Todos tenemos un momento Syntek

Mucho Gusto
Por: Alberto LLANES

Hay días en los que uno quisiera subirse a una tarima, tomar el micrófono y decirles a todos lo que piensa. De hecho, creo que todos hemos tenido un momento Syntek. La diferencia está en que algunos tenemos la fortuna de que nadie nos está grabando con un teléfono celular, ni estamos sobre un escenario o somos famosos; sino que, en la sala de nuestra casa, con nuestros invitados en petit comité y, envalentonados por unas buenas cervezas de La Costa, sobre todo Lunada, lanzamos improperios sin ni son. Nadie graba, algunos hasta nos apoyan y todo termina en risas y sin arreglar nada.

Lo ocurrido con Aleks Syntek durante su presentación del 15 de septiembre en la alcaldía Benito Juárez dio para memes, críticas, videos virales y toda clase de comentarios. El cantante interrumpió varias veces su concierto para reclamar al público por las canciones que le pedían, hablar de sus diferencias con el reguetón y cuestionar el poco apoyo que, según él, reciben otros músicos mexicanos. Después explicó que parte de su enojo se debió a que, desde el escenario, habría visto que algunas personas lanzaban elotes y cervezas hacia niños y adultos mayores y lo estaba haciendo evidente. Hasta ahí, uno puede entender la molestia. Tampoco voy a satanizar más de lo que ya está satanizado el cantante mexicano.

Si alguien está agrediendo a un niño o a una persona mayor, lo mínimo que podemos esperar de quien está frente a un escenario es que no se haga de la vista gorda y haga algo. Pero una cosa es defender a alguien de una agresión y otra muy distinta es convertir un concierto en una especie de terapia colectiva o de agresión colectiva. Y ahí está, me parece, la parte interesante de esta historia. Porque, repito, todos/as tenemos o hemos tenido un momento Syntek. Y el mismo cantante lo ha reconocido, habría mejor nada más, ha dicho, haber informado de esta agresión con elotes y cervezas a los policías… pero, bueno… Tenemos, todos y todas, días en los que estamos cansados, enojados, frustrados, hartos de que no nos entiendan, convencidos de que tenemos razón y con unas ganas tremendas de decirle al mundo: “¡A ver, ahora sí, escúchenme!”. Dando, claramente el chavorrucazo como el de Syntek. El problema no siempre es tener ese momento. El problema es no saber dónde tenerlo.

Uno puede llegar a casa después de un mal día y decirle a la pared todo lo que piensa. O a un saco de boxeo ponerle la foto de tu enemigo/a, de quién te hizo ver ese día tu suerte y desquitarte ahí, a mano limpia. Se le puede llamar a un amigo. Puede uno escribirlo, borrarlo y volverlo a escribir. Podemos salir a caminar, escuchar música, tomarnos un café o, incluso, hasta guardar silencio. Lo que quizá no conviene es hacerlo frente a miles de personas que fueron a escucharte cantar. Porque el escenario también tiene reglas. Cuando alguien compra un boleto, o cuando asiste gratuitamente a una presentación pública, espera encontrarse con un artista y con su música. No necesariamente con los problemas personales del artista, sus frustraciones, sus pleitos con la industria o sus diferencias con los gustos musicales del público. Y esto no significa que el artista no pueda hablar. Claro que puede. La música también es opinión, memoria, postura, inconformidad y hasta enojo. Muchos grandes conciertos han sido, además de espectáculos, espacios para decir cosas importantes.

Pero hay una diferencia enorme entre comunicar algo y descargar algo. Y quizá ahí estuvo el verdadero problema de aquella noche. Porque además vivimos en una época en la que todo queda registrado. Antes uno tenía una mala noche y al día siguiente quedaba como una mala noche. Ahora una mala noche puede convertirse en millones de reproducciones antes de que uno siquiera haya desayunado. Después de la polémica, Syntek pidió calma y afirmó que el tiempo le daría la razón. Posteriormente, anunció que se alejaría de México durante un tiempo, al considerar que hacerlo representaba una forma de cuidar su salud mental y espiritual. Y quizá también hay algo que aprender de eso. No todo tiene que resolverse en público. A veces hay que bajarse del escenario. A veces hay que apagar el micrófono. Hay que respirar y reconocer que estamos enojados antes de seguir hablando. A veces, simplemente, necesitamos encontrar el lugar correcto para decir lo que traemos atorado. Porque sí: todos podemos tener un momento Syntek.

El profesor que explota en clase. El padre que llega cansado a casa. El jefe que pierde la paciencia. El conductor que se pelea con medio mundo porque alguien se le atravesó. El periodista que escribe con el hígado. El amigo que manda un mensaje a las tres de la mañana y que al día siguiente quisiera borrarlo pero que ya no puede hacerlo. Todos.

La diferencia está en aprender a reconocer ese momento antes de que el momento nos reconozca a nosotros. Y, sobre todo, aprender algo que parece sencillo, pero no siempre lo es:

no todo lo que sentimos tiene que decirse inmediatamente, ni delante de todos, ni desde el lugar en el que nos encontramos. Así que, si algún día tienes tu momento Syntek, no te preocupes. Tómate cinco minutos (acuérdate de ese comercial de la televisión de contar hasta diez). Respira. Piensa. Y busca dónde. Porque hasta para enojarse hay que tener un poquito de buen gusto…