*Dislates*
*Salvador Silva Padilla*
En Singapur se ha puesto en marcha un programa piloto de promoción de la lectura en el que pagan por leer. Simple, directo.
Funciona de la siguiente manera: te inscribes en una app y lees 15 minutos al día. Cada sesión te da 20 monedas virtuales. Para monetizar solo cuentan los primeros 15 minutos y solo te cuenta una sesión al día.
Cuando juntas mil monedas, (es decir, un total de 50 días leyendo), esas monedas se cambian por un dólar de Singapur. -alrededor de 14 pesos-. Obvio, no es para hacerse millonario. Le pregunté a mi matemático de cabecera (Héctor, mi hermano) que en cuánto tiempo una persona juntaría un millón de pesos por este medio, su respuesta fue que se tardaría poco más de 3 millones 571 mil días. Su equivalente en años es de 9 mil 778 años. Si uno dispusiera de ese tiempo, se podría leer completita la Biblioteca de Babel.
Con lo que te dan por leer 50 días, apenas te ajusta para comprar un Gansito. Leer durante un año te aporta ingresos de 100 pesos (97 para ser exactos). De esta manera no hay incentivos para hacer trampa. (Y si además te meten a la cárcel dos años por contrabandear chicles, no quiero imaginar qué pueden hacer si intentas inflar tu tiempo de lectura). Es más bien una especie de juego o competencia personal; semejante a las apps para contar pasos donde se fijan metas diarias de caminar 10 mil pasos.
Este programa, aunque si bien va dirigido a todas las edades, por funcionar a través de una app, y al ofrecer una recompensa (simbólica, pero recompensa al fin), busca atraer sobre todo a los jóvenes. Su finalidad es combatir la adicción y la falta de atención que provocan las redes sociales. Particularmente evitar el llamado «brain rot» -que se «pudra el cerebro» (sic del inglés)- por el consumo excesivo de información basura, así como el «doomscrolling», que es pasarse horas «navegando» en TikTok, Threads, etc. brincando de video en video y de red en red alimentando con ello la ansiedad y la angustia de los usuarios con noticias o contenidos negativos.(*)
La lectura evita tanto de que se nos pudra el cerebro, como de que nos ahoguemos en nuestra propia desesperación producida por los algoritmos, pues exige reflexión. O como lo menciona Melissa Tam la directora de la Biblioteca Nacional de Singapur, (en una nota del The Independent): «mientras los contenidos cortos que se encuentran en las redes te ayudan a mantenerte informado, la lectura continua, fortalece la atención, el pensamiento crítico y la imaginación».
Este programa también tiene a sus detractores: «¿De verdad -dicen algunos- somos tan materialistas que nos tienen que pagar para leer? ¿Qué sigue, me pagarán 30 centavos por pedir mi café con menos azúcar porque es más sano?». Otro fue más contundente: «¿En Singapur ya todos necesitamos que nos paguen o que nos multen para hacer algo? ¿Ya somos tan interesados?»
Quienes defienden este proyecto son pragmáticos al mil por ciento: «si esto funciona para que la gente lea, entonces será un dólar bien gastado».
Singapur es un país que piensa a largo plazo: este programa piloto se va a desarrollar por cinco años para después evaluarlo. Y que conste, no lo realizan para remediar una catástrofe. Lo hacen porque si bien Singapur se mantiene desde 2012 en el primer lugar de lectura, -en la más reciente prueba PISA obtuvieron 535 puntos, el 86% por ciento de los estudiantes superaron el mínimo de comprensión lectora y el 22% alcanzaron los niveles superiores-, sin embargo, los resultados obtenidos fueron menores a los alcanzados en 2018 y en 2022 y quieren atender el problema a fondo.
Mientras tanto, en nuestro país, los resultados obtenidos por los jóvenes de tercero de secundaria es abismal: obtuvieron 408 puntos. Solo el 50% alcanzó un nivel mínimo de comprensión de lectura; esto es, apenas el suficiente para reconocer cuál es el tema principal de una lectura, poder diferenciar la información relevante de la que no lo es y poder relacionar lo que se lee con información previa. Ello implica que la mitad de los jóvenes que salen de secundaria, o ya no continúan, o entran a preparatoria sin poder comprender lo que leen en los libros. Y apenas el 1 % de los jóvenes mexicanos logran evaluar críticamente lo que leen, pueden detectar información sesgada y, algo fundamental en estos tiempos, distinguir la credibilidad de las fuentes.
La incorporación de libros de texto de español y regular el uso de los celulares en las escuelas va en la dirección correcta pero esos son apenas los primeros pasos. Aún nos falta mucho camino por recorrer.

















