APUNTES PARA EL FUTURO
Por: Essaú LOPVI
Hay discursos que sirven para rendir cuentas y hay discursos que sirven para enviar mensajes. El Segundo Informe de Gobierno de Claudia Sheinbaum tuvo un poco de ambos.
Sobre el escenario, frente a un país que observa, cuestiona y también reconoce, la presidenta hizo un recuento de los resultados de sus primeros dos años de gobierno. Habló de economía, programas sociales, seguridad, salud, vivienda, infraestructura y de una relación con Estados Unidos marcada por una palabra que se ha convertido en una especie de frontera política: soberanía.
Pero debajo de las cifras, de los datos y de los aplausos, había otro discurso.
Uno dirigido hacia adentro. Hacia Morena. Hacia quienes desde el propio movimiento han comenzado a cuestionar, disputar espacios, medir fuerzas y mirar demasiado pronto hacia 2027. Y quizá por eso una de las frases más importantes del informe no tuvo que ver con la economía ni con la seguridad.
“Que nadie se equivoque, aquí no hay divisiones, aquí no hay rompimientos”.
No fue una frase casual. Fue una advertencia. Porque si algo ha cambiado durante estos dos años es que Claudia Sheinbaum ya no gobierna solamente con la fuerza heredada de Andrés Manuel López Obrador. Ahora tiene que demostrar que puede conducir un movimiento que dejó de tener un solo liderazgo y que comienza a tener demasiados intereses propios.
La presidenta necesita demostrar que la transformación puede sobrevivir a su fundador. Y para hacerlo necesita algo que López Obrador tuvo durante buena parte de su gobierno: control político. El problema es que el poder también desgasta.
La Cuarta Transformación llegó al poder prometiendo una ruptura con las viejas formas de hacer política. Pero dos años después comienzan a aparecer algunos de los viejos fantasmas: disputas internas, grupos, aspiraciones personales, conflictos entre quienes quieren conservar privilegios y quienes buscan convertirse en los nuevos protagonistas.
Morena enfrenta, inevitablemente, su propia prueba de madurez. Y Sheinbaum también.
Por eso el informe tuvo dos destinatarios. El primero fue el ciudadano.
A él se le dijo que el país avanza. Que los programas sociales continúan. Que los salarios han aumentado. Que hay inversión pública, proyectos de infraestructura y una estrategia para fortalecer la economía nacional.
Se habló de seguridad y de una reducción importante en los homicidios y delitos de alto impacto. Se habló de salud, educación, vivienda y de una política social que sigue siendo uno de los principales pilares de la administración.
Y también se habló de Estados Unidos. Ahí apareció quizá la Sheinbaum más política. Una presidenta que entiende que la relación con Washington no puede reducirse a una negociación comercial y que, frente a Donald Trump, la defensa de la soberanía se ha convertido también en una herramienta de legitimidad interna.
“Cooperación no significa sometimiento”. La frase resume buena parte de la política exterior de este gobierno. México quiere negociar, pero no quiere parecer subordinado. Quiere mantener la relación comercial con Estados Unidos, pero también necesita demostrar que tiene límites.
Y en ese equilibrio se juega una parte importante del futuro económico del país. Porque una cosa es defender la soberanía en el discurso y otra muy distinta hacerlo cuando están de por medio inversiones, empleos, exportaciones, migración y seguridad.
Ahí estará una de las grandes pruebas del tercer año de gobierno. Pero si el primer mensaje fue para el país, el segundo fue para Morena.
Y ese mensaje podría resumirse así: Sheinbaum ya no es la heredera de López Obrador. Es la presidenta. Y eso significa que debe construir su propio gobierno, su propia narrativa y, sobre todo, su propio liderazgo.
El informe también fue una manera de decir que la transformación continúa, pero que ahora tiene otro rostro. No fue un rompimiento con López Obrador. Todo lo contrario. Sheinbaum se encargó de reivindicar el legado de su antecesor y de mantener la continuidad de la llamada Cuarta Transformación.
Pero continuidad no significa subordinación. Ahí está quizá la contradicción más interesante del momento político mexicano. Sheinbaum necesita a López Obrador como referente histórico y político de su movimiento, pero necesita también demostrar que el gobierno es suyo.
Necesita conservar la identidad de la 4T sin convertirse en rehén de ella. Y esa tarea puede ser mucho más complicada de lo que parece. Porque mientras la presidenta intenta consolidar su gobierno, Morena comienza a mirar hacia las elecciones de 2027.
Y cuando un partido comienza a mirar hacia la siguiente elección antes de terminar de gobernar, aparecen inevitablemente las disputas por las candidaturas, los grupos de poder, las alianzas y las sucesiones. Ahí estará el verdadero desafío político de Sheinbaum.
No solamente gobernar México. Gobernar a quienes quieren sucederla. Ese es el problema de todos los presidentes que llegan a la mitad de su mandato con un partido dominante.
Los aliados comienzan a convertirse en competidores. Los colaboradores comienzan a pensar en su futuro. Los gobernadores empiezan a medir fuerzas. Los legisladores comienzan a construir grupos. Y quienes ayer eran parte del mismo proyecto empiezan a preguntarse quién tendrá el control mañana.
Por eso el Segundo Informe no debe leerse únicamente como un balance administrativo. Debe leerse como una fotografía política. Y en esa fotografía aparece una presidenta más segura de sí misma, pero también consciente de que la etapa más difícil de su gobierno apenas comienza.
El primer año fue el de la continuidad. El segundo, el de la consolidación. El tercero será el de la disputa.
Porque será entonces cuando los resultados tengan que sostenerse frente a una realidad económica que no siempre coincide con el discurso político; cuando la seguridad siga siendo uno de los principales reclamos sociales; cuando la relación con Estados Unidos continúe sometida a tensiones; y cuando Morena comience a entrar de lleno en la lógica de las elecciones de 2027.
El gobierno tendrá que demostrar que puede hacer algo mucho más difícil que ganar una elección: Ese es el momento en el que los gobiernos comienzan a ser juzgados no por lo que prometieron, sino por lo que realmente transformaron.
Y ahí es donde el discurso deja de ser suficiente. Sheinbaum tiene todavía tiempo. Tiene mayoría legislativa. Tiene un partido dominante. Tiene una base social importante. Y tiene una oposición que, hasta ahora, no parece representar una amenaza electoral inmediata.
Pero también tiene algo que ningún presidente puede evitar: el paso del tiempo. Cada día que transcurre acerca al gobierno a su propio juicio histórico. Por eso el Segundo Informe puede entenderse como una especie de parteaguas.
Ya no basta con decir que se continúa la obra de López Obrador. Ahora habrá que demostrar qué parte de esa obra pertenece a Sheinbaum. Y quizá esa sea la verdadera pregunta que dejó el informe: ¿Qué país estará entregando Claudia Sheinbaum cuando termine su gobierno y qué Morena quedará después de ella?
Porque una cosa es continuar una transformación. Y otra, mucho más difícil, es conseguir que esa transformación sobreviva a quien la encabeza. Ahí comienza la verdadera segunda mitad del sexenio.




















