PARA PENSAR
Por: Carlos M. HERNÁNDEZ SUÁREZ
La semana pasada, por insistencia de mi sobrino, fui a ver La odisea aquí, en Colima. Hacía tanto que no entraba a una sala que había olvidado incluso mi promesa de no volver. También olvidé otra, hecha durante mi visita anterior: escribir sobre el volumen de los cines. Lo hago ahora porque considero que se trata de un asunto de interés público.
¿La cadena o alguna autoridad competente mide periódicamente los niveles sonoros dentro de las salas?
Durante la función, mi teléfono vibró varias veces. No eran mensajes de WhatsApp, sino alertas por niveles elevados de ruido. En algunos pasajes, la aplicación registró alrededor de 90 decibeles durante periodos sostenidos y picos cercanos a 100.
Debo hacer una precisión: un teléfono no sustituye a un sonómetro calibrado. Para evaluar correctamente el riesgo habría que conocer la escala utilizada, el nivel medio durante toda la función y la duración de la exposición. Sin embargo, esas lecturas son, cuando menos, motivo suficiente para solicitar una medición profesional.
El riesgo auditivo no depende solamente de alcanzar cierto número de decibeles, sino también del tiempo y la frecuencia de exposición. De acuerdo con la Organización Mundial de la Salud, a mayor intensidad corresponde un tiempo de escucha segura mucho menor. Por eso, no afirmo que un pico aislado de 100 decibeles haya causado daño; sostengo que una función larga, con pasajes sostenidos en esos niveles, merece ser revisada con equipo adecuado.
En varias ocasiones tuve que cubrirme los oídos por lo escandaloso del volumen, como cuando al pobre cíclope, le atraviesan el único ojo con una estaca y lanza un grito atronador.
Entiendo que en un concierto el volumen elevado forma parte de lo que espera el público. También entiendo que quienes asisten a una carrera de Fórmula 1 disfrutan el estruendo de los motores durante la arrancada. El sonido forma parte de la atracción en ambos casos. En el cine también contribuye a la experiencia, pero eso no significa que cualquier nivel sea necesario o razonable.
No veo la necesidad de un volumen tan espantoso —sí, espantoso— mientras la embarcación de Odiseo es acosada por la ira de Poseidón. Supongo que el subwoofer, la bocina que reproduce las frecuencias más graves, busca que el espectador sienta en el cuerpo la furia del océano. En efecto, los asientos vibraban. La inmersión, sin embargo, no debería estar reñida con el cuidado de la audición.
Mi sobrino me cuenta que en salas de la misma cadena en Manzanillo el volumen suele ser menor. La comparación es anecdótica, no una medición técnica, pero sugiere que los niveles pueden variar entre salas y que, por tanto, pueden revisarse y ajustarse.
No se trata de censurar el diseño sonoro de una película ni de eliminar su fuerza. La pregunta es más sencilla: ¿quién verifica que la reproducción en cada sala se mantenga en niveles razonables?
Seguramente más de un funcionario ya fue a ver la adaptación de Christopher Nolan. Ojalá alguno se haya preguntado también por el volumen. Quizá la película no lo deje sin aliento, pero, en algunas escenas, sí con ganas de cubrirse los oídos.

















