APUNTES PARA EL FUTURO
Por: Essaú LOPVI
Hay cartas que explican un problema, otras que intentan defenderse de una acusación, y hay cartas que demuestran mucho más de quien la escribe que de aquello que pretende denunciar.
La carta de Andrés ‘Andy’ Manuel López Beltrán a Donald Trump pertenece a la tercera categoría.
Después de que Estados Unidos le revocara la visa, el segundo hijo del expresidente Andrés Manuel López Obrador decidió escribirle directamente al presidente estadounidense para reclamarle una decisión migratoria que, en principio, corresponde exclusivamente al gobierno de Estados Unidos.
Pero Andy no escribió como un ciudadano mexicano al que le cancelaron un permiso para entrar a otro país. Escribió como si la revocación de su visa fuera un asunto de Estado. Como si Estados Unidos hubiera agraviado a México. Como si Donald Trump tuviera que rendirle cuentas a él.
Y como si la visa de un político mexicano fuera una extensión de la soberanía nacional.
Ahí comienza su gran problema con la famosa carta.
Porque una visa estadounidense no es un derecho adquirido ni una credencial diplomática. Es una autorización que concede otro Estado bajo sus propias leyes y criterios. El Departamento de Estado establece expresamente que una visa es un privilegio, no un derecho, y que las autoridades estadounidenses pueden revocarla conforme a su legislación. Además, los expedientes de visa son confidenciales.
Esto no significa que Estados Unidos tenga siempre la razón. Tampoco significa que una cancelación de visa pruebe que López Beltrán haya cometido un delito. Y aquí hay que ser muy claros: no sabemos públicamente por qué le retiraron la visa.
Pero precisamente por eso resulta tan temeraria la certeza con la que el ‘Junior’ afirma que se trata de una decisión «politiquera», «propagandística», «perversa» y «canalla».
Él tampoco sabe públicamente qué información tuvo el gobierno estadounidense para tomar la decisión. Entonces, si él puede afirmar que no existe ninguna razón, ¿con qué información lo hace?
Ese es el primer problema de su carta: confunde ausencia de una explicación pública con ausencia de razones.
Y después da un salto todavía más grande y hasta fuera de toda cordura y proporción. De una visa personal a un supuesto ataque contra México La parte más reveladora de la carta no es el enojo. Es la dimensión que pretende darle. Andy convierte su situación personal en un asunto de soberanía nacional.
Habla de «otros países», de «gobiernos», de políticos perseguidos, de injerencia y de los supuestos ataques contra Morena. Pero la pregunta elemental es: ¿Qué tiene que ver la visa de Andy López Beltrán con la soberanía de México?
México continúa siendo soberano aunque a ‘Juan Pueblo’ le retiren una visa estadounidense. El Estado mexicano no pierde soberanía porque Washington decida que determinada persona no puede entrar a su territorio.
La soberanía mexicana se ejerce dentro de nuestras instituciones, nuestro territorio y nuestro marco jurídico. La soberanía estadounidense se ejerce, entre otras cosas, al decidir quién puede ingresar a Estados Unidos.
Lo verdaderamente inconsebible es que un hijo del expresidente y fundador de Morena parezca considerar que una decisión migratoria tomada por Washington contra su persona constituye una agresión contra la nación.
No, Andy. Estados Unidos no le quitó la visa a México. Te quitó la visa a ti. Y esa diferencia no es menor. Es fundamental.
Hay algo todavía más desconcertante en esta misiva que retrata de cuerpo entero al Junior de la 4T, Andy le pregunta a Donald Trump si estaba enterado de su caso. Después le plantea si no considera que debería destituir a Marco Rubio, a Christopher Landau y a otros funcionarios.
Es decir: el hijo de un expresidente mexicano le está sugiriendo al presidente de Estados Unidos a quién debe despedir de su gobierno. No sé qué resulta más sorprendente, por decirlo menos: la arrogancia o la ingenuidad política.
Imaginen el escenario inverso. Que un funcionario estadounidense, después de que México le negara un permiso migratorio, escribiera a la presidenta Claudia Sheinbaum para preguntarle si estaba enterada, para exigirle explicaciones y, de paso, recomendarle qué funcionarios mexicanos debería destituir.
La respuesta mexicana sería inmediata. Se hablaría de injerencia. De intromisión. De falta de respeto. De violación a nuestra soberanía. Pues exactamente eso es lo que Andy está haciendo, aunque desde el otro lado de la frontera.
Y lo hace mientras acusa a los estadounidenses de intervenir en los asuntos de otros países. La contradicción es monumental, en esta carta que no tiene desperdicio como ejemplo de lo que no se hace en política y diplomacia. Además de lo que es no dimensionar su lugar correcto.
Hay otra parte de la carta que merece atención. López Beltrán sostiene que los funcionarios estadounidenses no tienen «ninguna prueba» contra él de algún acto inmoral o delictivo.
Pero una revocación de visa no equivale a una acusación penal. No es una sentencia. No es una orden de aprehensión. No es una condena. Y tampoco necesita convertirse públicamente en ninguna de esas cosas para que un gobierno decida restringir el ingreso de una persona.
El propio Departamento de Estado señala que sus decisiones de visa están vinculadas con criterios de elegibilidad y seguridad, y que los registros de estos procedimientos son confidenciales. Incluso funcionarios autorizados pueden revocar visas bajo determinadas circunstancias sin que eso implique necesariamente una determinación pública de culpabilidad.
Por eso la defensa correcta habría sido sencilla: «No conozco las razones. No se me han informado públicamente. Niego cualquier conducta ilícita y solicito claridad.»
Eso habría sido razonable. Pero Andy eligió otra ruta. Declaró culpables a Rubio, Landau y a «otros halcones». Los acusó de actuar como «jefes de pandillas». Los vinculó con armas, lobbying, gobiernos dictatoriales y empresarios corruptos. Y terminó comparando sus acciones con un estilo «hitleriano».
Eso ya no es una defensa. Es una diatriba política. Pero lo verdaderamente delicado es que esta carta ocurre en un momento en el que la relación México-Estados Unidos tiene como uno de sus ejes centrales precisamente la seguridad.
Fentanilo, tráfico de armas, lavado de dinero, cárteles, narcotráfico, inteligencia, cooperación bilateral y una presión creciente de Washington sobre actores mexicanos que considera relevantes para sus intereses de seguridad.
En ese contexto, un político mexicano con responsabilidades dentro del partido gobernante debería medir cuidadosamente sus palabras. No porque deba someterse a Estados Unidos.
Todo lo contrario, debe defender la soberanía mexicana con inteligencia. Pero una cosa es defender la soberanía y otra convertir una decisión migratoria personal en una batalla nacional contra Estados Unidos.
Porque si López Beltrán tiene información que demuestra que Washington actuó ilegalmente, que la presente. Si existe una persecución política, que aporte los elementos. Si hay una violación al derecho internacional, que la documenten las instituciones correspondientes.
Pero acusar, insultar y exigir la destitución de funcionarios extranjeros desde una carta personal no convierte una sospecha en evidencia.
Y aquí aparece quizá lo más interesante de todo. La carta está construida alrededor de la victimización. Andy no solamente dice que le quitaron la visa. Dice que lo atacan porque pertenece a Morena. Que atacan a la Cuarta Transformación. Que atacan la soberanía. Que Estados Unidos atraviesa una época decadente. Que hay odio, racismo, drogadicción, desintegración familiar y tristeza.
Y finalmente se coloca a sí mismo dentro de una especie de batalla histórica entre quienes defienden la transformación y quienes pretenden detenerla.
Es una narrativa perfecta para la política partidista. El problema es que una visa no es una elección presidencial. No todo lo que ocurre alrededor de un dirigente de Morena es un ataque contra la Cuarta Transformación. Y no todo cuestionamiento a un integrante de la familia López Obrador es una agresión contra México.
La política mexicana debería empezar a abandonar esa peligrosa costumbre de convertir cualquier problema personal de un integrante del movimiento en un problema de la nación.
Porque entonces la frontera entre partido, gobierno, familia y Estado comienza a desaparecer. Y esa sí es una discusión verdaderamente preocupante.
Hay una pregunta que López Beltrán no hace en su carta. Una que, políticamente, sería mucho más incómoda: ¿Por qué Estados Unidos decidió retirarle la visa?
No «¿por qué están atacando a Morena?».
No «¿por qué Trump permite que sus funcionarios hagan esto?».
No «¿por qué no destituye a Rubio y Landau?».
La pregunta es: ¿Qué sabe Estados Unidos que nosotros no sabemos?
No porque debamos asumir que existe algo ilegal. Sino precisamente porque no lo sabemos. Y mientras no exista una explicación oficial, lo responsable es mantener abiertas todas las posibilidades.
Puede ser una decisión política. Puede responder a criterios migratorios. Puede estar relacionada con información de seguridad que no se ha hecho pública. Puede ser una medida discrecional.
Puede ser cualquier otra cosa. Pero lo que no puede hacer uno como periodista —ni un político— es convertir una hipótesis en una certeza solamente porque esa hipótesis resulta conveniente para su narrativa.
Hay algo casi contradictorio en todo esto. La carta habla constantemente de soberanía. Pero la verdadera soberanía de un país no consiste en exigirle a otro gobierno que permita entrar a nuestros ciudadanos.
Consiste en tener instituciones suficientemente fuertes para investigar, juzgar y sancionar dentro de nuestro territorio cuando corresponda. Si López Beltrán considera injusta la decisión estadounidense, tiene todo el derecho de cuestionarla.
Si considera que existe una persecución política, tiene derecho a denunciarla. Si cree que Washington se equivocó, puede defenderse. Pero México no necesita convertirse en su abogado defensor. Y mucho menos el gobierno mexicano tiene que asumir como propia una decisión que, hasta donde públicamente se conoce, afecta a una persona y no a la nación.
Porque si cada vez que Estados Unidos revoca una visa a un político mexicano convertimos el asunto en una crisis de soberanía, terminaremos confundiendo la dignidad nacional con el orgullo personal, además de que tenemos argumentos de sobra para que el estado mexicano no deba defender a ningún político.
Y no son lo mismo. Lo paradójico es que Andy quiso escribir una carta para exhibir la supuesta prepotencia de los funcionarios estadounidenses. Y terminó exhibiendo otra cosa: la enorme dificultad que tiene una parte de la clase política mexicana para distinguir entre el interés personal, el interés partidista y el interés nacional.
México no es Morena. Morena no es México. La Cuarta Transformación tampoco es México. Y Andrés Manuel López Beltrán, por mucho que sea hijo de un expresidente y dirigente nacional de Morena, tampoco representa por sí mismo a la República.
La carta quería ser una defensa. Terminó siendo un manifiesto y quizá también un síntoma. El síntoma de una política que ha confundido demasiadas veces al gobierno con el partido, al partido con el movimiento, al movimiento con la patria y los problemas de sus miembros con los problemas de México. Y eso, mucho más que una visa cancelada, debería preocuparnos y mucho.




















