidos, en buena parte porque suele confundirse con «cosas de la edad» y porque en la consulta rara vez hay tiempo para preguntar por ella. Pero la tristeza persistente no es parte normal de envejecer. Cuando por fin se detecta, ya afectó la funcionalidad, el apego al tratamiento de otras enfermedades y la calidad de vida.
En colaboración con colegas del Centro Médico Nacional Siglo XXI del IMSS, especialistas en envejecimiento, analizamos datos de más de 1,200 adultos mayores derechohabientes en la Ciudad de México. Alrededor de uno de cada diez tenía síntomas depresivos clínicamente relevantes, con mayor frecuencia en mujeres. Lo que más pesó no fue una enfermedad ni un medicamento, sino algo más cotidiano, sentirse con poco apoyo y estar en riesgo de aislamiento social.
Para llegar ahí usamos herramientas de aprendizaje automático, una rama de la inteligencia artificial, junto con la estadística tradicional. Su valor no estuvo en predecir mejor quién se deprime, sino en mostrar patrones que los métodos convencionales, pensados para relaciones fijas y en línea recta, tienden a pasar por alto.
Dos de esos patrones llaman la atención. El primero es que el efecto de ser mujer o de tener cierta edad no actuó por sí solo, sino que dependió de otros factores, sobre todo del apoyo con el que cuenta cada persona. El segundo es que el riesgo según la edad tuvo forma de U. Fue mayor alrededor de los 60 años, cuando suelen llegar la jubilación y el cambio de rol en la familia, bajó a mediados de esa década y volvió a subir después de los 75, cuando se acumulan las pérdidas y el deterioro físico.
Las enfermedades crónicas también cuentan, aunque de una forma particular. En quienes viven con diabetes o hipertensión, el riesgo no dependió tanto del diagnóstico como de que ya hubiera complicaciones, como daño en la vista, en los riñones o en el corazón.
El peso del apoyo social coincide con lo que se ha observado en otros países. En Estados Unidos, un estudio que siguió durante varios años a más de 3,000 personas de entre 57 y 85 años encontró que una red social reducida llevaba a sentirse aislado, y que esa sensación, a su vez, antecedía a más síntomas de depresión. En el Reino Unido, una revisión de estudios de seguimiento estimó que los adultos que se sienten solos con frecuencia tienen más del doble de probabilidad de desarrollar depresión.
Esto tiene una implicación práctica. Existen cuestionarios breves, validados en español, que miden qué tan amplia es la red social de una persona y cuánto apoyo percibe. Se responden en pocos minutos y podrían formar parte de la consulta de rutina, pero hoy casi no se usan. Para las familias, el mensaje es igual de concreto. La llamada, la visita y la comida compartida no son solo cortesía, también protegen la salud mental.
No se trata de restarle importancia al tratamiento médico, que en muchos casos es necesario. Se trata de reconocer que lo más protector suele estar en la gente que rodea a la persona, no en el frasco de pastillas. Preguntar cómo está alguien también es una forma de cuidarlo.
Referencias
González-Ramírez IA, Murillo-Zamora E, Dávila-Uribe D, et al. Depressive symptom predictors in older Mexican adults: Interaction structures and nonlinear effects from machine learning explainability. Arch Med Res. 2027;58:103507. https://doi.org/10.1016/j.arcmed.2026.103507
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