Métodos infalibles de enseñanza (I)

Dislates
Por: Salvador SILVA PADILLA

Hay métodos drásticos pero infalibles de enseñanza. Recuerdo que en la preprimaria (porque donde yo estudié no era kínder, ni jardín de niños, sino una escuela en la que se nos preparaba para ingresar a la primaria) nuestras dos maestras se tomaban muy a pecho sus responsabilidades —porque eso eran: maestras, y jubiladas, nada de «Misses»— y por lo tanto, en lugar de «perder el tiempo» preocupándose en que aprendiéramos a dibujar, recortar y cantar tontas rondas infantiles al estilo de Doña Blanca, nos enseñaban cosas serias como leer, escribir, sumar, restar, dividir y multiplicar.

Incluso, ahora que lo recuerdo, más que escuelita el plantel funcionaba como campo de concentración: la maestra de la mañana, quien agarraba a muletazos a los que osaban distraerse en sus clases, en una ocasión castigó de manera ejemplar a un compañero de unos tres años de edad: el delito no lo recuerdo, pero ella hizo que el alumno se hincara en medio del patio «de recreo» con los brazos en cruz, en pleno solazo de las 12 del mediodía. Ese tipo de medidas surtieron un doble resultado: todos salimos leyendo con relativa fluidez, escribiendo con mala letra (debí de haber sido zurdo y me hicieron derecho) con buena ortografía, sabiendo al revés y al derecho la tabla del siete y comprendiendo que la vida es dura, siempre cuesta arriba y además no importa.

El castigo aplicado a mi compañero fue tan ejemplar y produjo el efecto deseado, que me traumó y lo «olvidé», quedando oculto en lo más profundo de mi inconsciente por cerca de 20 años. Seguramente ese trauma aún permanecería escondido, produciéndome las peores pesadillas, y haciendo que me despertara en la madrugada, sin saber el origen de dichas pesadillas, si no fuera a causa del cine. Me explico:

A mediados de los 80s vi en una película a un maestro. En particular, lo que vi fue a Christopher Lloyd de cuerpo entero —sí, el de Volver al futuro— y luego solo a su cabeza, persiguiendo por toda la prepa a un par de estudiantes quienes, como cualquier grupo de alumnos que se precie de serlo, deseaban pasar una materia que no les interesaba —que en promedio son todas— sin tener que estudiar.

Los jóvenes le habían hecho no sé qué hechizo al maestro para resucitarlo, y que les hiciera el trabajo final o algo así, pero —como en el Golem— el conjuro les había salido mal y en lugar de ayudarlos, lo que el docente quería era aplicarles a sus discípulos su método de enseñanza favorito y que además era infalible: que se pusieran de rodillas, con los brazos en cruz. En la película, el abnegado catedrático agregaba a este castigo ejemplar un pesado volumen enciclopédico en cada mano, observando cuánto tiempo aguantaban sus alumnos antes de caer desmayados.

Esa imagen, de golpe, me recordó a mi maestra aplicando el mismo correctivo. ¡Pero ella en la realidad! ¡¡¡Y a un niño de tres años!!! En síntesis, lo que tenemos es a la vida, mostrándole el camino al cine.

Del resto del capítulo —y del resto de la película de Amazing Stories— por supuesto no recuerdo nada. Sin embargo, estoy convencido de que tanto mi maestra de preprimaria como el buen Christopher Lloyd lograron sus objetivos.