INformar, DEformar o EXfoliar la realidad
Por: Esteban Herrera Ugarte
Gobernar exige informar. No solamente porque políticamente quien ejerce el poder debe explicar qué está haciendo con él, sino porque jurídicamente está obligado a rendir cuentas y, socialmente, porque los ciudadanos tienen derecho a conocer qué ocurrió con los recursos, las decisiones y las expectativas que depositaron en sus gobernantes.
El artículo 69 constitucional no pide al Ejecutivo presentar un catálogo de éxitos: establece que deberá informar sobre “el estado general que guarda la administración pública del país”. Y un estado general, por definición, debería incluir tanto aquello que funciona como aquello que no.
Sin embargo, con el paso del tiempo los informes han ido transitando de la rendición de cuentas a la comunicación política. Apareció entonces el marketing político para seleccionar cifras, construir narrativas y mostrar, naturalmente, el lado más amable de la administración. A veces con datos ciertos; otras, con datos inciertos pero convenientemente acomodados; y, en casos más graves, con cifras que requieren una lupa antes que un aplauso.
Sería ingenuo esperar que un gobernante subiera al estrado para anunciar solemnemente sus fracasos. El poder tiene un instinto natural de conservación y difícilmente contratará espectaculares para presumir lo que salió mal. Pero precisamente ahí comienza el problema: si el informe únicamente comunica aquello que favorece a quien informa, puede cumplir con la formalidad de informar sin necesariamente satisfacer plenamente el propósito democrático de rendir cuentas.
El Segundo Informe de la presidenta Claudia Sheinbaum vuelve pertinente esta reflexión. Su mensaje presentó numerosos indicadores favorables: crecimiento del salario mínimo, recaudación histórica, inversión extranjera, bajo desempleo, disminución de homicidios, programas sociales e infraestructura, entre otros. Son cifras que deben analizarse y reconocerse cuando corresponda. El problema no consiste en que un gobierno presuma sus aciertos; sería absurdo pedirle que los escondiera. La pregunta es otra: ¿dónde pueden consultarse los resultados adversos, las metas incumplidas, los programas que no funcionaron o las decisiones que necesitan corregirse?
Ahí está la diferencia entre INformar y DEformar.
¿Sería utópico entonces imaginar un informe diferente? Uno en el que un gobernante dijera: esto hicimos bien, esto salió mal, aquí calculamos equivocadamente y esto vamos a corregir. Quizá sería menos espectacular, pero mucho más útil.
Porque gobernar también debería implicar la capacidad de autoradiografiarse. Reconocer fallas o rezagos no necesariamente debilita a un gobierno; puede fortalecerlo si el diagnóstico conduce a una corrección. Ningún médico serio entrega unos análisis ocultando los valores negativos para evitar preocupar al paciente. Y aquí aparece una tercera palabra: EXfoliar.
Exfoliar significa remover aquello que está deteriorado para favorecer la renovación. La metáfora puede parecer cosmética, pero aplicada al gobierno debería ser exactamente lo contrario: no maquillar la superficie, sino retirar aquello que impide mejorarla. Un verdadero informe tendría que servir también para identificar políticas fallidas, burocracias ineficientes, presupuestos mal ejercidos y decisiones equivocadas, para después corregirlas.
Al final el beneficiado por un buen gobierno, el perjudicado por uno malo y el mareado por uno que sólo presume cifras, siempre es el mismo: el ciudadano.
Si el Informe sirve solamente para INformar lo conveniente y DEformar lo incómodo, entonces habrá llegado el momento de EXfoliar. Y no precisamente al ciudadano, sino a quien informa.




















