La traMOYA
Por: Esteban Herrera Ugarte
En política, como en el teatro, rara vez basta con observar al personaje que ocupa el centro del escenario. También hay que mirar quién abre el telón, quién apaga las luces y, sobre todo, quién cambia la escenografía mientras el público permanece distraído.
El inesperado regreso de Rubén Rocha Moya al gobierno de Sinaloa, después de 112 días de licencia, y su nueva separación apenas 34 horas más tarde, tuvo todos los elementos de una representación desconcertante: entrada sorpresiva, diálogo contradictorio y salida precipitada. Una auténtica traMOYA.
Hipótesis hay tantas como intenciones. Algunos interpretaron el regreso como una ruptura en la cima de la 4T; otros como un cisma, otros como un desafío del gobernador a Palacio Nacional. Desde la Presidencia se aseguró que nadie sabía nada, que Rocha actuó por cuenta propia y que Claudia Sheinbaum se enteró por las redes sociales. Puede ser, pero resulta inquietante imaginar que el regreso de un gobernador investigado por la Fiscalía mexicana y acusado en Estados Unidos pudiera tomar por sorpresa a todo el sistema político. La explicación pretende transmitir distancia, ruptura o hasta ingenuidad; sin embargo, también puede proyectar descoordinación. En cualquiera de los casos, la función se convirtió en un vodevil.
En el teatro, la tramoya es el conjunto de mecanismos, estructuras y personas que permiten cambiar decorados, mover telones, producir efectos y transformar el escenario sin interrumpir la representación. Su éxito depende de que el espectador contemple el nuevo paisaje sin advertir las manos que lo colocaron. En política ocurre algo semejante: administrar la conversación pública consiste muchas veces en decidir qué asunto permanece iluminado, cuál pasa a penumbra y qué personaje aparece oportunamente para obligarnos a mirar hacia otro lado.
Desde 2018, el régimen ha demostrado una extraordinaria capacidad para cambiar escenarios. Cuando una información comienza a resultar incómoda, aparece otra más estruendosa; cuando una acusación amenaza con fijarse en la memoria colectiva, se modifica el reparto entre víctimas, adversarios, conspiradores y defensores de la patria. No siempre es necesario ocultar un problema: basta con producir otro que compita por la atención. La saturación informativa puede ser más efectiva que la censura, porque no elimina los hechos; simplemente consigue que ninguno permanezca suficiente tiempo bajo los reflectores.
Ahí están los casos recientes que se disputan el escenario: el escándalo del huachicol fiscal y la presunta participación de mandos de la Marina; las investigaciones alrededor de Hernán Bermúdez Requena, exsecretario de Seguridad de Tabasco nombrado por Adán Augusto López; y la polémica cancelación de la visa estadounidense a Marina del Pilar Ávila y a “Andy” López Beltrán y las filtraciones que les inculpan, así como factores como los de una economía que apenas crece; una deuda pública que ronda la mitad del PIB y reduce el margen para atender salud, seguridad e infraestructura y un mercado laboral donde 55% de los trabajadores permanece en la informalidad, entre muchos otros focos rojos qué afectas la micro y la macro cotidianidad de México.
No todos los señalamientos y problemas tienen el mismo sustento ni equivalen a culpabilidad directa, pero juntos construyen una narrativa potencialmente devastadora para el movimiento que prometió separar al poder político de cualquier otro interés y desterrar la corrupción.
En la traMOYA sinaloense por ahora no sabemos quién ordenó mover el decorado, pero sí podemos reconocer la habilidad desarrollada por el régimen para cambiarlo antes de que el público descubra al tramoyista. Porque los buenos directores y productores saben cuándo, cómo y para qué bajar un telón: no necesariamente para terminar la obra, sino para que al volver a levantarlo, el público mire exactamente hacia donde ellos quieren.
Definitivamente el capítulo “El Regreso de Rocha Moya”, tiene matices de ser un teatro, por eso en este caso conviene saber la importancia de la tramoya: de lo contrario, seguiremos confundiendo los efectos especiales con la realidad y terminaremos creyendo que en Alicia el conejo sí existe.




















